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lunes, marzo 30, 2026
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Notas desde Farriar…A papá y a mamá

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Este tema clásico de la música popular afrojìbara antillana y caribeña, que no se puede romper como los nombramientos, y cuya vigencia en el tiempo es, al parecer, imbatible. Una representación de la buena música radicalmente salsoso, que encontró en el Grupo Experimental Nuevayorkino: sabor caribeño, cadencia e irreverencia, sin poses ni arrogancias, sino mera honestidad, consecuencia popular, letras inteligentes (y la inteligencia, en las letras de la salsa, escasea mucho) y un saludo a la mejor expresión salsoso.

En A papá y la madre que nos parió, que encuadra cabalmente dentro del tipo de guaguancó asimilado y desarrollado por la salsa, nos muestra la otra salida del estilo: mientras la salsa lo trabajó con una exagerada rigidez rítmica en aras de los alardes armónicos, el grupo hizo exactamente lo contrario: la absoluta libertad en el ritmo bajo el aliento de una sola forma armónica.

Así, mientras el equipo de tumbadoras iba desarrollando según la tradición cubana el guaguancó propiamente dicho, Manny Oquendo, con el timbal, iba libre haciendo figuras que servían de respuestas al diálogo por la voz de Heny Álvarez. Por supuesto, esta era la característica básica del quinto en el guaguancó cubano, solo que ahora, en los predios contemporáneos de la salsa, las funciones de los instrumentos fueron necesariamente reformuladas con nuevos criterios. Y ello porque este guaguancó, a pesar de su carácter callejero y de su respeto primario al estilo cubano, fue básicamente salsoso, una obra plena del mundo de la salsa.

Finalmente, es bueno destacar la hermosa letra que escribió Heny Álvarez, un poema caribeño sincero para saludar la razón de unas cuantas cosas.

A papá y a mamá

Para papito y mamita
Pitín… bim… bim
Alalalalá, Alalalalá.
Alalalalá, Alalalalá
Yo le pregunto a mi amigo fiel:
Si todo lo que nace sin nada de engaño
Viene y deja algo y luego desaparece,
Anananá nana nananá
Y él me contestó:
Seguro, monina
Muchacho, vive tu vida
Y reparte lo que traes…
Anananá nana nananá
Y dale gracias a Dios
Que tu inspiración te inspira
Y vamos a cantarle un viva
A la madre que nos parió
(Montuno)
A papá y a la madre que nos parió

Esta letra, veámosla por parte. En primer lugar, apartando los alalá, que tienen la exclusiva función de la ambientación musical, encontramos la referencia al amigo. El cantor tiene una duda y le dice a su compañero: “Si todo lo que nace / sin nada de engaños / viene y deja algo / luego desparece”/. En efecto, esta pregunta puede revestirse de múltiples connotaciones.

Sin embargo, la más recurrente e importante no es otra que la amorosa. Para variar, una vez más el centro del canto no es otro que la pena de amores. Lo que nació sin nada de engaño. Que dejó algo para luego desaparecer, no es otra que la misma mujer que por sus aparentes inconsecuencias, se ha hecho protagonista primordial de toda la música popular.

El dilema del cantor, entonces, está en saber si esa pérdida es no solo necesaria, sino reparable. A lo que el amigo fiel responde con la idea de costumbre: esa es la vida, ni más ni menos, así es siempre. Sus palabras textuales son las siguientes: “Seguro monina (en la tradición abakuá, monina significa hermano), muchacho vive tu vida y reparte lo que traes”.

Con lo que le advierte al cantor que son muchas las pérdidas que le vendrán en el futuro; pérdida que se entiende, siempre supondrán una idéntica dosis de amor (y del inevitable desamor). De ahí eso de reparte lo que traes, para más adelante terminar en un emocionado saludo a esa vida que se mueve en el ciclo de las pérdidas y las ganancias.

“Y dale gracias a Dios / que tu inspiración te inspira / y vamos a cantarle un viva a la madre que nos parió”/. Por tanto, no se trata solo de cantarle a mamá, se trata, en realidad, de cantarle a la vida y a ese menudo privilegio de poder verla desde el otro lado de las cosas, (el lado que “inspira”). Y todo eso, cuando es dicho desde la vigorosa plataforma musical que brindó El Grupo folclórico adquiere, como es de suponer, niveles únicos, extraordinarios. El resto fue el descomunal solo de timbal de Manny Oquendo, de lo más extraordinario que se haya grabado jamás.

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