Soy un ciudadano de carreteras. Tengo una rutina semanal: los viernes, vengo a mi Guama; los lunes regreso a Caracas. Este trayecto lo he realizado por más de 50 años. En mi época de estudiante, por razones lógicas, lo hacía en las llamadas “colas”, actividad esta que se desarrollaba más o menos de la siguiente forma: me trasladaba en un autobús que me traía desde el centro de Caracas hasta un lugar llamado Las Mayas. Ahí, atravesaba una cerca de alambre que estaba rota, y por un asimétrico agujero ingresaba a las instalaciones de la bomba de gasolina ubicada en el kilómetro 1 de la autopista Coche-Tejerías.
Me paraba a su salida, teniendo por compañera una redonda e intermitente luz amarilla y, a su lado, levantaba el pulgar derecho en señal e indicación a los vehículos que salían de la bomba o de Caracas que requería un puesto en su carro para llegar a mi destino.
Era un buen método. Nunca demoré más de 15 minutos esperando que un buen ser se detuviera y me trajera. Eran buenas personas. Muchos de ellos eran choferes que, después del saludo de rigor, soltaban la pregunta clásica: ¿Sabes manejar? Esto motivaba la consabida respuesta de: ¡Sí, señor!
Lo que seguía era que terminaba manejando el carro, y el alma buena que me daba la cola se dormía como un angelito. Ese descansar tenía un lapso mínimo de 30 minutos. Luego, el señor dormilón despertaba y comenzaba una simpática conversación que era el instintivo conocerse; y, por supuesto, el “¡Párate aquí! Entonces, venía la invitación a comer, que aceptaba con gusto.
Así ocurría cada semana. Noté en las conversaciones que a mis benefactores les agradaban los comentarios que hacía de los libros que había leído, sobre todo los de don Rómulo Gallegos y don Mariano Picón Salas, entre otros. También les agradaban las poesías. Preferían las del genio Andrés Eloy Blanco, en particular Angelitos negros, con la explicación del hecho social que los inspiró, y una, de la que apenas recuerdo un fragmento: “… y un día, fue la torpe circunstancia de quedarnos a solas en la estancia, leyendo juntos, sin estar leyendo, mirarnos a los ojos sin malicia y quedarnos después con la delicia del dulce mal con que me estoy muriendo…”.
Debo agregar a Amado Nervo con su “Día que me quieras”, José Ángel Buesa y el poema del renunciamiento y su incomparable: “…quizá pases con otro que te diga al oído esas frases que nadie como yo te dirá, y ahogando para siempre mi amor e inadvertido, te amaré más que nunca, y jamás lo sabrás…”.
No podían faltar los profundos poemas gauchos. Debo agregar al valioso patriota y profesor chileno Óscar Castro y aquella joya de discurso pronunciada por un conspirador que reproduzco de memoria: “… Sobre tierra americana vuelan altivos los cóndores, clavan los Andes en el cielo con puntiagudos estoques. Los pumas, dueños, crecieron de serranías y bosques y nosotros ciudadanos que libres nacimos y hombres, encadenados estamos como domésticos leones”.
Dicho esto, me atrevo a soltar esta afirmación:
Tal vez tenía razón don Jorge Manrique:
“Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se pasa la muerte
tan callando:
cuán presto se va al placer.
Como después de acordado da dolor,
como a nuestro parecer
cualquiera tiempo pasado
fue mejor…”.
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