Evangelio nos dice que Cristo al comenzar su vida pública eligió a cuatro discípulos: Pedro, Andrés, Santiago y Juan; estos hombres eran pescadores. Ellos ya conocían al Señor, sintiéndose muy atraídos por su persona y sus planteamientos, de modo que el Señor los llamó y les dijo: “¡Síganme y los haré pescadores de hombres!”.
Él los buscó dónde trabajaban y ellos al instante dejaron todo para seguir al Maestro. San Mateo dice que: “relictis ómnibus”. Él dejó todas sus cosas, se levantó de la mesa dónde cobraba los tributos y se fue con Cristo. El resto de los apóstoles probablemente debieron haber hecho lo mismo.
Amigos: para seguir a Cristo es necesario estar libre de todo amor a sí mismo, de la salud, de las riquezas y bienes materiales. Se trata de encontrar el lugar exacto para Dios y encontrar en él su tesoro y su riqueza. Cristo nos exige un “desprendimiento efectivo de nosotros mismos”, de lo que tenemos y usamos, el cual se manifestará en muchos hechos de la vida ordinaria.
Es necesario vigilar con frecuencia nuestros afectos: el Concilio Vaticano II nos dice: “No sea que en el apego con las riquezas encontremos un obstáculo para vivir y buscar la perfecta caridad”. San Pablo advirtió a los cristianos de Corinto: “¡Los que usan de este mundo, no se detengan en eso, porque los atractivos de este mundo pasan!”, (Cfr. I Cor 7, 31). Estas palabras de San Pablo son una invitación para poner nuestro corazón en lo eterno, en Dios y en Jesucristo, quien después de un tiempo dirá: “¡Es imposible servir a Dios y a las riquezas!”.
El desasimiento cristiano no es un desprecio a los bienes materiales, si se usan para cumplir la ley, la voluntad de Dios y hacer realidad ese consejo del Señor: “Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura”.
Cuanto más es el desprendimiento, mayor es la capacidad de querer a los demás y de apreciar la bondad y belleza de la creación. No olvidemos que todos arrastramos, como secuela del pecado original, una tendencia a la vida fácil, afán de dominio y preocupación por el futuro.
Existe en todo corazón una desenfrenada carrera por poseer y disfrutar de los medios materiales, como si fueran un ideal de vida. La abundancia y el disfrute de bienes materiales nunca darán la felicidad al mundo. El corazón humano solo encontrará en Dios Padre y en Nuestro Señor Jesucristo la plenitud para la cual fue creado.
Ahora, cuando no se actúa con la fortaleza para vivir este desprendimiento, ¡el corazón queda triste e insatisfecho y camina con un eterno descontento! Ahora bien, la pobreza y el desasimiento cristianos no tienen nada que ver con la falta de aseo y educación: Jesús va bien vestido; su túnica fue quizás confeccionada por su madre María —la cual fue sorteada en el Calvario—, estaba hecha sin costura, de un solo tejido de arriba abajo y orlada.
La casa de la Sagrada Familia en Nazaret era modesta, pero muy limpia, sencilla y ordenada, alegre, sin desperfectos sin corregir y agradable, dónde daba gusto estar y no faltarían algunas flores o detalles con buen gusto bien ubicados. La presencia de la madre estará íntimamente unida al cuidado de su hogar, de la ropa y de los muebles para que duren, evitando caprichos personales, y al ahorro correspondiente a lo comprado.
Y esto vale aunque se trate de una familia de posición desahogada, cuando los padres dejan una buena herencia a sus hijos, cuando descubren que el trabajo es el mejor y más sólido capital, enseñándoles a gastar tomando en cuenta sus necesidades.
Ahora bien, un desprendimiento efectivo supone un sacrificio. Un desprendimiento que no cuesta es poco real; el estilo cristiano lleva un cambio radical frente a los bienes terrenales, porque se usan como si fueran un medio y no como fin para servir a Dios, a la familia y a la sociedad.
El fin cristiano no es tener más, sino amar más a Cristo, a través del trabajo, la familia y los bienes. San Pablo enseñó a vivir a los fieles de las comunidades que fundó: “¡Que un cristiano jamás podrá contemplar con indiferencia las necesidades espirituales o materiales de los demás!” y “¡debe poner los medios para contribuir generosamente a solucionar esas necesidades!”.
Unas veces con aportación económica; otras, cediendo su tiempo para obras buenas. Así también se contribuye mucho a la gloria del Señor. La generosidad en la limosna a personas necesitadas o a obras buenas ha sido siempre una manifestación —no única— del desprendimiento real de los bienes o del espíritu de pobreza evangélica.
La limosna no solo de lo superfluo, sino aquella que se compone a base de sacrificios personales y de pasar necesidad en algún campo. Esta ofrenda hecha con sacrificio es gratísima al Señor. La limosna brota de un corazón misericordioso y es más útil para quien la ejerce que para aquel que la recibe. El que la ejerce saca de ahí un provecho espiritual y el que la recibe solo tiene un provecho temporal.
Amigos, examinemos si somos generosos con lo que tenemos y usamos, si somos desprendidos del tiempo, de la salud, si somos conocidos por ser sobrios y generosos en la limosna y sin caprichos, vanidad o aburguesamiento; si cuidamos aquello que usamos (libros, instrumentos de trabajo, ropa), y veremos si nuestro deseo de seguir al Señor va acompañado del desprendimiento de cosas con hechos concretos. Jesús pasa a nuestro lado; no permitamos que, por un par de cosas, retrasemos nuestra unión con Cristo.
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