Hay tragedias que sacuden a una sociedad. Y luego están las que ciertos mercaderes del ruido convierten en mercancía, como si el dolor fuese apenas materia prima en su pequeño, miserable y rentable negocio de chantaje. No por vocación periodística —eso exigiría algún rastro de criterio—, sino por esa inclinación casi carroñera de quien, al quedarse sin favores, decide hurgar en desgracias ajenas como quien rebusca en la basura… porque de ahí vive.
En un entorno donde informar exige rigor, estos personajes han optado por lo único que les funciona: deformar, exagerar y presionar. Si no hay financiamiento, hay crisis; si no hay acceso, hay “denuncias”; si no hay prebendas, hay campañas con la sutileza de un secuestro narrativo. Y cuando los dejan en evidencia, el espectáculo se vuelve clínico: no responden, no argumentan, no corrigen… botan espuma. Insultan con ineptitud, patalean con arrebato y convierten cada crítica en otra prueba en su contra. Es el milagro inverso: hablan y se sepultan. El periodismo, en sus manos, es un despojo que ya ni disimulan.
Y ahí aparece, puntual en su degradación, cierto individuo de la fauna mediática regional, cuya única coherencia ha sido arrimarse al poder como parásito disciplinado. Durante años fue alimentado por el oficialismo: visibilidad, recursos y una relevancia inflada que, sin asistencia, no habría resistido ni a su propia incapacidad. Pero en 2024, en medio de las cuestionadas elecciones presidenciales, dejó de actuar: no era comunicador, era soplón de opositores con micrófono y hambre.
Lo realmente significativo —casi didáctico— es que ni siquiera intenta esconderlo. No sabe hablar, no sabe escribir, no sabe preguntar. Es un error sostenido con conexión a internet. Sus entrevistas son naufragios, su ortografía un crimen continuado y sus “noticias” un vertedero de frases mal armadas. Y cuando lo confrontan, activa su único protocolo: insulto básico, descalificación infantil y berrinche amplificado. Una coreografía miserable donde cada palabra confirma su vacío. No se defiende: se incrimina. Su relación con la educación no es lejana: es irreparable.
Porque si algo domina con precisión quirúrgica es el arte de ponerle precio a la basura. Porque tergiversar una tragedia para convertirla en herramienta de likes y presión no es un exceso: es su método. Chantaje sin anestesia ni vergüenza. “Si no me pagas, te destruyo; si no me sostienes, te invento; si no me incluyes, te fabrico una crisis”. No es línea editorial: es prontuario.
Pero el problema no termina en este personaje, por más útil que resulte como advertencia. Existe porque hay quienes lo financian —cómplices del pantano— y, peor aún, porque hay quienes lo consumen con una mezcla de morbo y pereza. Una audiencia que detecta errores, se burla, señala contradicciones… y aún así comparte. No es ingenuidad: es degradación asumida.
El resultado es una farsa que funciona: el desacreditado que sigue operando, el ridiculizado que sigue cobrando, el expuesto que sigue siendo útil. Un ecosistema donde la verdad no pierde por falsa, sino por silenciosa frente al escándalo.
Quizás el mayor problema no sea que existan operadores de este nivel —burdos, previsibles, casi ofensivos en su simpleza— sino que hayamos decidido integrarlos al paisaje. Cuando la distorsión deja de escandalizar y la mediocridad deja de incomodar, el problema deja de ser mediático y se vuelve cultural.
Porque entonces ya no importa si es verdad. Importa si hace ruido, si salpica, si circula. Y frente a eso, la pregunta sigue siendo brutalmente simple: ¿hasta cuándo vamos a permitir que el chantaje mal escrito se disfrace de información? La responsabilidad es compartida. De quienes manipulan sin pudor, pero también de quienes consumen sin criterio. Porque al final, cada clic, cada share y cada reacción no solo difunde contenido: mantiene el negocio, legitima al farsante y termina de pudrir lo poco que queda del espacio público.
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