Cuando yo era muy pequeño (7 años), mi madre me matriculó en un colegio católico para 3er, grado, cosa que molestó al hermano director, quien le dijo a mi madre: «Sra., la edad de este niño es para 1er. Grado”, pero eso no molestó a mi madre, que le contestó al director: “¡Tómele examen!”.
El hermano director, algo contrariado, buscó un periódico de ese día, me lo pasó y me dijo: “¡Lee aquí, niño!”. Pero yo estaba preparado desde kinder para leer muy rápido. Llevaba unas 6 líneas de una columna de ese diario, cuando oí una voz fuerte que dijo: “¡Basta!”.
Después, él me pasó una copia de un papel con unas sumas y restas de 6 dígitos, dejando el original para que él hiciera mi examen. Y tuvo que aceptar que yo entrara a 3er. grado.
Después, ya al final del 5to. grado, mi madre le pidió al director que yo pasara a 1er. año sin cursar 6to. grado; o sea, pasar a bachillerato desde 5to. grado, y así lo hice. Ahora, estando yo ya en 1er. año de bachillerato (10 años), una mañana apareció por mi salón el director del colegio y nos anunció que el párroco del lugar nos daría una conferencia sobre los mandamientos de la ley de Dios.
En efecto, unos minutos después entró el párroco a mi salón y nos dijo: «Jóvenes, imagínense ustedes que el que acaba de entrar a este salón hubiera sido nuestro Señor Jesucristo, y que les preguntaría a ustedes de entrada: ¿Conocen ustedes la ley de Dios escrita por Moisés en el monte Sinaí?”. Nadie dijo que sí, entonces el párroco comenzó su conferencia recorriendo los 10 mandamientos, uno a uno.
Ahora bien, esa tarde, al llegar a mi casa, yo, algo molesto, interrogué a mi madre: ¿Por qué yo estaba obligado por la ley a amarla a ella? A ella no le fue fácil contestarme. Obviamente, esa pregunta era para que la contestara alguien con mayor cultura religiosa.
Y ya cinco siglos antes de la venida de Cristo, Aristóteles había definido a Dios como: ¡Alguien con una capacidad de inteligencia y conocimiento infinitamente superior a la nuestra, limitada por el pecado original! Aunque a mí me nacía en forma natural amar a mis padres, sin la necesidad de observar ninguna ley, especialmente a mi madre, porque Dios me asegura que si cumplo la ley tendré una larga vida, lo que ha ido ocurriendo hasta hoy, que ya soy mayor.
Santo Tomás de Aquino (siglo XVII) explica este pasaje histórico y dijo: “¡Se vive una vida llena cuando está repleta de virtudes y frutos!”. Entonces, viviremos mucho aunque muera joven nuestro cuerpo.
El Señor Jesús, mesías y legislador, explica el alcance del cuarto mandamiento, deshaciendo profundos errores que había en esta materia. ¡El cuarto mandamiento, que también es de derecho natural, requiere de la ayuda de los buenos cristianos! Dios dice que el arcángel Miguel ha estado gritando para ayudar a los padres con el cariño que corresponde, realizando cada día, en mil pequeños detalles, para los progenitores que ya son ancianos o más necesitados.
Cuando hay verdadero amor a Dios, quien nunca nos pide cosas contradictorias, se encuentra el modo oportuno de vivir el amor a los padres, incluyendo el caso de que esos hijos tengan que cumplir primero con otras obligaciones familiares, sociales o religiosas. Hay aquí un gran campo de obras filiales que los hijos deben examinar con frecuencia delante de Dios en sus oraciones personales. Dios paga con mucha felicidad a quien cumple con amor esos deberes para con sus padres.
San José María Escrivá, en el siglo pasado, llamaba a este mandamiento: «El dulcísimo precepto del decálogo», porque es una grata obligación que el Señor nos dejó.
El cumplimiento amoroso de este cuarto mandamiento tiene sus firmes raíces en nuestra filiación divina, ya que el único que se puede considerar padre en toda su dimensión es Dios, de quien se deriva toda paternidad en el cielo y en la Tierra, y nuestros padres, al engendrarnos participantes de esa paternidad celestial y, en ellos vemos un reflejo del Creador y al amarlos a ellos, también amamos a Dios como padre.
En el tiempo de la Navidad, al contemplar la Sagrada Familia, tenemos un prototipo de amor y de familia para todas las familias, y Jesús reafirmó que el amor a Dios tiene unos derechos anexos absolutos: ¡Quien ame más a su madre o a su padre que a mí, no es digno de mí! Y quien ¡ame a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí!
Por lo tanto, el apegamiento desordenado a su propia familia se convierte en obstáculo para cumplir la voluntad de Dios. Jesús muestra estos aspectos del amor a Dios cuando vivió bajo la autoridad de sus padres y aprendió de San José su oficio, ayudándolos a sostener su hogar; realizó su primer milagro a petición o ruego de su madre y escogió a sus primeros discípulos de parientes cercanos y, desde la cruz, confió a Juan el cuidado de su madre, y por lo general a Jesús le llegan los ruegos de los padres cuando estos rezan por sus hijos. En suma, son muchas las manifestaciones en que se hace realidad el cuarto mandamiento, mostrando el amor a nuestros padres.
Ahora, honramos a nuestros padres cuando los socorremos con lo necesario para su vida digna, como lo comprueba el testimonio de Cristo al reprobar la impiedad de los fariseos. Por último, una vez difuntos, se honra a los padres cuidando sus exequias, sepultura y funerales, recordándolos a ellos con misas de aniversarios.
El primer deber de los padres es amar a los hijos con amor generoso, ordenado, con independencia de cualidades físicas, intelectuales o morales, incluyendo sus defectos. Deben amarlos en cuanto son sus hijos, y también porque son hijos de Dios. De aquí que es un deber de los padres respetar la voluntad de Dios, y más aún cuando reciben una vocación de entrega a Dios, porque no es un sacrificio entregar los hijos al servicio de Dios, porque es honor y alegría.
El verdadero amor se mostrará en el empeño esforzado para que nuestros hijos sean trabajadores, austeros y, sobre todo, buenos cristianos, que arraiguen en ellos las virtudes humanas fundamentales: reciedumbre, sobriedad en el uso de los bienes, responsabilidad, generosidad, laboriosidad, cuidando los gastos, sabiendo las necesidades que tienen muchos padres actualmente en nuestro mundo. También buscar con cuidado un lugar para la época de vacaciones, sacrificando otros intereses, y buscar también los colegios que sean más claros en su educación cristiana para encontrar el camino que conduce a Dios, honrando a Santa María, madre de Cristo y madre nuestra. Amén.
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