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miércoles, mayo 20, 2026
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Oficio de escoltas

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Terminado el curso de rigor, los nuevos escoltas se sienten capaces de enfrentar cualquier reto, a la altura o por encima de sus héroes de las películas. Se conciben capaces de proteger y enamorar a una estrella de la música al estilo de Kevin Costner en “El guardaespaldas”,  de evitar las amenazas letales en contra de una heredera europea como lo hace en  “Close”  la actriz  Noomi Rapace, incluso de desmantelar una componenda internacional para tomar el palacio presidencial como lo hace Gerard Butler en el film “El Olimpo ha caído”, de hacer el  máximo sacrificio para proteger al presidente como lo hace Clint Eastwood en “En la línea de fuego” y de sostener una relación filial profunda y muy estrecha con el protegido como la tiene Nicolas Cage con Shirley MacLaine en la cinta “El guardaespaldas de Tess”.

La realidad que les golpea al salir a la calle, su campo de trabajo, es que su trabajo será abrir las puertas para el jefe, chapear cuando estacionan incorrectamente, usar Ray-Ban chinos, comprar de koalas negros para meter una galleta y queso por si acaso, cargar mercados, atropellar  a los que tratan de entregar papelitos pidiendo ayuda o autógrafos, dormir en el asiento del copiloto mientras el patrón está en actividades ilícitas, levantarse cocineras y servicios, escoltar a los sobrinos políticos, recoger los hijos en el colegio, violar las leyes de tránsito, hacer uso indebido de las sirenas y pasar por encima de todo el mundo en las colas del supermercado.

Y al final de cada día, luego de lavar la camioneta blindada y dejar durmiendo al protegido en su mansión rodeada de muros de hormigón, la realidad les golpea aún más duro. Cada noche, deben regresar a su casa en el barrio para enfrentar la violencia que se vive en cada zona popular del país sin tener el mismo grado de protección con que cuentan sus patrones.

Por eso los escoltas y guardaespaldas, privados o no, son cada vez más el blanco de los delincuentes comunes que ven en ellos un automóvil fácil, un arma posible y hasta un chaleco antibalas sin demasiado sudor y bastante perfume.

Con el derrumbe de la economía petrolera del país, la pobreza ha aumentado, así como la brecha entre aquellos que batallan para subsistir y los ricos que contratan guardias para protegerse de ladrones y secuestradores, mientras la vida de los escoltas privados está en el medio.

En el pasado reciente, a los guardaespaldas les llamaban “lavaperros”, debido a que los patrones o protegidos, ricos recién llegados o políticos sin experiencia, asumían que esas personas estaban a su servicio de forma incondicional, disponibles para pintar paredes, lavar baños atascados, limpiar piscinas, ir a la farmacia o traer un “whisquisito”. Es posible que la profesionalización del oficio, las mismas películas mencionadas y las clases que se dan a los protegidos también contribuyan en algo para hacer un cambio y dignificar el oficio. 

Y la parte más difícil es al final, cuando las canas, el sobrepeso, las enfermedades de base, las viejas lesiones y la edad pasan factura o cobran el total de los abusos y el trasnocho; entonces poco o nada queda para lograr un cierre digno, un recordatorio de que existen trabajos que, aun siendo honrados, son incomprendidos e infravalorados.

Por eso, cuando se mira a un escolta o un guardaespaldas privado, no se debe distinguir a un muchacho buen mozo y de fácil reacción; más bien se debe ver a un profesional que está dispuesto, sin lugar a dudas, a recibir un disparo que va dirigido a otra persona solo porque ese es su trabajo y tal vez su destino final.

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