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miércoles, septiembre 9, 2026
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Ismael Montoya…La fidelidad, una virtud

La Sagrada Escritura nos habla de la necesidad de mantener una promesa, que es un compromiso libremente aceptado acerca de una misión por la que uno se ha comprometido. El Señor le dijo a Abraham: «Camina en mi presencia con fidelidad, guarda mi pacto que hago contigo y con tus descendientes por generaciones».

La firmeza de esta alianza con el patriarca y sus descendientes será una fuente de bendiciones y de felicidad, pero cualquier quebrantamiento de ese pacto será causa de sus males. Dios pide fidelidad a los hombres que mira con predilección, porque él mismo es siempre fiel, a pesar de nuestra debilidad.

Dios es leal, rico en amor y fidelidad, fiel en todas sus palabras y es fiel siempre. A los que le sean fieles, él les dará la “corona de la vida”. Y Jesús nos habla del siervo fiel y prudente, del criado bueno y leal en lo pequeño, del administrador honrado; por eso la idea de la fidelidad penetra hondo en la vida del cristiano.

San Pablo, cuando sintió cercana su muerte, escribió a Timoteo: «He combatido y terminado mi carrera, he guardado mi fe y sé que se me está preparada la corona de la justicia, que me otorgará Jesús, justo juez, y que también la otorgará a todos los que esperan su manifestación”.

La fidelidad consiste en cumplir lo prometido, aceptando la palabra dada: «Si nos mantenemos firmes, a pesar de los obstáculos o dificultades, en los compromisos adquiridos. La perseverancia está unida a esta virtud y se suele identificar con ella.

Ahora bien, el ámbito de la fidelidad es muy amplio y conlleva considerarlo entre cónyuges, entre amigos, en la vida espiritual, en la vida afectiva, en la fe y la vocación. San Pablo se conduele de que Demás escapó a Tesalónica, traicionó la empresa divina por miedo a persecuciones. Fue un hombre a quien San Pablo citó entre los santos: «Si no nos llevan a Cristo, ¿para qué nos sirven?».

Entonces, nuestra época no se caracteriza por el florecimiento de esta virtud. Quizás por eso el Señor nos pide apreciarla más, tanto en los compromisos adquiridos con él como en los compromisos con otros hombres, y podemos preguntarnos: ¿Cómo el hombre débil, mutable y cambiante puede adquirir compromisos para toda la vida? Sí, los puede adquirir, porque su fidelidad está sostenida por alguien que no es mutable, ni débil ni cambiante; está sostenida por Dios, y el Señor sostiene al hombre que desea ser leal en sus compromisos, especialmente al que desea tener una vocación de entrega total a la santidad.

Cristo necesita de nosotros para ayudar a millones de hermanos nuestros a ser plenamente hombres y salvarse. Vivid con estos nobles ideales en vuestras almas y abrid vuestros corazones a Cristo y a su ley del amor, sin condicionar sus disponibilidades ni miedos, porque el amor y la amistad no tienen ocaso, porque el amor no envejece.

Santo Tomás nos enseña: «Amamos a alguien cuando deseamos el bien para él. Pero si intentamos sacar algún provecho del otro, porque nos agrada o nos es útil para algún determinado fin, entonces no lo amamos, sino que lo utilizamos”. Cuando amamos, queremos el bien para el otro y nuestra persona se entrega a este amor, independiente de gustos y estados de ánimo. El pago del amor es recibir más amor.

Entonces, necesitamos pedir al Señor que nos convenza de que lo principal del amor no es el sentimiento, sino el uso de la voluntad, con obras que exigen esfuerzo, sacrificio y entrega. El sentimiento y los estados de ánimo son mutables y sobre estos conceptos no se puede construir la fidelidad, porque la fidelidad es la correspondencia amorosa a ese amor de Dios.

¿Qué podré entregar a Dios por todas esas bendiciones que nos ha regalado? Obviamente, que es la “perseverancia” hasta el final en la fidelidad de lo pequeño en cada jornada y el recomenzar cuando hayamos dado un paso por debilidad fuera del camino. En muchos momentos de nuestra vida, la fidelidad a Dios se concretará en la fidelidad a la vida de oración que nos mantiene cerca del Señor. La fidelidad es el peso del amor o centro de gravedad que dirige nuestra alma.

El corazón de Jesús y el corazón humano están abrasados por la llama viva del amor trinitario que nunca se extinguirá y es fiel en su amor por los hombres, y nosotros debemos aprender de este amor fiel.

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