En solo catorce años que frecuenté la capital de nuestra República de Venezuela, sigo poniendo a prueba mi memoria y mi lucidez. Lo haré recordando las esquinas y sitios con más renombre. En este caso, se indicaban como referencia las siguientes esquinas: Pele el Ojo, Curamichate, Velásquez, Altagracia, Gonzalito, Cipreses, Manduca, Junín, Dios y Boleíta.
Entre sus sitios emblemáticos destacan: la Roca Tarpeya (donde se encuentra el Helicoide), el Nuevo Circo, la Plaza O’Leary de El Silencio, el Capitolio, las Torres Norte y Sur de El Silencio, el puente Guanábano, la Plaza Capuchinos, El Pasaje, la Redoma de La India en El Paraíso, el puente República, el puente de Hierro, el puente Mohedano, el puente Dos de Diciembre, la Plaza Madariaga, Bello Monte, el Teleférico, la Plaza Los Caobos y la Plaza Bolívar.
Asimismo, destacan sus avenidas: Universidad, Sucre, Victoria, Bolívar, Rómulo Gallegos, Bello Monte, San José, San Martín, Baralt, Lecuna, Los Ilustres, Urdaneta, Los Ruices, La Paz, Cota 900, Cota Mil, Avenida del Este, Montalbán, Los Leones, Guzmán Blanco, el Hipódromo de La Rinconada, el Poliedro y el Teatro Teresa Carreño.
Entre sus universidades recuerdo la Universidad Central de Venezuela, la Católica Andrés Bello y la Santa María en El Paraíso. Además, pude ver el inicio de la construcción del metro con su primera estación al lado de la Avenida Sucre, en el sector Caño Amarillo, la construcción de las torres de Parque Central y, luego, el Hotel Caracas Hilton. También sus plantas de televisión: RCTV, CVTV (Canal 5), Venevisión y Televen.
Esto dijo el maestro Billo Frómeta, expresándose de esta manera para cantarte a ti, mi Caracas: “He pedido a un poeta que solo pido a Dios que cuando muera, el último compás sea Alma Llanera”. De igual manera, le pido a Dios que tenga en paz a este ilustre hombre nacido en Santo Domingo, República Dominicana, quien fue un hijo por adopción que entregó a Venezuela alma, vida y corazón, y a su Caracas una gran pasión.
Para la gloria de nuestro país surgió una combinación inolvidable: don Juan Vicente Torrealba, Billo y el Tío Simón. Cada uno por su lado exhibió su talento en representación de un país que hoy los recuerda con mucha admiración, cada quien con su estilo y brillante ejecución. El maestro don Juan Vicente, entre primas y bordones, componía sus tonadas brillantes que salían con gran sazón; en concierto en la llanura dejó demostración de que a nadie le miento en esta narración.
Por su parte, el maestro Luis María “Billo” Frómeta no dejó ningún rincón del planeta sin dar a conocer su nombre y el ritmo de su orquesta junto a “Cheo” García, “Memo” Morales, José Luis Rodríguez y Ely Méndez, voces que dejaron una huella de grata recordación mientras los bailadores llenaban cualquier salón. Su fama se fue extendiendo con contratos que le llegaban por montón desde otros países.
El último de los nombrados, el hijo de Barbacoas (estado Aragua), fue nada más y nada menos que el Tío Simón. Recuerdo haberlo visto en un programa de televisión con Efraín de la Cerda, luciendo una franela blanca de manga larga, una faja leontina ancha como correa, pantalones arremangados y alpargatas, paseando con una bandeja y brindando de mesa en mesa al público. Luego se acercó al animador y le ofreció interpretar un tema con su cuatro, a lo que Efraín respondió: “¡Cómo no, arranque!”.
