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viernes, mayo 22, 2026
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El sueño truncado

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Cuántos  de nuestro entorno, de nuestros compañeros de lucha laboral, así como  el de muchos otros más, están regresando sin quererlo de su merecido pero hoy insostenible retiro, es difícil de predecir. Están saliendo; se les ve  fuera  de su refugio que una vez fue seguro, estable  y placentero. Andan en las calles; su andar  pausado, cauteloso, cabizbajo  y sosegado  los distingue.
Hacen trabajos muy distintos  a los que dejaron; la situación  los obliga  a ejercer trabajos  informales para  complementar sus menguados  ingresos,  los cuales les niegan  la posibilidad de una  retirada ideal,  todo  ello  traducido en una vida de penurias  jamás  imaginada.

Cuando, al llegar el retiro  y cesar nuestra vida laboral, creíamos  no haber  dejado  algún  cabo suelto y que  habíamos  allanado  el camino para  disfrutar  a plenitud  de los  frutos cuyas semillas plantamos con nuestro esfuerzo y dedicación,  nos encontramos  con un  panorama  insólito  por lo incierto  e inseguro, muy distinto  del que transitaron y disfrutaron quienes  nos precedieron, con las alforjas   vacías y sin  medios  para llenarlas…

Cuando  te jubilas  del trabajo en que te desempeñaste,  inicias la más grande odisea  de tu  vida, la etapa  de la sobrevivencia; comienzas a considerar   el transitar  por rutas jamás  soñadas. Las sonrisas, las alegrías por la llegada se tornan  en  un instrumento convertido  en  tragedia, donde  cada paso, cada respiración, cada movimiento nos causa  intranquilidad y desasosiego. 

Vivimos “ embonados», los  bonos  se han  convertido en meros pañitos  tibios  que, a pesar de los ajustes, resultan insuficientes  frente al costo  de la canasta. Cual  catástrofe  anunciada, el jubilado  sufre  desnutrición y  carece de acceso seguro a la salud, dependiendo de  la  caridad  o de ayudas de terceros  que hacen malabarismos  en forma de rifas, colectas, bingos, etc. Pocos  escapan a estos rebusques. 

En este lento e  interminable transitar en busca de aquello que en justicia nos corresponde, asistimos a diversos escenarios que  se nos presentan como en una especie de  carrusel donde pasan y pasan, y  vuelven a pasar situaciones que, al ser reseñadas, nos  dejan perplejos por  considerarlas como insólitas. Vemos una y otra vez  a abuelos convertidos en comerciantes ambulantes, cuidadores, maestros  en edades avanzadas, situación  esta que  desdibuja así  la idea del retiro. 

El alto costo de la vida y el aumento de los precios de los alimentos y medicinas erosionan  rápidamente los ingresos de los adultos mayores, forzándolos a depender de ayudas familiares. 
Muchos jubilados venezolanos, a pesar de su edad, recurren a actividades informales o pequeños emprendimientos para cubrir gastos básicos como la salud y la alimentación; cientos de ellos quedan solos en el país, dependiendo de remesas y manteniendo el contacto a través de la tecnología, y como un detalle de alto significado por los afectos que estimulan y promueven, nuestros abuelos asumen la crianza de los nietos cuyos padres aún cabalgan la diáspora de la migración.    

Hay que jubilarse de lo que no agrada; la  retirada no representa el cierre de un ciclo para el disfrute, sino una etapa de alto riesgo social y económico que exige una lucha diaria por la subsistencia,  redefiniendo el significado del retiro a través de la necesidad de  seguir trabajando.
El cabo suelto que  no logramos anudar casi que  exprofeso no es físico, ni  material, no es tangible, no es visible, desafía lo convencional; es  un cabo  anudado en los gratos recuerdos que llegan a montón para animar la vida, para  transmitir la fe y la esperanza necesaria, y así  nutrirnos en el imaginario y  ayudarnos a sobrevivir. Si bien no llena la cesta, mantiene encendida la  llama de la vida.

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