Las redes sociales han desplegado un abanico de posibilidades tan vasto como contradictorio. Desde la difusión más intrascendente de un suceso doméstico hasta el más enrevesado de los teoremas, la tesis más absurda o el evento más hilarante, todo encuentra cabida en este circo digital. La creatividad, infinita y particular, ha hallado en los formatos de las redes un escenario masivo y, en muchos casos, una fuente de monetización. El contenido educativo y el promocional destacan como los más atractivos comercialmente.
Pero no es lo mismo recorrer restaurantes proclamando que cada plato es “el mejor del mundo” —sí, incluso cuando la hamburguesa se repite— y cobrar por ello, que sostener teorías ininteligibles sobre qué candidato es bueno, cuál malo, qué debe ser y qué no. Aunque el alcance de cada influencer varíe, en política rige un precepto distinto: aquí no se busca convencer, sino hacer dudar.
Si los primeros ofrecen el mejor peinado, la mejor chicha o el mejor chicharrón, su recomendación podrá beneficiar o perjudicar al comercio, pero la población no verá alterado su rumbo por elegir un guarapo u otro, una parrilla o una empanada. El ámbito comercial persigue la venta de productos, algo positivo en el 95 % de los casos porque dinamiza la economía, reservando ese 5 % de negatividad a las ofertas engañosas y las estafas estructuradas.
Entonces, ¿los influencers que pretenden impactar, positiva o negativamente, en la población son conscientes de su responsabilidad en el cambio de percepción de la realidad, o simplemente asumen que venden un producto más, en este caso un político o una organización? La respuesta inquieta, pues se inclina más por lo segundo. Aquellos que utilizan su resonancia en el ámbito político con la pretendida inocencia de solo promocionar un candidato no son conscientes ni de su propia destrucción.
La población actual ha convertido en héroes a personas con solo segundos de fama y ha destruido nombres y reputaciones por esos mismos segundos, pero de errores o cuestionamientos. La clave siempre estará en el público, no en el emisor del mensaje. Un consumidor más crítico será inmune a estas manipulaciones. Sin embargo, vender credibilidad es imposible: así como resulta hilarante el influencer que en cada puesto de chicha encuentra «la mejor del mundo», lo es aquel que ayer apoyaba a Guaidó, hoy a Maduro y mañana a María Corina Machado. En verdad no apoyan; solo exhiben su espectáculo de escasa credibilidad para el pagador de turno.
Por eso hoy abundan payasos que cambiaron su sketch por análisis político rupestre y desglosan ideas básicas como si descifraran la teoría de la relatividad de Einstein o trataran de explicar la Crítica de la facultad de juzgar de Kant con tacos de preescolar. Son personajes que poseen el talento de decir, esencialmente, lo que la gente desea escuchar según su creencia; por eso sostengo que el objetivo final es generar duda, no convencer. Es sencillo: hay influencers para cada gusto y color, y cada uno produce el contenido que su público demanda.
Cuando el influencer comienza a transmutar hacia la pretendida sabiduría política, lo hace casi de forma testimonial, como si ayer estuviera ciego y hoy hubiera descubierto la luz proveniente de tal o cual político. Su espectáculo de fe es tan grotesco que genera dudas, y eso provoca que a su alrededor se desate una discusión sobre su forma inmoral de hacer política.
Ese es el producto que buscan: que la duda, al hacerse escándalo, tome viralización y, a su vez, que el creyente, al ver en tendencia a su nuevo guía político digital, reafirme lo que ya cree. Es un juego simple, infantil, pero peligroso, porque conlleva el fortalecimiento de fanatismos, extremismos y la reducción de la capacidad racional del público. Dicen que en política todo se vale, pero no es así. Aunque en Venezuela se empeñen en lo contrario —y por eso vemos de todo, realmente de todo—.
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