*Bancos libres: Me alivia que se permita a las instituciones financieras del Estado operar con libertad, levantando la cadena que la Ofac y el Departamento del Tesoro les pusieron al cuello. Eso abre la puerta a actualizar servicios bancarios y a reencontrarnos con las finanzas globales, algo indudablemente positivo y que promete efectos en el corto y mediano plazo. Ya Binance, el mayor exchange de criptomonedas y divisas del planeta, en menos de 24 horas tras la medida, anunció cambios en su servicio de intercambio P2P y ya se pueden ver en sus paneles los bancos públicos como BDV o BDT. Todo lo que huela a apertura es bueno, porque supone libertad financiera no solo para el Gobierno nacional, que debe lidiar con la expectativa de una población harta de promesas huecas y esperanzas corroídas, sino para el ciudadano que vive de remesas, para el comerciante que depende de materia prima importada o para quienes trabajan como freelance para empresas fuera del país, entre otros beneficiarios de este respiro.
*Confesionario: En lenguaje de la propia presidenta de la República Delcy Rodríguez el 3 de enero de este año, se declaró oficialmente el fin del extremismo en el país. Valorar en justa medida estas palabras suena casi irónico, porque antes de esa fecha se hablaba de un imperio con pretensiones infames, solo interesado en nuestro petróleo, para luego de la histórica fecha referirse al mismo imperio como socios y amigos, como si el realismo político hubiera dado un giro de 180 grados. Digamos que el pragmatismo y la supervivencia en ocasiones pueden confundirse hasta parecer lo mismo. Sin embargo, es innegable que el clima político ha mejorado, sin restar mérito a lo que falta por cumplir y por hacer, lo que falta equilibrar en libertades y derechos, lo que falta sacar a la luz de esa caja de Pandora que es el incomprensible aparataje gubernamental. Muy bien que posturas desde el oficialismo llamen a la reconciliación y el reencuentro, aunque sea difícil borrar las terribles experiencias de arbitrariedades acumuladas a lo largo de tantos años. Es una tarea complicada, pero no imposible. Por supuesto, eso no se logrará con comunicados y declaraciones estériles, aunque tampoco alcanzo a ver la firmeza en la oposición venezolana para convertir esa aspiración en realidad.
*La ineficacia: Entre las confesiones del oficialismo, me gustaría escuchar que el desastre en el sistema eléctrico nacional es fruto de años de desidia y ausencia de mantenimiento y actualización de sistemas, y no de fenómenos siderales, astrológicos o metafísicos propios de una comedia. Tampoco basta con decir la verdad; hace falta asumir la responsabilidad de corregir y evitar volver a señalar como culpable a la demanda que ocasiona el usuario, porque eso es repetir la excusa del año 2009, cuando empezó todo y se gastó mucho dinero en soluciones que jamás se concretaron. Muchas de las supuestas soluciones a lo largo de tantos años han terminado en decepción y en burla para el ciudadano, como aquella infame promesa de que “este año sí, lo juro”, sería el año de la recuperación económica, sin hacer nada tangible para lograrla. El cambio de palabras sin acciones, al final, no es cambio.
*La otra ineficacia: La oposición venezolana requiere una verdadera introspección para entender, en primer lugar, por qué siempre tropieza con el mismo error, pero también necesita asimilar que existe una nueva y favorable realidad política en el país a partir del 3 de enero, que exige verdadera sabiduría y madurez política para comprender su papel y ejecutarlo, el cual no consiste solo en pedir a gritos elecciones cuando antes está la reinvención del poder público y sus instituciones. Nuestra salida a la crisis será, esencialmente, electoral, pero no primordialmente. Un gobierno mimetizado con el Estado en sus consignas y en su proselitismo no es terreno fértil para un cambio democrático. Caer de nuevo en la letanía de unas elecciones que hoy resultan impertinentes es mirar el momento político con una lente demasiado estrecha.
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