(A Ismael Hernández)
El 13 de mayo se van a cumplir 39 años de la desaparición física de Ismael Rivera, cuando la guadaña con sus dedos trémulos perforó el corazón de la salsa y de los ritmos autóctonos de Bomba y Plena, llevándose prematuramente a su mejor hijo. Cuánto le costó al mundo salsero su muerte casi en flor cortada como dice el verso clásico. Estaban cargados de amor sus huesos y dolíale intensamente la sangre cuando se nos fue aquella infausta tarde en su casa de la calle Calma en Santurce, Puerto Rico. Un hombre que se proyecta con fuerza creadora en una obra que no ha pasado, que no pasa, que no habrá de pasar porque fue amasada con la verdad, con la pasión, los sentimientos, la esperanza, la desgarradura y la ambición generosa de toda un pueblo.
Es con Ismael Rivera con quien hoy sostendremos esta entrevista imaginaria.
Comencemos por el principio. ¿Dónde naciste, y qué recuerdos guardas de tu infancia?
Nací el 5 de octubre de 1931 en San Mate de Cangrejos, Santurce entre las calles Calma y Tranquilidad, Puerto Rico. Curiosos nombres para unos barrios donde lo que abunda es el ritmo, la algarabía de un pueblo, el sonido tempestuoso de la gente, del aguerrido entusiasmo que no se deja vencer por la transitoria derrota, de la aventura mágica de ir poniendo nombres a las cosas. Mi vocación por este arte lo expresé desde mi infancia cuando a la par de mi oficio de niño pobre, improvisaba sobre sencillos instrumentos que fabricaba; latas usadas, un palito de madera y mi voz, de esta forma conformé un trío desde que apuntaló el futuro. La música siempre iba y venía conmigo, y se me metió en la sangre marcando toda mi vida.
Esas visiones del recuerdo, ¿Fueron determinantes para tu posterior nacimiento como cantante, como músico?
Aunque a los 16 años ejercía como albañil, apenas se acababa la hora de labor, me iba a cantar y a tocar a la calle Calma y de otros sectores del Santurce de entonces, con mi amigo Rafael Cortijo que me llevaba 4 años, y con quién me junté por primera vez para tocar en 1948 con el conjunto Monterrey, dirigido por Monchito Muley, yo como conguero y Cortijo como bongosero. Luego fui contratado por Cortijo por un sueldo de 32.80$ semanal, muy por debajo de los 55$ que ganaba como albañil, pero la música pudo más que el interés monetario. En 1952 lo dejé todo para formar parte del ejército de Los Estados Unidos, de donde fui licenciado por mi deficiencia en inglés.
¿En el cielo se toca salsa?
Precisamente, se está organizando para el próximo 13 de mayo el super concierto: “Todo el cielo para Ismael Rivera”. Con invitados especiales entre los que van a estar presente te puedo nombrar a Benny Moré, Tite Curet Alonso, Miguelito Cuní, Cheo Feliciano, Héctor Lavoe, Celia Cruz, El Conde Rodríguez, Rafael Cortijo, Carlos “Tabaco Quintana, y el sonero del Pueblo Marvin Santiago. Ahí va a ver de todo, que te pasa a ti Dixon, y eres el primero que me entrevistas en esta sombra dorada de la muerte, y a lo mejor de la caja yo me levanto y salgo a bailar.
¿Qué hiciste cuando regresaste a Puerto Rico?
Cortijo me consiguió trabajo en la Orquesta Panamericana de Lito Peña, con quien grabé los éxitos el Charlatán, La vieja en camisa y La sazón de abuela. El Charlatán comenzó a tararearse en todos los rincones de la isla, anunciando así el ascenso de mi carrera.
Ismael, 1954 es una fecha clave en tu vida como cantante y compositor con el Combo de Cortijo. Pero hay melómanos que opinan que fue lo mejor que grabaste, y otros que dicen que fue con tu propia Orquesta Los Cachimbos, ¿Qué nos dices al respecto?
