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martes, junio 9, 2026
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El silencio del dolor

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Nunca  antes su presencia y su  temerario  poder fueron tan evidentes y a la vez tan funestos, tornándose de huésped transitorio, controlable en otros tiempos, en hoy huésped dominante y arrebatador. Un gran  número  de quienes  lograban  controlarlo, los galenos, se marcharon a regañadientes; sus colegas, los que, aguantando la crisis, se quedaron, hacen hoy de tripas  corazón para mantenerlo  a raya; el dolor anda suelto  y a sus anchas, lo acompañan  la angustia y el sufrimiento.

Llegar  a su hábitat es relativamente fácil; lo difícil  es  salir ileso. Su arribo ha roto todo protocolo, derribando barricadas y talanqueras por su manifiesta debilidad hallada a  su paso. Una vez instalado, cuesta erradicarlo, siendo preciso ponerle un parado; hay que sacarlo del cuerpo antes de que  te coma por dentro,  pues  si lo guardas, este se convierte en insomnio,  ira, enfermedad  o silencio que quema. 

Ese dolor  no se va por decir “estoy bien”; se mueve cuando  se encuentra con  el bienestar real en tiempo  real. Hay que  dejar de lado aquellas expresiones  que infunden nostalgia como, “estoy cansado», es preferible, aunque su sonido no agrade, “estoy harto de sentir  miedo todo el día, de sentir rabia,  ese  dolor que se atraganta en el pecho, la mandíbula, el estómago». 

Afrontar el silencio del dolor requiere validar las emociones, romper el aislamiento y darle espacio seguro a  lo que sientes.  El dolor, a medida que se posiciona, tiende  a relegarnos  y aislarnos, por   lo que es preciso compartir aquello que sientes con seres queridos o un profesional para disminuir  así  la carga emocional que te acompaña y deprime.

Hoy, la salud del cuerpo, del  alma y del espíritu está de vacaciones, sin fecha de retorno; las dolencias y  los males, paradójicamente, se   han disparado y el dolor se ha radicalizado a todas sus anchas; sus propicias  condiciones  han sido el  caldo de cultivo ideal para su crecimiento. 
El dolor no para; sus tradicionales contrincantes, los medicamentos, los servicios médicos y sus asistentes, se  han vuelto inalcanzables por sus elevados costos, amén de su pronunciada escasez,  convirtiéndose estas condiciones en el combustible que, al avivar la llama del dolor, suma nuevos adeptos.

Hay un dolor lacerante que  anda haciendo de las suyas,   atiza  las brasas del sufrimiento, el descontento y el rechazo provocando situaciones  de riesgo. La partida no deseada también cargó con la salud, y en sus lomos  los galenos hoy dispersos  anhelan retornar a su familiar querido; el dolor  los pide a gritos  de vuelta a la patria… La migración forzada por desabastecimiento de medicamentos, el colapso de los servicios  públicos y  la violencia estructural ha generado cambios  físicos  y también  cambios  emocionales;  a esta  situación los expertos  la han dado   en llamar “duelo migratorio», condición que ha  afectado tanto a  los que se quedan  como   a los que se fueron.

Al hacer remembranzas entre  el ayer y el hoy,  hay que recordar que, a pesar  del trauma y el choque cultural, la diáspora se ha constituido en una fuerza de supervivencia y reinvención.
El venezolano  ha aprendido  en estos largos años   de migración  a reconstruir su identidad  sin olvidar  sus  raíces, transformando el  dolor en un motor de avance; la distancia en el dolor favorece el vínculo  como en su país, donde la esperanza de un reencuentro  y un futuro mejor le mantiene vivo en cada paso que da en tierra extranjera.

Un hermoso pasaje descrito en la hermosa canción  compuesta  por Chelique  Sarabia e interpretada por la inolvidable María Teresa Chacín nos pone en evidencia lo que somos; cuando enaltece y engrandece la patria amada al  decir “en este país, mi país”, nos deja mudos de emoción y nostalgia al exaltar el gentilicio venezolano, celebrando el esfuerzo de sus  ciudadanos, y  el escucharla  se torna un bálsamo para calmar y sobrellevar el dolor. 

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