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martes, junio 30, 2026
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Luis Tesorero…Rendición incondicional

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Cuando los romanos invadían nuevos o viejos territorios, o hacían la llamada “paz romana”, no solían hacer concesiones y aplicaban a los vencidos los términos de una rendición incondicional.
Sus tesoros eran enviados a la ciudad de las siete colinas y los derechos comerciales con otras naciones monopolizados por el vencedor; los guerreros rendidos eran pasados a filo de cuchillo, los líderes encadenados y sus ojos vaciados para ser exhibidos como trofeos por las calles de Roma, sus escudos y estandartes secuestrados como trofeos de guerra, las mujeres violadas, los jóvenes esclavizados y los niños entregados a familias para ser criados como ciudadanos al servicio de la potencia vencedora.

Así fue como, detalles más, detalles menos, se construyó uno de los mayores imperios que ha conocido el mundo. Esa fórmula bien aplicada surtió efectos durante muchos siglos. Los reinos anteriores la aplicaron y funcionó para sus intereses, y los que vinieron luego también entendieron su valor estratégico y táctico para su supervivencia, enriquecimiento y expansión territorial.

Tal vez las últimas rendiciones incondicionales ocurrieron como telón de fondo para el final de la Primera Guerra Mundial. Luego de ese periodo, el concepto de rendición comenzó a cambiar en el papel por causa de la aplicación de los conceptos de derechos humanos universales del hombre y el comercio global.

Antes de esa época, una guerra podía durar 100 años, dos generaciones, y la rendición absoluta comenzaba a aplicar de inmediato. Con la modernidad y la globalización, los tiempos se invirtieron. Una guerra puede durar 31 minutos o menos, en esencia de lo militar, porque la nación atacada carecía de capacidad real de respuesta; para entonces pasar a negociaciones de paz que pueden prolongarse en el tiempo hasta por años.

Lo razonable es pensar que esto ocurre porque el país derrotado está «huyendo hacia adelante» tratando de aparentar fuerza cuando en realidad su poder militar ya está destruido o inoperante. Mientras el agresor trata de ser menos culpable y se esfuerza en encontrar razones válidas para justificar sus acciones, de parecer menos belicoso, por eso guarda sus dientes y esconde sus garras mientras aprieta un cuchillo sobre la yugular de su víctima, quien tiene que aceptar todo sin chistar.

Esto no es negociación, es pura supervivencia; no existe en la realidad un convenio respetuoso y mesurado entre iguales. Lo que trata de hacer el gobierno vencido y sus miembros es sencillamente sobrevivir a toda costa, sin importar el precio económico, ni a quién tengan que vender, entregar, dejar esclavizar o permitir su muerte, todo con tal de no ser ellos quienes sean llevados al territorio del vencedor a ser exhibidos como monos de zoológico.

Mientras eso ocurre, el pueblo subsiste con su dignidad intacta, preservada por el vencedor; porque la población de una nación aún vencida es un bien estratégico valioso para quien lo preserva; son la mejor parte del botín junto con los derechos comerciales internacionales, ubicación geoestratégica y recursos naturales, en ese orden.

Por todo eso es que ahora, hoy día, en este momento, no se negocian en el papel, rendiciones incondicionales. Tanta traición y servilismo hacen que la imagen de los lideres vencidos, encadenados, ciegos y arrastrados detrás tanque presidencial por las avenidas principales de la ciudad capital del victorioso sea una imagen tentadora. Una imagen digna de película de Hollywood, monumental, pura, épica y dramática.

Leer también: La defensa del culpable

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