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martes, septiembre 29, 2026
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Ismael Montoya…Hijos de Dios

La misericordia de Dios Padre nos ha dado como rey a su Hijo, y Dios Padre dijo: “¡Tú eres mi Hijo y yo te he engendrado hoy!”, (Salmo 2, 6-7). Se dirigió a Cristo, a ti y a mí, si nos decidimos a ser Alter Christus, ipse Christus. Y eso es lo que pretendemos a pesar de nuestras debilidades: imitar a Cristo, identificarnos con él y ser buenos hijos de Dios en medio de los quehaceres del día.

Cuando Jesús fue al río Jordán para ser bautizado, se oyó la voz de Dios Padre que dijo: “Tú eres mi hijo muy amado”, nacido de Dios Padre antes de todos los siglos, engendrado, no creado, de la misma naturaleza que el Padre, por quien todo fue hecho, y que fue Dios y hombre verdadero; y nosotros hemos sido hechos hijos de Dios y herederos del cielo.

El mismo Jesucristo mostró esta verdad a sus discípulos en forma directa, enseñándoles a dirigirse a Dios como al Padre, y señala a la santidad como imitación filial. De igual forma, cuando en las parábolas Dios es representado por la figura del padre, como en el ejemplo del hijo pródigo.

En su infinita bondad, Dios ha creado y elevado al hombre al orden sobrenatural, para que con su gracia pueda conocer la intimidad de la Santísima Trinidad, sin destruir su propia naturaleza de criaturas, mediante el don inefable de la filiación divina, que no es solo un título, sino una transformación de nuestro ser para poder llegar a ser hijos de Dios, a quien Jesús llama Abbá, Padre.

Entonces, Dios envió a su Hijo, que nació de una mujer, para que así recibiésemos la adopción de ser hijos; y puesto que somos hijos, Dios envió el Espíritu de su Hijo que clama: “¡Abbá, Padre!”, de modo que ya no somos siervos, sino hijos, herederos por la gracia de Dios. ¡A mí me ha dicho el Señor: “Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy!”.

Estas palabras del Salmo 2, que se refieren principalmente a Cristo, se dirigen también a cada uno de nosotros y definen todo nuestro día y la vida entera —si estamos decididos, con nuestras debilidades, a seguir a Jesús, a procurar imitarle, a identificarnos con Él en nuestras circunstancias—.

Profundizar en las consecuencias de la filiación divina será el objetivo de una especial atención en nuestra lucha ascética, incluyendo el examen particular. Cuando vivimos como buenos hijos de Dios, consideramos los acontecimientos y también los pequeños hechos de un día corriente a la luz de la fe; pensamos como Cristo lo hubiera hecho. Veremos como hermanos a las personas que tratamos, pues todos somos hijos del mismo Padre.

Este amor fraterno buscará el mismo deseo que existe en el corazón de Cristo: el de su santificación. El amor fraterno nos moverá a buscar que ellos estén cada vez más cerca de Cristo y que sean cada vez más plenamente hijos de nuestro Padre. La filiación divina no es un aspecto más de nosotros, sino que define nuestro propio ser sobrenatural. Somos, sobre todo, hijos de Dios.

No podemos ser hijos de Dios solo a ratos, aunque haya algunos momentos especialmente dedicados a considerarnos en ese sentido, que es la médula de nuestra piedad. Si consideramos esta verdad —”Soy hijo de Dios”— y profundizamos en su significado, nuestro día se llenará de paz, serenidad y alegría, y nos apoyaremos resueltamente en nuestro Padre Dios.

La oración, como en este rato que dedicamos exclusivamente a Dios, será la conversación de un hijo con su padre, que sabe que le entiende bien, que le escucha atento como nadie: una conversación con Dios que tiene como tema nuestra vida, o sea, todo lo que palpita en nuestra cabeza y corazón: alegrías, tristezas, esperanzas, éxitos, fracasos, hasta lo más pequeño de nuestra jornada, porque hemos comprobado que todo le interesa a Dios.

Ahora bien, el hijo es también heredero; tiene como cierto derecho a los bienes del padre. Entonces, somos herederos de Dios o coherederos de Cristo. El Salmo 2, con que empezamos este rato de oración, continúa así: “¡Pídeme y te daré las naciones como herencia, y extenderé tus dominios hasta los confines de la tierra!”.

El anticipo de esta herencia prometida lo recibimos ya en esta vida: es el gaudium cum pace, o sea, la alegría profunda de sabernos hijos de Dios, que no se apoya en los propios méritos, ni en la ausencia de dificultades. Nace de la unión con Dios; y él nos quiere, nos acoge y perdona siempre, y nos tiene preparado un cielo junto a él por toda la eternidad.

Él quiere vernos siempre contentos, como cualquier padre de la Tierra desea ver a sus hijos. La alegría verdadera es un formidable medio de apostolado, porque el alma alegre atrae, calma, desarma, conquista y arrastra a los hombres hacia Dios, y el Espíritu Santo nos da este consejo: “¡No os aflijáis, porque la alegría es vuestra fuerza!”.

Leer también: Por sus frutos los conoceréis

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