Al Dr. Miguel Alfredo Bermúdez
El 21 del mes pasado, la guadaña con sus dedos trémulos perforó el corazón de la música popular afrojíbara antillana y caribeña, llevándose a uno de sus mejores hijos, me refiero a Willie Colón.
Cuánto le costó al mundo salsero su despedida antifísica en ristre, hiedra verde celeste del más allá. Estaban cargados de amor sus huesos y dolíale intensamente la sangre cuando el mar le regaló sus tesoros de estrellas, y un corcel de alas anchas guiándolo hacia la eternidad en la cual Héctor Lavoe, Ismael Rivera, Cheo Feliciano y Eddie Palmieri, al verlo llegar, convocaron de inmediato a un concierto llamado “Todo el cielo para Willie Colón”. Marvin Santiago, “Chamaco” Ramírez y Frankie Ruiz se reivindicarán contigo.
Willie Colón, en su dualidad corporal y espiritual, ocupaba un sitio en el lugar de los cuerpos; pero anhelaba para su otra parte el lugar de los espíritus. Él meditó en los planetas, soles y masas que llenan la inmensidad de los espacios siderales y encontró los cuerpos que describió en su cosmología racional.
Trasladó sus consideraciones a la Tierra y sus componentes, y halló en ella los mismos elementos en sus formas estáticas. Por donde quiera, sorprendió la energía y la materia de sus incesantes y variadas transformación en el mundo y en el espacio.
Pero él tenía que buscar más allá, e impulsado por su razón y su fe, como dos alas, se fue elevando de nuestro medio material por los senderos de la verdad y la justicia social, y desde esas alturas dirigió su intelecto en la búsqueda de la razón y los espíritus. Por eso quizás un día, absorto en estas meditaciones, se olvidó de este mundo, y fue entonces cuando un impacto brutal separó sus componentes en instantáneas sacudidas, y del trágico balance nos quedó su envoltura, su irreverencia en el espacio de los cuerpos, mientras su espíritu libre iba a confundirse en el infinito de Dios.
¡Cuántos príncipes, cuántos héroes, cuántos poderosos de la Tierra llenos de orgullo, vanidad y sedientos de gloria desearían para sí la solemnidad que el pueblo latinoamericano le hizo a aquel que en vida se llamara Willie Colón!
Este fue el testamento que le leyó Eddie Palmieri antes de empezar el concierto en el cielo, y trasmutó en palabras todo el legado musical y la transparencia espiritual de Willie Colón.
Y recordé, bajo el influjo de los vapores etílicos, el tema “El Todopoderoso”, porque aquí la armonía, al parecer, de su trombón se basaba en la pulsión simultánea de varias notas sacadas al azar de un sombrero. Eran acordes terriblemente despedazados que estallaban como una granada, o eran racimos de notas que, si las dejaran en paz, no serían sino unas felices hileras integradas, pidiendo familiarmente una al lado de la otra.
Ese trombón de Willie sonaba a calle, a barrio, a esquina, a taberna. Había algo en Willie que, cuando soplaba el trombón, bailaba súbitamente, y cuando dejaba de soplar durante varios compases efectuaba una especie de danza ritual junto al trombón. Y era en esos momentos en los que no soplaba donde residía el secreto de Willie, su dominio del silencio; él sacaba fuerza del silencio, del gran vacío que es el único que engendran un cosmos.
Melodía, armonía y ese mago que llamamos ritmo surgen todos de arbitrarias divisiones del silencio, del espacio sin nombre. Pitágoras se atrevió a asomarse al vacío y extrajo divisiones y subdivisiones, y todos lo siguieron sin saber que el maestro había ocultado su mejor carta; solo unos pocos intuyeron que de nada valía la división si la visión, la visión del que voluntariamente se clava en los ojos un dardo de fuego.
Willie no hacía sino dejar un gran vacío por el que nadaba como un tiburón rodeado de pececitos sonoros que navegaban a su sombra. Willie tragaba mundos enteros y exhalaba atmósfera que iban forjando sus propias leyes. La leyenda crecía. Apretujados en el bar o alrededor de una pequeña mesa. Willie, además, era capaz de componer melodías tan hermosas como Idilio, En el juicio y Lo mato, que fueron publicados en 1972 y 1973, respectivamente. En ambos se repitieron las carátulas como temas delictivos que desde siempre caracterizaron las producciones de Willie Colón. Incluso, los dos discos navideños, haciéndole honor a eso del “asalto”, también se ubicaron en la misma onda.
En el primero, Willie, Héctor y Yomo disfrazados a lo San Nicolás asaltaban un arbolito navideño; en el segundo el escenario era una bomba de gasolina. Para finalizar, estas cuatro producciones musicales son de vital importancia para la solidificación de la salsa como género, y en la voz de Héctor, considerado como el mayor sonero, después de Ismael Rivera, “El Sonero Mayor”, su carisma en tarima, su don de gente y fuera de ella, le ganaron la idolatría de su fanaticada, que casi le venera como a un mártir de la rumba y de la calle que trascendió el universo de la música popular afrojibara antillana y caribeña.
Así era Willie Colón, con sus movimientos elásticos, desafiando a los sombríos corredores del olvido. Y él nos anuncia su presencia, y nos espera, en el último concierto.
Leer también: Y fue escrita con sangre, con tinta sangre del corazón




