Nadie sabe con certeza cómo aquel tablero de hule llegó a las manos de un viejo amigo del ajedrez. Algunos dicen que fue prestado, otros que fue regalado, pero lo cierto es que desde entonces se convirtió en su compañero inseparable.
Guardado siempre en su bolso, el tablero lo acompañó en viajes por buena parte de Venezuela. En plazas, cafés y terminales, se desplegaba sobre cualquier mesa para analizar partidas, revivir movimientos y descubrir nuevas estrategias. Era más que un objeto: era un testigo silencioso de discusiones, victorias y derrotas.
Con el tiempo, el tablero cruzó fronteras y llegó a Medellín. Allí encontró un nuevo propósito: enseñar ajedrez al hijo de aquel amigo. Apenas se colocaban las piezas, la mesa se transformaba en un escenario de aprendizaje y juego. El tablero permanecía armado, listo para recibir el próximo movimiento, como si nunca quisiera descansar.
Detrás de las casillas negras y blancas, aún se distingue un nombre escrito con marcador: “Prof. Marcos Hernández”. Esa firma, sencilla pero imborrable, recuerda que el tablero tiene memoria propia. Ha visto pasar los años, ha sentido el peso de las manos que mueven las piezas, y sigue siendo fiel guardián de la pasión por el ajedrez.
Hoy, el tablero de Chinolo no es solo un objeto de hule. Es un puente entre generaciones, un símbolo de amistad y constancia, y la prueba de que las historias más duraderas no siempre se escriben en papel, sino en las huellas invisibles que dejan las piezas al moverse sobre sus casillas.
El joven Garry, hijo del actual dueño del tablero, de apenas nueve años, se quedó mirando fijamente el tablero servido sobre la mesa. En sus ojos brillaba la chispa de la pasión, y en voz alta pensó: “Mate en dos, juegan blancas”. Para él, aquel tablero era el desenlace de tantas guerras jugadas en el pasado. Con manos pequeñas, pero firmes, reconstruyó una nueva posición y volvió a reflexionar: “Aquí se dan las múltiples formas de acorralar a un rey”.
Las piezas, silenciosas, parecían susurrar a las manos del niño que acomodaba los ejércitos sobre el hule. Y entonces, como si el tablero mismo hablara, se reveló su secreto: que cada movimiento guardado en sus casillas era un eco de las batallas pasadas, y cada nueva partida era una promesa de futuro.
El tablero de Chinolo, marcado por el tiempo y por la firma de un maestro, sigue vivo. No es solo hule, ni solo un objeto: es memoria, es voz, es puente. Y mientras las manos de Garry lo toquen, seguirá contando historias, seguirá enseñando, seguirá siendo el guardián de un legado que nunca dejará de moverse. Texto compartido por Manuel Varela.
Composición de diagrama Garry Varela

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