La nueva agricultura, la de los drones sobrevolando las tierras de cultivo, aún no termina de llegar; está pausada y, en tanto, la vieja, con sus campos envejecidos, al igual que sus labradores, confía en que el albor del nuevo día traiga el relevo que le conceda el descanso merecido al viejo labrador y devuelva el vigor a sus tierras dándole una nueva vida remozada y moderna.
Ese campo antes atractivo, el que enamoró y sedujo a sus abuelos y a sus padres, ya no es lo que parece de cerca. La Venezuela de hoy no tiene crisis de tierra, tiene crisis de gente joven; los que labran el campo desde hace décadas pasan de los 55 años y los herederos del linaje campestre, siempre ávidos de emociones, no se hallan, no se ven como los nuevos parteros para hacer parir a los campos más y mejores cosechas.
Se nos está yendo el conocimiento con las canas, las vivencias de los gestores, sus abuelos, sus padres con el suelo, en los cambios de luna, en las plagas, no se está asimilando, no se está escribiendo con el quehacer diario, perdiendo así el bagaje de conocimientos tan celosamente acumulados tras años de fructífero trabajar que solo se aprende hendir los campos y que, al no transmitirse, se muere.
Ahora más que ayer les pedimos a los jóvenes que regresen al campo, al campo de sus padres; les pedimos que amen el campo, sin importar que ese campo lo dejamos sin futuro cuando se abandona por aquello de que nadie siembra para perder y, pese a ello, se sigue intentando revivirlo.
No hay que seguir pagando caro la indiferencia con que se ha tratado al campo; queremos obtener más comida y así lograr la total soberanía alimentaria, evitando por todos los medios que los pueblos se apaguen cuando se cierran las escuelas rurales y se abandona el conuco.
Ese relevo llegará; se recuperará la dignidad perdida cuando sembrar sea rentable, cuando la tecnología se conecte con la tradición y ellos se sientan orgullosos de mostrar que el campo no es atraso, sino progreso y biotecnología, y que la agroecología sí tiene futuro.
El relevo generacional que no llega al campo es relevo de cuidado, ya que si nadie aprende a leer un perfil de suelo, a hacer un análisis, a rotar la Tierra, esta se cansa y no vuelve a rendir.
Ese urgente y deseado relevo en un país con más de 30 millones de hectáreas con vocación agrícola no es consecuencia de la flojera, es el resultado de hacer cuentas una y otra vez, cuentas que no cuadran: insumos impagables, el crédito que no llega, la inseguridad que asola los campos, las vías destruidas que no caminan y los precios que no cubren ni el gasoil, y encima llevan el estigma de que “ser agricultor es ser pobre”.
Para retornar a las andadas y al fragor del campo los del relevo que ya asoman de manera temeraria sus narices, en el petitorio que elevan solo piden para asegurar su permanencia y rendir buenas cosechas: créditos blandos y oportunos, instrumentos de labranza manuales o mecánicos acordes con las nuevas tecnologías, caminos vecinales transitables todo el año, seguridad en los campos, centros de acopio comunitarios, retorno o mejora de las cooperativas, campañas frecuentes de salud humana y agropecuaria.
Asimismo, asistencia técnica y todo esto en el marco de un enlace donde se conjugue el conocimiento técnico con el ancestral, el heredado de sus gestores como el legado más valioso e ineludible, el acceso a las redes, el Internet, el uso de drones de ayuda hoy imprescindible y, por supuesto, todo esto acorde con el respeto hacia el medio ambiente, entendiendo que «si no hay relevo generacional agrícola, no hay cosechas; si no hay cosechas, no hay país y, entonces, solo entonces el hambre cunde.
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