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martes, junio 2, 2026
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¿Qué pasó en Panamá?

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El reciente encuentro político en Ciudad de Panamá, donde se sentaron el presidente electo Edmundo González y la dirigente María Corina Machado, pretendía enviar un mensaje de fuerza y de ruta clara hacia unas elecciones en un plazo de nueve meses.

En el papel y para las agencias internacionales, la foto quedó impecable. Pero quienes pateamos la calle, quienes vivimos el día a día en nuestras regiones al lado del maestro que no le alcanza el sueldo, del vecino que pasa semanas sin agua y de los gremios que sostienen lo poco que queda de país, no podemos mirar esa foto sin hacernos las preguntas incómodas que el pueblo se está haciendo en la esquina. 

La primera gran contradicción salta a la vista: ¿Cómo es posible que para diseñar el futuro de Venezuela se sienten siglas de partidos que hoy son un cascarón vacío y se deje por fuera a la verdadera sociedad civil y al liderazgo real que tiene los pies sobre el barro? La histórica victoria del 28 de julio no la parieron las cúpulas partidistas desde un exilio cómodo; la parió la gente humilde, los trabajadores, los sindicatos, los profesionales y las organizaciones locales.

Peor aún, en un acto de sectarismo inexplicable, se apartó de la mesa a factores políticos que fueron clave para defender los votos ese 28J, como Un Nuevo Tiempo (UNT) y el Movimiento por Venezuela (MPV). Tampoco llamaron al MAS, ni a la Fracción Libertad de la actual Asamblea Nacional donde se mueve Henrique Capriles, y mucho menos al ex candidato Enrique Márquez, quien dio una cátedra de gallardía técnica defendiendo las actas. Pero lo que resulta colosalmente ciego es haber ignorado a los líderes que tienen el voto y el respaldo popular activo en los territorios: dejaron por fuera al gobernador del estado Cojedes, Alberto Galíndez, y a los alcaldes opositores de todo el país, que son precisamente los que lidian a diario con las carencias del pueblo y defienden las pocas trincheras institucionales que nos quedan frente al centralismo. 

Para colmo de males, se obvió la representación de la Iglesia Católica, la institución con mayor autoridad moral y confianza en el tejido social venezolano. Si el plan que propone el tablero internacional exige una fase de estabilización y reconciliación, ¿a cuenta de qué se aplica una purga ideológica dejando fuera a la disidencia del chavismo, a los sectores moderados y a las autoridades electas por el pueblo? Con exclusiones no se tumba gobierno ni se reconstruye un país.

El otro cable a tierra que le falta a la propuesta de Panamá es la realidad institucional. Con la prórroga del interinato de Delcy Rodríguez, venciendo ya este próximo 3 de julio, saltar de inmediato a pedir elecciones express en nueve meses parece una desconexión total del suelo que pisamos. El pueblo venezolano no está pensando en campaña electoral; está pensando en cómo sobrevivir al colapso de los servicios públicos, la falta de luz, agua, salud, educación y el hambre. Lo democrático, lo sensato y lo participativo no es correr a votar bajo las mismas trampas de siempre. El deber ser dictaba plantear una Junta de Gobierno amplia, acordada con todos los factores, incluyendo a todos, para sentarse a negociar en serio. Primero hay que sanar el CNE, limpiar el registro electoral, abrir los consulados para que nuestros millones de hermanos en la diáspora puedan votar y revisar la data de inscritos. Lo demás es vender humo.

Pero lo que más golpea el estómago de la gente, andando con una mano en el corazón y la otra en la ética, es ver sentados en esa mesa a personajes que cargan con un lastre de fracasos, opacidad y sangre. Los venezolanos tenemos memoria. No se puede hablar de «cambios profundos» cuando los mismos que empujaron aquellas aventuras de «La Salida», que dejaron un saldo trágico de más de 120 jóvenes muertos, la mayoría muchachos de nuestros barrios populares que pusieron el pecho mientras los jefes huían, hoy actúan como si nada hubiera pasado. ¿Quién les responde a esas madres? ¿Quién da la cara por la inmensa corrupción y el desastre del interinato de Juan Guaidó que destruyó nuestra credibilidad y entregó activos en el exterior? Que esos mismos actores pretendan seguir tutelando el destino del país es un insulto a la dignidad nacional.

El encuentro de Panamá arrancó con un paso en falso porque priorizó el club exclusivo de  mis amigos  por encima de la decencia, la fe del pueblo y la inclusión real. Venezuela no aguanta más mesianismos ni agendas grupales. Si de verdad queremos avanzar después del 3 de julio, el llamado es a la rectificación urgente. La verdadera unidad no es una foto en el extranjero; es sentarse aquí, con los gobernantes locales, los gremios, la Iglesia, los partidos ausentes y la disidencia, sin vetos y con las cuentas claras en la mano. Solo un frente amplio, con autoridad moral, con los pies en el barrio y la mirada en las soluciones de la gente, tendrá la fuerza real para lograr la transición que tanto nos merecemos. Es hora de rectificar. El presidente electo y María Corina están en la obligación de  hablarle claro al país y  convocar la unidad de los venezolanos.

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