Jesucristo llegó una mañana a Betsaida, pequeña aldea cercana a Nazaret, acompañado de sus discípulos, quienes le llevaron un hombre ciego, para que Jesús viera qué se podía hacer con él. El Señor, tomándole de la mano, sacó al ciego de la aldea e hizo un lodo con saliva que a continuación puso en sus ojos y le preguntó: ¿Ves algo? El ciego alzó su mirada y contestó: ¡Veo a los hombres, como árboles que andan! Después Jesús le impuso sus manos y el ciego empezó a ver con claridad.
Las cosas que hacía el Señor normalmente eran instantáneas; sin embargo, aquí hubo un pequeño proceso, porque la fe del ciego quizás era débil y Jesús quería curar alma y cuerpo de una vez.
Ahora, pese a no tener alguna luz, el Maestro quería darle una mirada clara y penetrante para que pudiera contemplar las maravillas de la creación; sin embargo, lo primero que vio fue el rostro de Jesús presente en la vida del mundo.
Es un gran don de Dios mantener la mirada limpia para el bien, para encontrar a Dios en medio de los propios quehaceres, ver a los hombres como hijos de Dios y penetrar lo que verdaderamente vale: la belleza divina que dejó como un rastro en las obras de la creación. En otro aspecto, es necesario tener la mirada limpia para que el corazón pueda amar.
Muchos hombres tienen una fe muy débil y una mirada apagada para el bien. Estos cristianos apenas se dan cuenta de la presencia de Cristo en la Sagrada Eucaristía, del inmenso bien del sacramento de la penitencia, del vapor infinito de una sola misa, la importancia del celibato apostólico, porque les falta limpieza de los sentidos, que son las puertas del alma.
No se trata de no ver, porque necesitamos la vista para andar en medio del mundo, para trabajar, para relacionarnos, sino de no mirar lo que no se debe mirar, y ser limpios de corazón. Mirada limpia no es solo lo que se refiere a la lujuria, que es ciega para los bienes sobrenaturales y otros valores humanos que caen dentro de la concupiscencia de los ojos. Afán de poseer ropas, objetos, determinadas comidas, bebidas. La lámpara del cuerpo es el ojo.
Si tu ojo es sencillo, todo tu cuerpo estará iluminado. Pero si tu ojo es malicioso, todo tu cuerpo estará en tinieblas.— Examinemos en nuestra oración: ¿Cómo vivimos esa guarda de la vista, tan necesaria para la vida sobrenatural? Si no tenemos esa visión limpia, nuestra visión será borrosa o deformada.
El cristiano debe saber quedar a salvo de esa gran ola de sensualidad y consumismo, que desea arrasarlo todo. No tenemos miedo al mundo, porque en él hemos recibido nuestra llamada a la santidad, ni tampoco podemos desertar, porque el Señor nos quiere como fermento de levadura.
Los cristianos somos una inyección intravenosa colocada en el torrente circulatorio de la sociedad.
Pero estar en medio del mundo no significa que seamos frívolos y mundanos. Ojo: «¡No te pido que los saques del mundo», pidió Jesús al Padre, «sino que los preserves del mal». Debemos estar vigilantes, con una auténtica vida de oración, sin olvidar que las pequeñas mortificaciones y las grandes, cuando lleguen y cuando el Señor las pida, han de mantenernos siempre en guardia.
Los apóstoles alertaron a quienes se convertían, para que vivieran la doctrina y la moral de Cristo, en un ambiente pagano bastante parecido al que en estos tiempos nos rodea. Si alguien no lucha en forma decisiva, sería arrastrado por este clima de materialismo y de permisivismo. Incluso en los países de tradición cristiana, se han extendido modas de vivir y de pensar abiertamente. Opuestas a las exigencias morales de la fe cristiana y hasta de la misma ley natural.
Con mayor abundancia en los últimos años han proliferado estos espectáculos que fomentan la concupiscencia, fomentando la impureza que da lugar a muchos pecados internos y externos contra la castidad. A cualquier alma que viva en este clima sensual, le sería imposible seguir a Cristo de cerca o de lejos. No es raro que en estas representaciones se ridiculice a nuestra religión y se haga alarde de irreligiosidad y ateísmo con lenguaje irreverente y grosero.
Los santos padres utilizaron palabras duras para apartar a los cristianos de los espectáculos y diversiones inmorales. Y muchos fieles supieron prescindir con soltura, porque así lo pedían los nuevos ideales que habían encontrado al conocer a Cristo. ¿Ocurre con nosotros algo semejante?, ¿sabemos cortar con diversiones o dejamos de asistir a lugares que desdicen de un cristiano?, ¿cuidamos la fe y la santa pureza de los hijos, de los hermanos más pequeños, cuando un programa de TV es inconveniente?
El cristianismo no ha cambiado: Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre; y pide la misma fidelidad, fortaleza y ejemplaridad que pedía a los primeros discípulos. También ahora debemos navegar a contracorriente, y hoy pueden darse situaciones en que quizás nuestros amigos no lo entiendan en un primer momento, pero puede ser el primer paso para acercarlos al Señor y para que decidan vivir una vida cristiana.
Para vivir, como verdaderos cristianos, debemos pedir al Señor la virtud de la fortaleza, sin miedo al qué dirán. Las palabras acompañadas con un ejemplo de seguridad y alegría les ayudarán a buscar una vida más firme, una mejor formación y, si alguno objetara que está inmune a la influencia de esas diversiones, cuando sea oportuno, le podremos recordar cómo, de modo imperceptible, se va creando en el alma una corteza que impide el trato con Dios y la delicadeza o respeto que exige el amor humano verdadero.
Cuando alguien dice que no le hace daño ir o asistir a ver esos programas, es señal de que este necesita más que otros abstenerse de ellos. Son almas endurecidas para el bien. San José, protector y custodio de María y Jesús, los amó con un amor puro. Pidámosle a él que sepamos poner los medios para mirar a Dios con una mirada penetrante, para amar a la humanidad con hondura y limpieza.
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