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lunes, julio 13, 2026
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Ismael Montoya…Tratar bien a todos

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El Señor Jesús dijo a sus apóstoles: Han oído decir: “Ojo por ojo y diente por diente”. Pero yo os digo: “Al que desee quitarte la túnica, entrégale también la capa y, si alguien te obliga a andar una milla, ve con el dos». Palabras de Jesús que nos invitan a vivir la caridad, más allá de los criterios humanos. Por supuesto que, en el trato con los demás, no podemos ser ingenuos y debemos vivir en justicia y prudencia, pero sin renunciar al bien de otros.

Así nos asemejamos a Cristo, que al morir en la cruz nos dio un ejemplo de amor por encima de toda medida humana. Nada tiene el hombre, tan de Cristo, como la paciencia para hacer el bien. San Juan Crisóstomo dijo: «¡Junto a nuestra salvación, aprovecha al prójimo, porque nadie vive para sí mismo: el comerciante, el labrador, el artesano. Todos contribuyen al bien común y provecho del prójimo!». Ahora con mayor razón, en lo espiritual, porque este es el vivir verdadero.

El que solo vive para sí y desprecia a los demás es un ser inútil, no es un hombre, no es de nuestro linaje. Las múltiples llamadas del Señor, especialmente su mandamiento nuevo: «Para vivir en todo momento la caridad, han de estimularnos, buscando la oportunidad de ser útiles y crear alegrías a quienes están a nuestro lado».

Todo esto es grande a los ojos de Dios y nos acerca mucho a él. Al mismo tiempo, consideramos hoy en nuestra oración todos esos aspectos que, si no estamos vigilantes, sería faltar a la caridad. Juicios precipitados, crítica negativa. Obviamente, que no es norma para el cristiano el “ojo por ojo, diente por diente”, sino: “Hacer continuamente el bien”.

Pero la caridad en modo alguno debe ser indiferente ante la verdad y el bien. Más aún, la propia caridad exige el anuncio de la verdad que salva. Es necesario distinguir el error, que se debe rechazar; ahora, un discípulo de Cristo jamás tratará mal a ninguna persona. Un error es un error; el que está equivocado debe ser corregido con afecto; de otra forma, no se le puede ayudar, enorme muestra de amor y de caridad.

La caridad no se debe usar solo con personas que nos tratan bien, sino con todos, sin excepción. El Señor dijo: “Habéis oído: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, les digo. “Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que aborrecen, rezad por los que os persiguen y calumnian. También debemos vivir la caridad con los que nos hacen y desean el mal, con quienes nos difaman y quitan la honra, que buscan perjudicarnos, no tener enemigos personales y considerar al pecado como único mal verdadero.

San Agustín dice: ¡El cristiano ha de tener siempre un corazón grande para respetar a todos, no porque lo sean, sino para que lo sean, y al enemigo, para que sea hermano! La caridad tendrá diversas manifestaciones que no están reñidas con la prudencia y la defensa justa, hablando con la verdad ante la difamación y con firmeza en defensa del bien de los legítimos intereses del prójimo y de los derechos de la Iglesia.

Esta manera de actuar supone una honda vida de oración y nos distingue claramente de los paganos o de los que no quieren vivir como discípulos de Cristo. “Porque si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis?, ¿No hacen lo mismo los publicanos? Y si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario?, ¿No hacen también lo mismo los paganos?

La fe cristiana pide virtudes heroicas en la vida ordinaria. Con la gracia de Dios viviremos la caridad con los que no se comportan como hijos de Dios y los que le ofenden. Ningún pecador en cuanto tal es digno de amor, pero todo hombre es amable con Dios. Todos son hijos de Dios y capaces de convertirse, alcanzando la gloria eterna.

La unión con Dios que procuramos hacer fructificar con su gracia en nuestra conducta nos debe llevar a tener presente la dimensión entrañablemente humana del apostolado. La actitud del cristiano, su convivencia con todos debe parecerse a un “generoso caudal de cariño sobrenatural y cordialidad humana”, procurando superar la tendencia al egoísmo, a quedarse en sus cosas. Formulemos un propósito concreto que nos acerque a parientes, amigos y conocidos más necesitados, y pidamos gracias a la Santísima Virgen María para llevarlo a cabo.

Leer también: La misa, centro del cristianismo

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