El Señor Jesús solía hablar en algunas ocasiones, acerca de los “falsos profetas” que, por su forma de expresión, podrían llevar a muchos a su ruina espiritual. El profeta Jeremías denunció la impiedad de los que profetizan a Baal y desorientan al pueblo de Israel, engañándolo con fantasías y no con las palabras de Yahvé: “¡Descarrílan al pueblo con mentiras: Yo no los he enviado ni he dado misión alguna. ¡No han hecho ningún bien!”.
Posteriormente, también aparecieron en el seno de la Iglesia y San Pablo los llamó: “¡Falsos hermanos y falsos apóstoles!” y advirtió a los primeros cristianos que se cuidaran de ellos. San Pedro los llamó: falsos doctores. Ahora, en nuestros días, han aparecido estos maestros del error sembrando malas semillas, siendo causa de desconcierto y ruina para muchos, y el Señor nos advierte: “¡Tened cuidado con los falsos profetas, se acercan con piel de oveja, pero por dentro son lobos rapaces!”, y es mucho el daño que causan en los fieles.
El Señor Jesús nos señaló: “Tanto los verdaderos como los falsos enviados de Dios se conocerán por sus frutos”. Predicadores de falsas reformas y doctrinas no acarrearán más que la desunión del tronco de la Iglesia. Jesús nos dice: “¿Acaso se cosechan uvas de las zarzas o higos de los cardos? Los árboles sanos dan frutos buenos; los árboles dañados dan frutos malos. Un árbol sano no puede dar frutos malos, ni un árbol dañado dar frutos buenos”.
En este pasaje del Evangelio, el Señor nos advierte para que estemos vigilantes y seamos prudentes con los doctores falsos y con sus doctrinas engañosas, ya que no siempre será fácil distinguirlas, porque la mala doctrina se presenta muchas veces con apariencia de bondad y de bien.
Queridos amigos, la savia del cristiano es la vida de Cristo; es santidad personal que no se puede suplir con ninguna otra cosa. Y no debemos separarnos nunca de él: “¡Quién está unido conmigo, y yo con él —nos dice—, este árbol da mucha fruta, porque sin mí nada podéis hacer!”. En el trato con Jesús aprenderemos a ser eficaces, a estar alegres, a comprender, a querer de verdad; a ser, en definitiva, buenos cristianos.
La vida de unión con Cristo trasciende el ámbito del cristiano en beneficio de los demás y brota el avance apostólico, creando una superabundancia de vida interior, la cual se nutre con los auxilios de todos los fieles, especialmente con la participación activa en la liturgia.
A los seglares se les pide que no separen la unión con Cristo de su vida privada, realizando sus tareas conforme a la voluntad de Dios, con la Sagrada Eucaristía y la Santa Misa. Si se descuidara esta honda unión con Cristo, la eficacia apostólica en nuestro entorno se iría reduciendo con frutos amargos hasta llegar a ser nula.
San Pío X nos dijo: “A quienes les resulte una carga recogerse en su corazón (Jeremías 12-11) o no desean hacerlo”, reconocen la pobreza de sus almas y se excusan diciendo que se entregaron al servicio de las almas, pero lo que pasó es que han perdido el trato con Dios y, cuando hablan de él a los hombres, están completamente vacíos del espíritu de Dios y lo único que pueden hacer es dar consejos a ras de tierra sin el contenido espiritual del Evangelio.
Examinemos también cómo es nuestro interés por vivir la presencia de Dios mientras caminamos, en nuestro trabajo, en la familia, y veamos qué podemos rectificar con algún propósito. Ahora, el hombre que pretende excluir a Dios de su vida se convierte en un árbol enfermo y con malos frutos, y en la sociedad sin Dios produce males sin cuenta.
Sin religión es imposible que sean buenas las costumbres de los estados, y surge el laicismo, que desea suplantar el honor debido a Dios y a la moral por principios trascendentes o ideales humanos que acaban por ser infrahumanos, buscando relegar a Dios a la Iglesia o al interior de las conciencias; se ataca al Papa y a las instituciones fieles a su magisterio.
Entonces, amigos, aparecen viejas costumbres del paganismo y, donde alguna vez brilló la civilización cristiana, vemos países donde empiezan a reinar: el divorcio, el aborto, el consumo de drogas, la agresividad, el desprecio de la moral pública; y reconozco que el hombre y la sociedad se deshumanizan cuando no tienen a Dios como un padre lleno de amor que conserva la naturaleza humana y permite que las personas encuentren su propia dignidad, como finalidad para la cual fueron creados.
Entonces, amigos míos, los cristianos debemos responder a la llamada de Dios: ¡Debemos ser la sal y la luz donde sea que estemos! Y debemos mostrar con hechos que el mundo es más humano, limpio, más honesto y alegre cuando está más cerca de Dios. La vida merece ser vivida cuanto más sea informada por Cristo.
Para terminar este modesto ensayo, Jesús nos mueve a no estar inactivos, a preguntarnos: ¿Qué puedo hacer yo en mi familia, en mi escuela, en la universidad, en la oficina, para que Jesús esté presente en estos lugares? Miremos a San José con su firmeza para llevar a Cristo a todas sus realidades humanas actuales. Entonces ahora, con la gracia de Dios y la intercesión del patriarca, nos esforzaremos con constancia para dar fruto abundante donde Dios nos haya puesto.
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