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miércoles, marzo 11, 2026
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William López…Aquellos amores

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La señora Matilde Urrutia, viuda de Pablo Neruda, el célebre poeta chileno, Premio Nobel de Literatura, relata que él siempre practicaba gestos de amor, muy particulares. Uno de ellos consistía en que cada vez que salía de la casa, sin importar la razón, regresaba con un regalito.

Cierto día, en una de sus primeras salidas, encontrándose en la casa de Isla Negra, en su Chile natal, el poeta había salido a caminar y, al regresar, le obsequió una humilde piedra que había recogido en “la arena sin manchas” de la playa. Matilde no se apartó nunca de aquel obsequio, y permanentemente lo cargaba consigo.

Ese mismo día, al final de la tarde, cuando la noche hacía su entrada, Neruda desde una ventana de la casa observaba el cielo y le dijo: “Matilde, ¿usted ve aquella estrella solitaria? Esa es la estrella de la tarde. ¡Yo se la regalo!”. Y agregó: «El día que no esté, desde ella yo le estaré diciendo que la amo”.

Corrieron los años, el incomparable Neruda muere víctima de un cáncer. Matilde, llena de tristeza, regresa del sepelio del gran poeta. Era una tarde fría, gris. Así, ensimismada, pensativa, sin entender aquel adiós que se apodera de su frágil alma, llega a la casa de Isla Negra y cuando la noche iniciaba su diaria aparición, Matilde, presa de aquel dolor que la envolvía, se asoma a aquella ventana. La misma ventana que brindaba a Pablo el amado paisaje de la costa chilena.

La cubría un abrigo que la protegía del frío y, al introducir su mano en el bolsillo, toca algo; era la piedrita que en una tarde inolvidable constituyó el primer regalo que le hizo su gran amor. Tocando tiernamente aquel pequeño y preciado objeto, miró el cielo y vio a lo lejos aquella titilante estrella solitaria. Es decir, “la estrella de la tarde». La misma estrella que en aquel particular, inolvidable y hermoso día, lleno de amor, Neruda le había obsequiado.

Cargaba Matilde su dolor causado por la muerte del amante y aquella conclusión terrible de que la causa de la muerte de aquel maravilloso ser a quien había entregado su vida, además del implacable cáncer, era la tristeza de ver a su país caer bajo la bota de la dictadura del general Augusto Pinochet que apenas comenzaba a entregar al pueblo chileno una terrible y larga dosis de humillante dolor.

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