A veces la tragedia no irrumpe con estruendo, sino que se instala lentamente en la conciencia. Permanece en las imágenes que no se olvidan, en las preguntas que nadie responde, en esa sensación persistente de que algo esencial volvió a fallar. Así quedó Venezuela tras los dos terremotos del 24 de junio: no solo herida en su geografía, sino confrontada con sus propias carencias. Porque cuando todo tiembla, también se tambalean las certezas.
Y lo que emergió en esas horas críticas fue una verdad difícil de esquivar: no había un país preparado para responder. No hubo conducción firme ni protocolos visibles que ofrecieran orientación en medio del desconcierto. La emergencia encontró a las instituciones dispersas, reaccionando tarde, como si cada decisión tuviera que inventarse sobre la marcha.
Los desastres naturales no se pueden evitar, pero sí se pueden enfrentar con previsión. Sin embargo, lo vivido fue una sucesión de vacíos: órdenes que no llegaban, acciones que se contradecían, tiempos que se diluían mientras la urgencia apremiaba. En ese escenario, cada minuto sin respuesta se convirtió en una forma de abandono.
Más preocupante aún fue constatar que, en algunos casos, ayudar resultó más difícil de lo que debería ser. Hubo restricciones, demoras, obstáculos innecesarios para rescatistas y equipos. Como si la lógica de control se impusiera sobre la necesidad de salvar vidas. Como si la prioridad no fuese la gente, sino la apariencia de orden.
Y en medio de ese panorama, apareció la insistencia en “no politizar”. Pero ignorar las causas estructurales no es neutralidad, es evasión. Cuando desde el poder se intenta presentar como logro lo que fue claramente insuficiente, la discusión deja de ser opcional. No se trata de hacer política con el dolor, sino de reconocer que la falta de políticas públicas sostenidas es precisamente lo que agrava sus consecuencias.
Lo ocurrido no es solo obra de la naturaleza. Es también reflejo de años de desarticulación institucional, de prioridades invertidas, de un modelo que privilegia el discurso sobre la capacidad real de respuesta. Un Estado que reacciona, pero no anticipa; que comunica mal y peor coordina.
Frente a ello, la solidaridad internacional se hizo presente con una eficacia que conmueve y obliga a comparar. Equipos especializados, experiencia, organización: una ayuda que no solo alivió, sino que evidenció cuánto nos falta construir puertas adentro.
Aun así, sería injusto no reconocer a quienes sí estuvieron a la altura. Funcionarios que actuaron con entrega, que sostuvieron la respuesta con lo poco disponible. Y, al mismo tiempo, otros que entorpecieron, que confundieron, que sumaron desorden. Esa coexistencia de compromiso y negligencia revela una fractura interna que no puede seguir ignorándose.
En Yaracuy, por fortuna, la realidad ha sido distinta. Las autoridades han respondido de manera adecuada en términos generales, y gracias a Dios no se registran mayores afectaciones. Es una señal de que la gestión responsable, incluso con limitaciones, puede marcar un rumbo diferente.
Pero hay un síntoma más profundo que empieza a hacerse visible: la desconfianza. Ciudadanos que dudan antes de entregar ayuda, que prefieren hacerlo por vías alternas por temor a que no llegue a destino. Esa ruptura en el vínculo con las instituciones es, quizás, una de las consecuencias más graves y duraderas.
Venezuela volverá a levantarse, como siempre. Desde su gente, desde esa solidaridad que no necesita instrucciones. Pero persistir únicamente en la resistencia no puede ser el destino permanente de un país. También hace falta estructura, previsión, responsabilidad.
La tierra tembló y dejó grietas visibles. Pero las más preocupantes siguen siendo las que no se ven: las que atraviesan la confianza, la institucionalidad y la idea misma de futuro. Porque reconstruir no es solo reparar lo que cayó. Es decidir, de una vez por todas, que no podemos seguir sosteniéndonos sobre lo que siempre termina cediendo.
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