Desde que el mundo es mundo hasta hoy, el ser humano busca tener un inmueble donde cobijarse, donde vivir con sus seres queridos, donde desarrollar su vida. Desde que el mundo es mundo, el ser humano trata de que ese asiento físico que lo cobija sea de su propiedad.
Roma, históricamente, protegió y reguló esta institución a través de normas en su virtuoso derecho que ha influenciado grandemente la vida de la especie humana. Los romanos, con aquel poder ilimitado, vieron más allá de la nariz y establecieron una serie de instituciones y normas de obligatorio cumplimiento, regulando este derecho que pasó a la posteridad con el nombre de: ¡Derecho de propiedad!
Hoy, en nuestra legislación sustantiva, lo encontramos definido como el derecho real de usar, gozar y disponer de las cosas. La normativa que establece y regula este derecho, en su esencia, ha cambiado poco, salvo las modificaciones que ha sufrido como consecuencia de la dinámica social.
Uno de los aspectos más resaltantes inherentes al derecho de propiedad es el relativo a la vivienda. La vivienda es el techo del ser humano. El que lo protege del sol y de la lluvia. Su lugar de reposo. Donde se desarrolla la vida familiar. Donde se educa, cría y forma a los hijos. Donde se levanta la familia como núcleo de la sociedad humana. Es el asiento físico del hogar. Es algo así como un templo. A esa propiedad se le llama: ¡Casa!
Ese lugar, ese sitio, ese asiento de cariño, ese refugio, normalmente, se llama vivienda. Es tal el significado y alcance que tiene esta propiedad, que nuestra Carta Magna, es decir, la Constitución nacional, le otorga su protección y la incluye entre los derechos humanos.
Del hogar, de la vivienda propiedad de una familia, se han escrito libros, se han promulgado leyes, se han establecido ayudas desde los sectores gubernamentales con miras a garantizar su existencia y protección. La propiedad normalmente se vincula y asocia a una casa. La casa es sagrada para la especie humana. La casa es la base de toda familia.
Si buscamos en la literatura, veremos que existen miles de textos inspirados en la propiedad. Es notable aquel texto escrito por un folklorista chileno llamado “El Temucano”, donde en un lenguaje sencillo le expresa a su amada esposa: “… Hoy estamos de fiesta, tenemos nueva casa. Hay asado, cazuela, champaña, vino blanco del otro, mucha gente y ¡la casa! La casa nueva, nuestra casa, fruto de tantos años, lleno de penas blancas…”.
Sí, el poeta habla de penas. Es decir, para lograrla, sufrieron penas… Quien logró tener su casa ha soportado aunque sea un poco, esa situación llamada: Sacrificio. Lograr ser propietario de un bien como lo es una casa es un triunfo, es lograr una meta, es tranquilidad. Es ser feliz. Quien es propietario tiene un templo que habita día a día. Tiene un oasis, una bendición y tiene donde apoyarse para la lucha diaria.
Entre las metas de los grandes estadistas está el luchar porque sus gobernados tengan acceso a la propiedad de una vivienda. Eso garantiza lo que los estudiosos llaman paz social. Tener una propiedad, una casa, no se logra por el simple azar. Se logra teniendo metas claras. La casa está asociada a la familia. Cuando nos toca salir de su cobijo, la extrañamos. Nos hace falta su calor, su afecto, el amor y la ternura que en ella se siente.
Nuestro inigualable Andrés Eloy Blanco la extrañaba diciendo: “… ¡Oh!, mi casa sin críticos! Mi casa donde puede mi poesía andar como una reina. ¿Qué sabes tú, de formas y doctrinas, de metros y de escuelas…?”. Bien, así es la casa. Nueva o vieja, siempre será ¡La casa! Lujosa, sencilla o pobre, siempre será la casa y los afectos siempre serán grandes e inolvidables.
