La Sagrada Familia: San José, Santa María y Jesús hasta sus treinta años vivieron en una localidad llamada Nazaret, cerca de otros pueblos de ese lugar. Esta familia era muy conocida por todos sus habitantes y por eso todos fueron invitados a la celebración de un matrimonio, justo ahí en Caná de Galilea. En esa época era costumbre que las mujeres amigas de esas familias prepararan todo lo necesario para esta celebración.
Al comenzar la fiesta y por falta de previsión o llegada de más invitados que lo previsto, escaseó el vino. Santa María, que estaba ayudando a esa familia, se da cuenta de que el vino escasea. Pero allí están su hijo y Dios. Jesús, quien acaba de inaugurarse como mesías y ella lo sabe perfectamente.
Y ocurrió un diálogo lleno de ternura y sencillez (impreso en el Evangelio de San Juan). La madre de Jesús le dijo a su hijo: ¡No tienen vino! Y pidió sin pedir, muestra una necesidad y nos enseña a rogar. Jesús le contestó: ¡Mujer, ¿Qué nos va a ti y a mí? Aún no ha llegado mi hora! Y parece como si Jesús fuera a negarle a María lo que pidió. Sin embargo, María conoce bien el corazón de su hijo y les dijo a los sirvientes: “¡Hagan lo que él les diga!”. Santa María es la madre atentísima de todas nuestras necesidades, como ninguna otra madre. Y el milagro sucedió solo porque ella lo ha pedido.
Ahora bien, ¿por qué tendrán tanto éxito los ruegos de Santa María ante Dios? Las oraciones de los santos son oraciones de siervos, en tanto que las de María son oraciones de una madre, razón de donde procede su eficacia y carácter de autoridad. Y como Jesús ama inmensamente a su madre, ella no puede rogar sin ser atendida. Ella se encargó por sí misma de ser intercesora y pidió el milagro sin que nadie se lo pidiera. ¿Qué no hará ella cuando tantas veces a lo largo del día le decimos: ¡Ruega por nosotros!
La piedad cristiana ha llamado a nuestra Madre Santa María: ¡Omnipotencia suplicante! Porque ella está siempre pendiente de nuestras necesidades materiales y espirituales, y somos tan desconfiados y poco pacientes porque lo pedido tarda algo en llegar. ¿No tendríamos que acudir a ella con más frecuencia?
Poniendo más confianza en la petición y sabiendo que nuestra Señora nos alcanzará con lo más necesario. Si ella consiguió de su hijo el vino, que no era lo más absolutamente necesario, ¿no va a remediar tantas necesidades urgentes que tenemos?
El Señor solo espera que realicemos “usque ad summum”, o sea, “hasta arriba, acabadamente”, para que él realice el milagro. Porque si quienes trabajan en la universidad, en los hospitales, en las tareas del hogar, en las finanzas y en las fábricas lo hicieran con perfección humana y con espíritu cristiano, mañana nos levantaríamos en un mundo distinto.
Porque el Señor convierte en vino riquísimo nuestras labores y trabajos, que de otra forma permanecerían estériles. El mundo sería entonces una fiesta de bodas y la presencia de Jesús y de María imprimirían un gozo especial.
El Señor Jesús pudo haber hecho su milagro con las tinajas vacías, pero solicitó que los hombres cooperaran; luego él hizo el prodigio, por petición de su madre. ¡Qué alegría será la nuestra si, por la misericordia divina, contemplemos desde el cielo nuestros quehaceres convertidos en gloria!
Sin duda, Jesús no nos niega nada y su madre endereza nuestros pedidos; si había algo torcido, como toda madre, como ocurrió en esta boda de Caná, siempre consigue mucho más. Hubiera bastado un vino normal, pero no, fue el mejor vino.
San Juan destaca que eran seis tinajas de algo como 60 litros cada una. Todo equivale a cerca de 480 botellas de vino, suficiente como para 10 bodas. Igual situación ocurrió en aquella vez en que Nuestro Señor multiplicó los panes con abundancia y sobraron algunos canastos de pan.
Aquellos primeros discípulos estaban asombrados; así dice el profeta Isaías: ¡Cómo un joven se casa con su novia, así te desposa el que te construyó. La alegría que encuentra el marido con su esposa, la encontrará tu Dios contigo! Es esa alegría e intimidad que Dios desea tener con todos nosotros. ¡Haced lo que él les diga! Son las últimas palabras de la madre de Jesús. y no podían ser mejores.
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