A pocos minutos del casco urbano de Guama, los caminos se abren hacia el verdor y la tranquilidad de las comunidades rurales. Entre la frondosidad del monte, los cultivos, el agua y las suaves brisas, los caseríos resguardan la esencia más pura del Yaracuy profundo. Allí, en las casas con paredes de bahareque y patios colmados de distintas plantas, las abuelas custodiaban la memoria de una infancia rural tan sacrificada, pero hermosa y con grandes enseñanzas.
Los abuelos recuerdan que la jornada comenzaba mucho antes de que el sol se asomara por los patios. Relatan que desde pequeños les tocaba levantarse a las 3:00 de la mañana para iniciar el ordeño, buscar el agua limpia al pozo o a la quebrada, cargar los peroles y las tinajas en sus cabezas, colocándose un soporte de tela para soportar el peso y dolor.
Cada mañana, era una faena agotadora: pilar el maíz, hacer las arepas, lavar a mano, colar el café, alimentar los pollos, cerdos y chivos; limpiar los corrales, prender el fogón y llevarles el alimento a los hombres que trabajaban en el conuco.
Los abuelos rememoran con nostalgia cómo se improvisaba con las muñecas de trapo rellenas con tusa y hojas de maíz, la recolección de guayabas, mamones y mangos, las semillas de parapara que servían como metras y la recolección del producto de las ceibas para elaborar las ruedas de las carruchas de palo para jugar.
Se sabían de memoria cada camino y vereda que los conducían a las bodegas donde buscaban los alimentos como la carne de res secada al sol por no existir refrigeración, resaltando, mis estimados lectores, que la escuela, por ejemplo, era reservada solo para varones. Estas historias nos hacen viajar en el tiempo, recordando el contacto familiar, las conversaciones, los regaños y la importancia de cada día.
El olor a humo de leña de guamo, aguacate o naranjo era el perfume de la infancia campesina. Recuerdo cuando niño que en Guarabao, Campo Nuevo, Quigua, Palito Blanco, Obonte, Caicara o Los Chucos, la cocina siempre fue el epicentro de la vida familiar.
Las abuelas cuentan cómo aprendieron el secreto del tueste del café o cacao en budare, el punto exacto de la chicha de maíz fermentada, la elaboración de las cachapas, arepas peladas y los ricos dulces.
Al caer la noche, la penumbra de las casas iluminadas apenas por lámparas de kerosén narraba cuentos sobre los espantos, la Sayona o el Silbón, infundiendo respeto por los caminos oscuros y las noches lluviosas en los campos del municipio.
Los remedios de la abuela, la sabiduría de las ancianas y curanderas, quienes con sus infusiones de malojillo, altamisa y poleo aliviaban cualquier malestar. Estas anécdotas han desaparecido; ahora son mucho más que simples recuerdos de un pasado hermoso, son la radiografía de cómo nuestros antepasados desarrollaron sus actividades de forma ecológica y sustentable.
Las parteras apoyaban el parto y no eran médicos; trabajaban la agricultura y sus animales y no eran ingenieros agrónomos ni veterinarios; colocaban cataplasmas y sostenedores y no eran fisioterapeutas.
Escuchar sus voces es conectar con la raíz misma de la identidad del campo, esa que floreció en el corazón de las familias; es la historia que no debe perderse, exaltando nuestro campo. Saludos especiales a todos los caseríos del municipio Sucre.
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