Nuestro amado Guama tiene entre sus cosas hermosas casas coloniales. Ellas nos brindan identidad. Son espaciosas, altas, frescas, con jardines poéticos, corredores acogedores y un singular ambiente que nos lleva a sentirnos bien acogidos y seguros. Estos inmuebles se parecen a sus dueños. Por ejemplo, si observamos desde la Plaza Bolívar en dirección sur, tendremos ante nuestra vista varias casas:
La tercera a mano derecha es la casa de don Julián Rivero, noble ciudadano que con su farmacia El Carmen fue protector de la salud de los habitantes del pueblo. Ya este noble ser no está entre nosotros, pero temprano en las mañanas y en nuestros atardeceres, nuestra imaginación nos trae su presencia.
Si bajamos un poco, la casa siguiente es la de don Antonio Sosa, buen amigo, poseedor de un trato exquisito, practicante de una educación natural propia de funcionario de cancillería. Era un buen padre de familia. Sus descendientes son epónimos de instituciones que nutren nuestra vida ciudadana.
Así, por ejemplo, en la vecina población de Boraure, el principal instituto de educación lleva el nombre de uno de sus hijos. Al frente de esa casa, en la sede de nuestra Alcaldía, existe un amplio salón que lleva el nombre de otro de sus descendientes. El resto de esa familia son personas de bien; varios han fallecido.
Dentro de esa pléyade de luces tenemos seres que se han desempeñado con brillo, capacidad y honestidad en funciones como secretarios de Gobierno, decanos y jefes de cátedra de universidades nacionales, ejecutivos de prestigiosas empresas, educadores, funcionarios del Poder Judicial, profesionales destacados en sus especialidades y muchas otras ramas, otorgándoles en su pulcro desempeño prestigio que nos hace sentir orgullosos de ser sus paisanos.
Don Antonio era un romántico, poeta, cultivador de hermosas flores en el jardín de su vieja casona, inmueble este que logró adquirir con trabajo y sacrificio, al cual contribuyó decididamente su noble esposa, hoy como él fallecida. Tenemos amplio conocimiento de la vida y trayectoria de este grupo familiar. Son personas de bien y vida ejemplar.
Todo este preámbulo lo motiva una noticia que recibimos como un baño frío en lo que hemos llamado: ¡La guameñanidad!”. Es decir, ese vínculo afectivo que une a los nativos y habitantes de Guama. Este vínculo nos hace solidarios ante las alegrías, las tristezas y nos une al rechazar la injusticia o un atropello.
Esa noticia que nos hace protestar y manifestar un rotundo rechazo es que hay un corrillo por los aires que respiramos en Guama que grita a viva voz: ¡La municipalidad del municipio Sucre pretende expropiar el único inmueble que poseía don Antonio Sosa en Guama!
¡Dios! ¿Qué está ocurriendo en la tierra donde Páez recibió sus primeras letras?, ¿Qué aires malos recorren las calles donde vio la luz el polifacético Carmelo Fernández?, ¿Qué ocurre en la llamada Atenas de Yaracuy que está siendo atacada por el virus vergonzoso e incivil de la expropiación?, ¿Será acaso que padecemos la enfermedad de copiar modelos de gobernar que lo que han traído a los pueblos es atrasos, como el caso de la tristemente célebre expropiación?
No conocemos un país que haya logrado progreso atropellando a sus habitantes con la violencia irracional de la expropiación. Nuestra historia nacional está llena de propiedades cuyo origen se basa en decretos de expropiación. Tenemos aún en la memoria aquel jefe de Estado gritando a viva voz en cadena nacional la vergonzosa expresión: ¡Exprópiese! Ninguno de esos bienes objeto de expropiación mejoró su condición o su productividad. Hoy constituyen cementerios de ruinas, originadas en decisiones erradas del gobernante de turno.
Se está llamando a la concordia, a la paz, a la reconciliación. Es prudente afirmar que con esos procederes, no lo lograrán. Es prudente que entiendan la situación país. Abran los ojos antes de que sea demasiado tarde y no puedan detener la creciente ola de odio que contribuyeron a crear, que viene montaña abajo y no habrá fuerza que la detenga.
Recordemos al carpintero de Nazaret y su sermón en la montaña: “… Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque serán hartados…”.
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