El más célebre dictador de la historia debió ser Lucio Quincio Cincinato, un patricio y ex general romano que se había retirado de la vida pública para trabajar en su parcela, quien se encontraba arando sus tierras cuando en el año 458 antes de Cristo, cuando una comisión del Senado romano lo conminó a aceptar el título de dictador y con ello el mando supremo del ejército, el control total de la política y las finanzas de una república que enfrentaba la extinción por causa de la invasión de un pueblo de montañeses bárbaros. Cincinato aceptó la comisión y resolvió el asunto en menos de quince días, luego renuncio y regresó con tiempo de sobra a su campo para terminar el cultivo.
Después de ese acontecimiento el título, que era otorgado por un cuerpo político colegiado, perdió todo su valor y el prestigio que le sostenía se desmoronó. En principio el interesado se hacía nombrar a sí mismo como dictador, ungido de los dioses y salvador de la patria, como en el caso de Julio César, a quien un grupo de legisladores intentaron dar final a su mandato por las malas un día 15 de marzo del 44 antes de Cristo.
Con el pasar de los siglos el cargo dejó de ser deseado para ser odiado, ocurriendo en el siglo XX un cambio radical, cuando el individuo que detentaba el poder total de una nación recibía entre otros insultos, los recuerdos a la mujer que lo parió y la denominación de dictador.
Por razón de los insultos, es que las dictaduras clásicas y respetables están desapareciendo y en consecuencia cada día hay menos dictadores clásicos; de esos que hacen temblar a sus enemigos y que carecen de amigos, del tipo unipersonales y plenipotenciarios; cultores de su imagen y con más poder acumulado que el faraón y que se sienten cercanos a los dioses paganos. Ese desapego al título ocurre porque los tiranos modernos quieren parecer buenos, justos y republicanos, lo menos posible a aquello que efectivamente son. Así es como el lobo se disfraza de oveja y comienza a vestirse de demócrata, eligiéndose en sufragios y referéndums que suelen ganar sin falta y con mayorías aplastantes e irreales.
Los dictadores modernos dejaron de dar la espalda al pueblo, a quienes anteriormente miraban con desdén y desprecio, para comenzar a verlos como un factor de estabilidad para su permanencia en el poder. Por eso suelen hacer sentir a la población como amados y para ello le dan comida, la suficiente para que no mueran de hambre, poder para que se subyuguen los unos a los otros, trabajo con miseros salarios y mucho tiempo libre como entretenimiento, pero sobre todo le dan un enemigo; real o ficticio, interno o externo; a quien odiar y culpar de todos sus males.
Los verdaderos dictadores de antaño llevaron a sus países al suicidio colectivo empujados por bayonetas, los de hoy solo los convencen para que piensen que saltar es la única opción. Mientras tanto mantienen un séquito como ningún rey mantendría; uno de verdad, repleto de aduladores, bufones, concubinas y eunucos, nunca un gabinete de verdad; se rodean de auténticos acólitos que dan cumplimiento a sus órdenes sin la menor intención de chistar al respecto de si son lógicas, valederas o están motivadas por el deseo de obtener ganancias turbias y conservar el poder limitado.
En el país del tirano la felicidad no hace falta, su existencia es la alegría del pueblo; la justicia existe y es la voluntad del tirano; el resto del mundo y sus derechos humanos no existe porque el centro del universo es el opresor. Lo tiene todo y él es el todo, lo único que le falta al autócrata moderno es poder decir con libertad y sin miedo: yo, dictador.




