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lunes, abril 13, 2026
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Trago Amargo…La ruta hacia ninguna parte

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En la política venezolana, los errores dejaron de ser accidentes para convertirse en rituales. Cada cierto tiempo, cuando el país exhala resignación, la oposición reaparece con un nuevo documento que promete redención y destino: una “Hoja de Ruta”. El problema es que no hay nada nuevo. Es el mismo texto de siempre, solo con fecha actualizada y más solemnidad en la tinta.

No tropiezan con la misma piedra: la veneran, la enmarcan y la presentan como el plan que salvará a la República. Eso a pesar de que el país hoy vive, por fin, un tiempo esperanzador y diferente, donde la promesa de cambio puede materializarse en realidad.

Lo difundido por la Plataforma Unitaria Democrática (PUD) es más una pieza arqueológica que una propuesta política. Parece escrito por una burocracia que redacta sin ver el país que la rodea. Repleto de frases recicladas —“unidad nacional”, “reencuentro ciudadano”, “presión internacional”— y con el mismo tono de catequesis cívica que ya nadie cree.

Da la impresión de que lo piensan más para la foto de prensa que para el ciudadano común, un simulacro extendido en los posts, pero ajeno a la calle y las ideas del colectivo. Si la política tuviera un museo de la intrascendencia, este documento ocuparía su sala central.

La ironía es que quienes agotaron la fe pública ahora pretenden dictar el camino de regreso al futuro. Parece que no se han enterado de lo que pasó el 3 de enero; sin embargo, se lo arrogan para demostrar que también con el cinismo se aderezan unas epopeyas que solo existen en su mente sectaria, ya que, apenas amaneció ese día un país distinto, fueron por su silla y su pedazo de torta imaginaria, a la venezolana, como guinda.

Hablan de liderazgo, pero practican la supervivencia; invocan la renovación, pero repiten el gesto gastado del cálculo y la especulación. No hay visión ni estrategia, apenas una esperanza burocratizada. Es el mismo grupo de nombres, las mismas voces que confunden experiencia con mérito y fracaso con épica.

Convertidos ya no en oposición, sino en su propia caricatura, miran al país desde un pedestal imaginario que se desmorona con cada comunicado. Se venden como una fuerza unida que no va por cargos, sino a escuchar al pueblo, y exponen sin reserva la prueba perenne de lo contrario. Hablan de una transformación que no son capaces de demostrar con hechos.

El drama de fondo no es solo político, como he venido insistiendo, sino moral. Este liderazgo vive de su discurso como un actor de su último papel. Ensayan su democracia todas las mañanas, aunque no sirva. No hay autocrítica ni reflexión, solo insistencia: la rutina del error que se transforma en ideología. Y lo más patético es que aún creen que el país los sigue observando con esperanza, cuando lo hace con una mezcla de ironía, desgano y compasión.

Venezuela necesita una renovación real, no una sucesión de rostros cansados. Hace falta nueva gente, nuevas reglas, una moral distinta. No puede reinventarse el país con quienes lo han decepcionado una y otra vez, confundiendo estrategia con espectáculo y unidad con pirueta. Se requiere grandeza, inteligencia política y visión de futuro, cualidades que este liderazgo ha extraviado entre sus propios aplausos.

Y cuando finalmente parece que hay luz al final del túnel, cuando asoma una mínima posibilidad de evolucionar, reaparecen con su monólogo. Llegan con su infalible talento para apagarla en nombre de la “unidad”, ese falso altar donde se rinden los egos y las cuotas. Se impone la lógica de siempre: el cálculo sobre la causa, la foto sobre la acción, el interés sobre el país.

Esa “Hoja de Ruta”, tan prolija y vacía, no guía hacia el futuro. Es el mapa del retorno, la cartografía del desencanto. Otro texto solemne que prueba, nuevamente, que para cierta dirigencia política venezolana la palabra cambio solo sirve para seguir diciendo lo mismo. Porque en su versión de la historia, el fracaso no se supera: se administra.

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