Lo primero que asomó fue su característico “¡Caracha, negro!”, apoyando el codo derecho y colocando sus dedos en los trastes del cuatro para comenzar con la Tonada del cabestrero, tema que lo convirtió en un artista muy famoso y orgullo de Venezuela, hasta consagrarse en el mundo con Caballo viejo. Aún sigue vigente su recuerdo en toda su gente.
Historia de mi vida en la ciudad de Caracas entre los años 67 y los 80, cuando ese gran locutor yaracuyano, como lo fue nuestro recordado amigo Alexánder Freites Pulido, con una fama regada en todo el país y fuera de él, una mañana de un día cualquiera le visité cuando narraba junto a Pepe Martínez Hidalgo.
En ese momento, como era normal y de costumbre cuando dos yaracuyanos se encontraban en cualquier sitio lejos de nuestro Yaracuy, esos reencuentros nos producían mucha alegría. Cuando llegó la pausa para los comerciales de la emisora, me dice: «Epa, Caricaturón ¿qué andas haciendo tú por aquí?». Y le respondí: «Conseguí trabajo en Sanidad en la División de Acueductos Rurales.
De repente entra el maestro Simón Díaz, acompañado de don Felipe Serrano, dueño de Radio Rumbos y su gran Cadena Nacional, y es cuando Freites dice a los dos personajes lo siguiente: «Maestros, conozcan a este personaje de mi pueblo como cantante y compositor».
Cuando estrechamos las manos, yo digo: «Mucho gusto, Lorenzo Víez, a la orden en San Felipe». Es cuando mi paisano salió con su ocurrencia: «Ese es su nombre de pila, pero yo lo bauticé como Caricaturón en una presentación». Y de paso le dijo al maestro: «Mira Simón, no hay posibilidad de que lo metas en tu programa», y él me miró y me dijo: «Hoy a las 6:00 es la grabación; solicité a Virgilio Galindo, él es el coordinador para una prueba con Cándido Herrera».
Pasé el examen y grabamos un programa para una semana de lunes a viernes, y fue cuando me invitó para un programa Mi Llanero Favorito por el canal 5, una televisora del Estado. En ese momento llegó Joselo, hermano de tío Simón; tenía un programa en Venevisión llamado Juventud y Folklore, animado por un maracucho de nombre Óscar Lozada; esto ocurrió en el antiguo teatro La Campiña.
Cuando entra Joselo, le dice al maestro del arpa: «Mira, hazle una prueba a este señor con dos temas; él viene recomendado por Simón, mi hermano». Fue cuando le tarareé El Tiempo de Cimarrón de Manuel Luna, con una letra que me pertenece y lleva por nombre Paisajes de San Felipe; luego un vals pasaje que le compuse a mi esposa ya fallecida, con el título Mi Linda Boraureña.
Debo recordar que en dicho programa actué al lado de Ángel Paris, Henrique Rivas, el conjunto Alma Venezolana de los hermanos Ángel Muset, Rafael y Sol Muset; todavía Sol no se había casado con José Alí Primera.
Al terminar la presentación, cada quien agarró su rumbo. Cuando ya estoy saliendo del teatro, me llama el arpista y me dice: «Mucho gusto, Juan Galea, es que quiero hacerle una pregunta: ¿esa boraureña que usted nombra es de Yaracuy? Sí, y ¿usted es de allá?
Le respondí: «Bueno, yo soy de Tartagal, que pertenece a San Pablo, pero con muchos años residenciado entre Independencia y San Felipe». Con mucha emoción me dijo: «Entonces somos paisanos; mi abuelo se llama Eustaquio Abarca, con un negocio en la calle 6 con 5ta. Avenida, y tengo un tío muy famoso como coleador; a él le falta una pierna y lo llaman «El mocho primo».
Después de esta gran amistad con Juan y su señora esposa Eli Noguera de Galea, vinieron mis primeras grabaciones y presentaciones en Caracas. Por tal motivo, siempre le doy gracias a Dios por todo lo concedido y que en estos pasos en mi ancianidad todavía disfruto afecto y cariño de la gente.
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