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miércoles, junio 17, 2026
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Notas desde Farriar…A él, al padre, a tu papá

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Hay en la música popular afrojibara antillana y caribeña canciones que identifican plenamente a una comunidad con su quehacer cotidiano, y personajes que contribuyen a moldear y tejer historias que enaltecen la espiritualidad. Tal es el caso del tema “A él”, interpretado por Oscar D’ León con su orquesta, y cuya vigencia en el tiempo es, al parecer, imbatible, que exalta la figura del padre, quien con la madre construye verso a verso, golpe a golpe, la templanza de los valores morales más profundos del núcleo familiar, para no sucumbir ante los obstáculos que producen los avatares de la vida.

Desde los primeros compases se siente en este montuno un concepto fresco y renovado de la melodía, y un traslape de los trombones con una dúctil dotación de viento metal compuesto por tres trombones que les dan un sonido gordo.

Las características de este modelo y sus dos variantes envuelven las acentuaciones melódicas y rítmicas del estribillo y las partes de los pasos de bailes. Además, el bajo es rasgado. Toda la música de este sonero es así: rica en denotaciones malevas y pobre en connotaciones realistas. Una música de toque contínuo para el bailador, que no desdibuja en ningún momento el montuno; por el contrario, lo asume con franqueza, y se faja con la guaracha, el son y el guaguancó con sobradas virtudes.

En este tema, el amor al padre como sombra y memoria se acentúa en el fragor del agradecimiento, que desciende de los horizontes cargados con el peso de las últimas luces del crepúsculo, como lo sostiene en las primeras estrofas: “Padre, tú que has dado tanto / que yo debo agradecerte / sentir amor a tu nombre / porque feliz quiero verte”.

Porque este canto, radicalmente salsoso, está sostenido con los contrafuertes de una convicción que, por terrenal, expresa más, mucho más, de lo que dicen las palabras…: “Hombre de tantos combates / para darme educación / y siento en el corazón / que las gracias puedo darte”.

La reiteración hacia la nostalgia se torna solemne con la sacralización que, en la memoria, dibuja la sonrisa del padre. No obstante, el padre sueña y vive. Más al pisar la tierra, se pierde desparramándose por ella como las olas generosas cuando mueren cantando su canción de espuma. Y más allá, sus ojos se desbordan por los caminos trillados del vivir cotidiano, y la sorpresa de inesperados desengaños le enseña a beber horizontes cada mañana.

Porque así estaba el padre con su vejez a cuesta y digna, brillando siempre, cantando siempre. Él era mar y como él liso, llano, transparente. Así reflexionaba mi viejo cuando se enfrentaba a la vejez, quizás con el presentimiento de que en esa batalla dejaría la vida. Vives y mueres en el valle del universo.

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