Con mi amigo y compadre Rafael Cortijo, grabé 17 discos. Con él catapulté grandes éxitos como El Bombón de Elena, El Negro Bembón, Juan José, Besito de Coco, Quítate de la Vía Perico, El Chivo de la campana, Maquinolandera, entre otros, siguen siendo una referencia musical para los salseros que vieron en la Plena y la Bomba esos ritmos musicales autóctonos borinqueños diferentes a la salsa, que sin embargo, supone una música previa a toda la onda salsosa resultó particularmente influyente para la salsa misma y encontró en la Plena y la Bomba armonía, sonoridad, frescura, espontaneidad, y consecuencia popular que habrían de modificar el arsenal musical de la salsa contemporánea en todo el Caribe y hasta en Nueva York. La razón es que Cortijo revolucionó la manera de tocas las plenas y las bombas: agregó timbas, una versión borinqueña que las congas cubanas, la trompeta y piano, más arreglos agresivos. Es cierto, que las letras no eran agresivas pero sí pícaras e inteligentes y la inteligencia en la letra de la salsa escasean mucho. El 1954 insurgimos aquel grupo de negros que causó una revolución en la música popular boricua implantando la agilidad del combo.
El blanquitismo de los grandes clubes sociales y los salones de baile temblaron ante esta nueva agrupación formada casi exclusivamente por negros. Y además, la combinación de música y baile. El primer combo de Cortijo fue la perfecta combinación de talento y liderato. Cantidad y calidad, de eso se trata el genio y en ello la combinación de Cortijo como líder, Kito Vélez de arreglista y trompeta, el simpático Martín Quiñónez, era el eje central de la época. Se vacilaba aquella festiva negritud, Roy Rosario El Negro Maraquero y sonero clásico de soneras y guaracheras que junto al Sammy Ayala del güiro y Roberto Roena, el bongosero completábamos la pareja de bailarines. Cortijo era el centro inamovible de la percusión, tanto en la cáscara del timbal como en el repique del cencerro. Miguel Cruz con una altanera sonrisa de bajista enorme, sostenía la retaguardia rítmica. Kito Vélez sobresalía por los arreglos y el timbre ácido de su trompeta, y porque era junto al saxofonista Héctor Santos, uno de los dos blancos solitarios del combo. Rafael Ithier nos ofrecía su contundente pero siempre discreto ritmo de teclas. Luego del coro Sammy Ayala acentuaba el mambo con la chillería de sus grititos. Eddie Pérez la vocecita, era la vida del coro. Ahí permanecemos todavía, intactos en la memoria. Con respeto a la salsa propiamente dicha, Yo la enamoré y ella me correspondió, y nos dimos tanto amor que fundé mi orquesta Los Cachimbos en el cual grabé 11 discos. De esta manera, el riesgo, lo inesperado, el tarareo, la sorpresa, el trance, la magia, el fraseo y mi habilidad para atacar el montuno saliéndome del formato tradicional de los cantantes de la época al momento de improvisar, de sonear, yo metía hasta 20 palabras donde los otros cantantes solían meter 4 o 5 cuando mucho.
El problema no es la cantidad de palabras que puedas utilizar en la improvisación, sino que debes tratar de no repetirlas y hacerlo dentro del arreglo musical sin salirte de la clave, es decir, sin desentonar, de esa manera rompí moldes, esquemas, métricas, patrones, cánones y todo lo rígido que en música te puedas imaginar.
Y una vez que salí de “Las Tumbas” (la cárcel) debo añadir a esto mi viaje a Nueva York donde me encontré con un movimiento salsoso en plena efervescencia. Si unimos estos elementos se pueden comprender que entré al mundo de la salsa sin mayores problemas desde el ingrediente del son montuno género que para mí no era desconocido, pero que se prestaba más para descargar el ánimo. Y eran temas con más cadencias, más argumentos profundos, mayor ayuda desde el ángulo de los arreglos. Todo lo acometí desde la óptica de un mayor nivel de conciencia, desde mi independencia de intérprete y desde la ayuda de valiosos amigos entre quienes se encontraba el Tite Curé Alonso, personaje clave en mi vida personal y de otros grandes. Y fue en Nueva York donde comencé a formar mi Orquesta Los Cachimbos, la agrupación con la que retornaría al gusto de los melómanos y con la que me alcé orgullosamente para cantar uno de los mejores repertorios que cantante alguno en el ámbito salsoso haya tenido. Y me fajé con el son montuno con soltura y creatividad.
No todo el mundo, tiene la dicha de entrevistar a Ismael Rivera en el super concierto titulado “Todo el Cielo para Ismael Rivera”, con quien sostuve un acercamiento pleno de alegría y compartimos música y la divina caña y entonces fue cuando Ismael me dijo que de la caja se levantaba y volvía a sonear más fuerte y más creativo y de verdad se levantó de la caja.




