I
El socialismo del siglo XXI no fue nunca una revolución de clases, fue un trasvase de fondo. Secaron el dinero del erario público, el dinero del petróleo que nos pertenece a todos, para depositarlo en cuentas extranjeras. Lo que vive Venezuela no es una crisis económica producto de “ataques extremos”, es el producto de la cleptocracia de cuello blanco más descarada desde la fundación de la República hasta hoy. Este saqueo inmisericorde creó un capitalismo de garito con una opulencia dolarizada y una sobrepobreza con ingresos en bolívares.
¿Cómo se estructuró esta maraña? Con la representación del capital público y privado e internacional, los cuales fueron invitados a la fiesta. Para afianzar el saqueo, acudieron al capital social acumulado de la República para negociarlo con los nuevos y viejos oligarcas. La desigual relación conecta a los capitalistas de vieja data y a la nueva burguesía dolarizada contra una clase trabajadora que combina el «ay» entre los gritos y el dolor del trabajador injustamente detenido, enfermo, y las presiones espasmódicas del movimiento obrero en las calles.
Quien crea que el sistema colapsó después de la extracción de Nicolás Maduro el 3 de enero es un iluso; en realidad, lo que hizo fue reubicarse, una especie de mutación sofisticada. La vieja táctica gatopardiana: “Cambiar todo para que nada cambie”. Es que hemos perdido la memoria histórica para ensayar una visión donde prevalece la mentira sacralizada como verdad única y última. Porque subestiman la capacidad de respuesta de los venezolanos, que debe ser optimista con la voluntad y pesimista con la inteligencia; desterrando al capitalismo de garito, al populismo y la corrupción como prácticas políticas, como estilo de gobierno y como cultura dominante.
En febrero de 1989, se alzó una parroquia de Caracas, El Valle; ese día, si allí hubiera habido un puñado siquiera de revolucionarios sinceros, brillantes, esclarecidos, hubiesen podido tomar El Fuerte Tiuna y… Adiós, luz que te apagaste.
II
Hay que vivir el drama y el futuro del país con pasión desacostumbrada, con inquietud extrema. En forma sincera, descarnada, en forma crítica. En lo que hay que decir lo que se piensa, orientada principalmente por la dialéctica de la discusión y los razonamientos. Lo que se aspira a que sea es negar y afirmar. La palabra hay que convertirla en arma, en instrumento transformador. Autocrítica y crítica. En acusación, repudio, en juicio severo, objetivo, sin complacencias ni complicidades. Hay que embriagarse con la fuerza de la razón en una búsqueda irrenunciable. Sin compromisos, ni dogmas, ni temores, ni censuras.
La cobardía y el silencio no pueden tener cabida en la conducta de los hombres irreductibles. Es una actitud inclemente, terriblemente (demasiado humano diría Nietzsche). Es una proclamación de rechazo a una realidad viciada, peligrosa, abismante, de un país en desgracia, copado por una locura frívola, irresponsable, de una nación cuyas clases dirigentes la han conducido, a ojos vendados, narcotizada, a jugar con pétalos de flores al borde del abismo, a la degradación social, a la desnacionalización, a la pérdida del hábito y la virtud del trabajo. De una sociedad castrada, miserable, destructora de sí misma, devastadora de la naturaleza y del hombre.
III
Es la descripción y relato, balance e inventario de un orden mezquino e hipócrita: la ligereza, una historia de vejámenes y opresión, de despojo y chantaje por parte de las oligarquías y los políticos traficantes de ilusiones y sobornos, de fantasías y comisiones. Pero es también una contradictoria búsqueda de lo bueno y lo malo en nuestra sociedad y en el mundo presente; es, sobre todo, un deseo de forjar una nueva realidad, un nuevo país, justo, sano, igualitario y, por qué no, feliz, donde el bienestar constituya el objetivo fundamental de la sociedad. De lograr los sueños, las utopías concretas, de reencuentro con el hombre, la comunidad, la naturaleza, la patria, con el futuro.
IV
Hay que asumir el país con optimismo, para quienes no están corrompidos, para quienes no están aniquilados por el hastío, la molicie, la desmoralización. En una sociedad adormecida, donde el enfrentamiento se ha reducido a límites insignificantes, se hace reinar la apariencia del desarrollo, de la justicia, de la equidad, el paraíso de Cotarita, la agricultura aniquilada por completo y mudada al extranjero, el narcótico de una alabanza fácil, el cretinismo onanista.
Las sobras del gran banquete del país petrolero, repartidas entre empresas extranjeras y burgueses de nuevo cuño, sirven para convertir la conciencia en ojo muerto, insensible. Los medios de comunicación: la radio, la TV, hechos murallas de silencio, de complicidad. Se fabrican productos y candidatos, se deforma la realidad, la estafa convertida en religión, los burdeles en templos. Un país de humillaciones y engaños, de opresión y miseria, presentado ante el mundo, por obra y gracia de la técnica, los medios publicitarios y el subdesarrollo (el subdesarrollo es aquí factor importante porque solamente dentro de ese estado puede ser tan hondamente penetrante y efectiva la ficción), maquillado para el mundo de Arcadia Feliz.
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