Hay una tentación persistente en la política venezolana: creer. Creer sin matices, sin dudas, sin preguntas. Creer como quien se aferra a una tabla en medio del naufragio, no porque sea la mejor opción, sino porque es la única que promete no hundirse… al menos por un rato. Y en ese acto de fe, casi instintivo, se termina entregando algo más que la esperanza: el juicio propio, la capacidad de dudar.
No es la primera vez que lo decimos —y probablemente no será la última—, pero conviene insistir: el fanatismo político en Venezuela no solo ha sido una constante, sino también una de las principales fábricas de decepciones. Hemos sustituido el análisis por la fe, el criterio por la devoción, y el pensamiento crítico por una liturgia emocional donde disentir equivale a traicionar y cuestionar se vuelve herejía política, castigada socialmente por cada bando.
El fenómeno no es nuevo ni exclusivo, pero en América Latina —y particularmente en Venezuela— tiene un arraigo preocupante: la necesidad casi cultural de encontrar figuras mesiánicas. Líderes que no se evalúan, sino que se veneran; a quienes no se les exige, sino que se les justifica. Y eso, más que compromiso político, revela una peligrosa renuncia a la responsabilidad ciudadana, una delegación casi absoluta del criterio.
Como toda fe que se blinda a sí misma, este tipo de devoción reduce el razonamiento al mínimo. No por casualidad: cuestionar implica riesgo, y el riesgo puede desnudar las debilidades sobre las que se sostiene la creencia. Por eso, cuanto menos se piensa, más segura parece la convicción. Es una fe cómoda, pero profundamente frágil, sostenida más en la emoción que en resultados verificables.
En la oposición venezolana, este patrón se ha repetido con precisión casi mecánica. Leopoldo López, Henry Ramos Allup, Juan Guaidó… cada uno, en su momento, investido de expectativas desproporcionadas y promesas de ruptura que terminaron diluyéndose entre limitaciones reales y errores propios. Y hoy, me atrevo a decir, asistimos a una nueva versión del mismo fenómeno con María Corina Machado: una narrativa que vuelve a apostar por la figura salvadora mientras evita discutir con profundidad las fallas de una dirigencia aún atrapada en viejas prácticas, sectarismos, cuotas de poder y exclusión. Porque sí, conviene decirlo sin rodeos: parte del problema no está solo en el poder que se busca desplazar, sino también en quienes aspiran a reemplazarlo. Y mientras eso no se asuma con honestidad, cualquier intento de cambio estará construido sobre una base inestable, más simbólica que efectiva.
Ejemplo reciente de esa desconexión es el llamado Manifiesto de Panamá. Un documento que, más que una hoja de ruta viable, parece un compendio de buenas intenciones sin anclaje en la realidad política. Su aplicación depende de actores que no han mostrado disposición a facilitarla: el propio gobierno venezolano y, en buena medida, Estados Unidos. Hasta ahora, el silencio ha sido la única respuesta concreta, lo cual resulta bastante elocuente.
El problema no es aspirar a cambios profundos. El problema es hacerlo desde narrativas que ignoran las condiciones reales y que, además, vuelven a depositar la esperanza en figuras individuales, como si la política fuera un acto de fe y no un ejercicio de construcción colectiva, sostenido en presión, organización y coherencia.
Mi interés al insistir en esto no es otro que evitar —o al menos reducir— la repetición de errores que nos han traído hasta aquí. Porque ya sabemos cómo termina esta tradición: con una nueva decepción, seguida de frustración acumulada. Tal vez el primer paso para corregirlo sea tan simple como incómodo: dejar de creer y empezar a evaluar. Exigir programas en lugar de promesas, resultados en lugar de discursos y coherencia en lugar de ficción. Entender que ningún liderazgo debe estar por encima del escrutinio y que la política debería ser un ejercicio constante de responsabilidad compartida, activa y consciente. Es el momento de romper la historia.




