Así comienza un poema gaucho. Frente a mí, una tarde guameña, siento calor. Una noticia que creíamos no se iba a operar, se operó: Miguel Ángel Vargas, joven sacerdote, con 11 años de sacerdocio pulcro, aceptado, respetado, admirado y querido en Guama, cesa sus funciones como párroco de la parroquia San José de Guama.
Es decisión del señor obispo de la Diócesis. En su momento, como miembros de la Iglesia de Cristo, con la intención de que el padre Miguel se quedara como sacerdote de Guama, opinamos. Es nuestro amigo querido, nuestro compañero, es un miembro de nuestra comunidad. Su compañía física y espiritual nos hace sentir bien y así ha ocurrido desde que llegó a este pueblo.
En medio de la crítica y difícil situación del país, Miguel Ángel Vargas es un punto de equilibrio en nuestras relaciones como habitantes de Guama. Nos opusimos civilizadamente al presunto cambio del padre a otro destino. Nos llegaban rumores. Quisimos y tratamos que no se operara porque queríamos mantenerlo aquí, adentro, ese apoyo, esa paz, esa concordia que inteligentemente nos brindaba este noble sacerdote.
No se logró. Nos toca expresar lo que aquel anciano gaucho le dijo resignado al hijo que se marchaba de los pagos: “El cristiano, no es un árbol pa’ morirse haciéndole sombra al mesmo sitio…”.
El padre Miguel va a un nuevo destino, el vecino y fraterno pueblo de San Pablo. Respetamos y acatamos la decisión del señor obispo. Toca despedir a nuestro hermano, a ese buen hermano, pedir a Dios y a la Virgen que lo continúen acompañando, bendiciendo e iluminando para que siga siendo en su nuevo destino ese ángel protector, ese rayo de bondad, esa fuente de unión y alegría que desde que llegó significó para nuestro Guama, para nuestra parroquia.
Permita usted, mi querido sacerdote, que lo tutee; es la segunda vez que lo hago. No acostumbro a tutear, pero con profundo respeto: amigo, lamento que te vayas, aunque sea para el vecino San Pablo, comunidad hermana y querida. Aquí dejas un gran vacío.
Te extrañarán los jóvenes, personas maduras, niños, adolescentes, nuestros enfermos y nosotros los hoy viejos de Guama. No es este mensaje un sentimiento egoísta; es la expresión pura del cariño que hiciste nacer en nuestras personas hacia la tuya.
Te ganaste nuestro cariño. Al aceptar la decisión de nuestro obispo, te despedimos con un amor puro, con una amistad pura, esa amistad que nuestro Aquiles Nazoa en su “Credo» definió como “el invento más hermoso del hombre”: “Márchate en paz y alegre como llegaste. Ten presente que aquí, en este pueblo que sabe querer. Te queremos”.
En este pueblo que es sincero, serás extrañado y así mismo oraremos por tu progreso en la fe y pedimos a nuestro Buen Dios, que es tu mismo Dios: “Te bendiga hoy, mañana y siempre.
Como siempre, recibe un gran abrazo.
Con manifiesta buena fe sé que no me equivoco al interpretar los sentimientos de nuestros hermanos guameños, al expresar que: Abrimos nuestros brazos. Abrimos nuestras puertas. Abrimos nuestros corazones y exteriorizamos nobles sentimientos para recibir a nuestro nuevo guía espiritual, el hermano Ángel Orellana, a quien aceptamos en la gracia de ese que en un poema lleno de amor, su autor califica como: «¡Oh! Señor Dios de los ejércitos…». Bienvenido en la fe hermano; y que te bendiga Dios.
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