Cuántos de nuestro entorno, de nuestros compañeros de lucha laboral, así como el de muchos otros más, están regresando sin quererlo de su merecido pero hoy insostenible retiro, es difícil de predecir. Están saliendo; se les ve fuera de su refugio que una vez fue seguro, estable y placentero. Andan en las calles; su andar pausado, cauteloso, cabizbajo y sosegado los distingue.
Hacen trabajos muy distintos a los que dejaron; la situación los obliga a ejercer trabajos informales para complementar sus menguados ingresos, los cuales les niegan la posibilidad de una retirada ideal, todo ello traducido en una vida de penurias jamás imaginada.
Cuando, al llegar el retiro y cesar nuestra vida laboral, creíamos no haber dejado algún cabo suelto y que habíamos allanado el camino para disfrutar a plenitud de los frutos cuyas semillas plantamos con nuestro esfuerzo y dedicación, nos encontramos con un panorama insólito por lo incierto e inseguro, muy distinto del que transitaron y disfrutaron quienes nos precedieron, con las alforjas vacías y sin medios para llenarlas…
Cuando te jubilas del trabajo en que te desempeñaste, inicias la más grande odisea de tu vida, la etapa de la sobrevivencia; comienzas a considerar el transitar por rutas jamás soñadas. Las sonrisas, las alegrías por la llegada se tornan en un instrumento convertido en tragedia, donde cada paso, cada respiración, cada movimiento nos causa intranquilidad y desasosiego.
Vivimos “ embonados», los bonos se han convertido en meros pañitos tibios que, a pesar de los ajustes, resultan insuficientes frente al costo de la canasta. Cual catástrofe anunciada, el jubilado sufre desnutrición y carece de acceso seguro a la salud, dependiendo de la caridad o de ayudas de terceros que hacen malabarismos en forma de rifas, colectas, bingos, etc. Pocos escapan a estos rebusques.
En este lento e interminable transitar en busca de aquello que en justicia nos corresponde, asistimos a diversos escenarios que se nos presentan como en una especie de carrusel donde pasan y pasan, y vuelven a pasar situaciones que, al ser reseñadas, nos dejan perplejos por considerarlas como insólitas. Vemos una y otra vez a abuelos convertidos en comerciantes ambulantes, cuidadores, maestros en edades avanzadas, situación esta que desdibuja así la idea del retiro.
El alto costo de la vida y el aumento de los precios de los alimentos y medicinas erosionan rápidamente los ingresos de los adultos mayores, forzándolos a depender de ayudas familiares.
Muchos jubilados venezolanos, a pesar de su edad, recurren a actividades informales o pequeños emprendimientos para cubrir gastos básicos como la salud y la alimentación; cientos de ellos quedan solos en el país, dependiendo de remesas y manteniendo el contacto a través de la tecnología, y como un detalle de alto significado por los afectos que estimulan y promueven, nuestros abuelos asumen la crianza de los nietos cuyos padres aún cabalgan la diáspora de la migración.
Hay que jubilarse de lo que no agrada; la retirada no representa el cierre de un ciclo para el disfrute, sino una etapa de alto riesgo social y económico que exige una lucha diaria por la subsistencia, redefiniendo el significado del retiro a través de la necesidad de seguir trabajando.
El cabo suelto que no logramos anudar casi que exprofeso no es físico, ni material, no es tangible, no es visible, desafía lo convencional; es un cabo anudado en los gratos recuerdos que llegan a montón para animar la vida, para transmitir la fe y la esperanza necesaria, y así nutrirnos en el imaginario y ayudarnos a sobrevivir. Si bien no llena la cesta, mantiene encendida la llama de la vida.




