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martes, junio 2, 2026
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Santificar el descanso

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Los apóstoles se reunieron con Jesús y le relataron lo que habían hecho después de una misión apostólica; se sienten algo cansados, entonces se fueron en una barca a un sitio tranquilo y apartado. En otra oportunidad es Jesús quien se siente verdaderamente cansado y se sentó junto a un pozo porque no puede dar un paso más. Él sintió fatiga, algo propio de nosotros.

El Evangelio relata que en el lago hubo una tempestad y Jesús se durmió en un extremo de la barca y no se despertó a pesar del fuerte oleaje, y que cercano se contempla al Señor cansado como nosotros. Lejos de quejarnos, hemos de aprender a descansar cerca de Dios y rezar: «¡Oh Dios, descanso en ti!», buscando en él nuestro apoyo, y él entiende bien nuestra fatiga y nos dice: ¡Venid a mí todos los que estéis cansados y agobiados y yo los aliviaré y nos aliviará de cuidar especialmente de la caridad amable con quien nos rodea, también si en esos momentos nos cuesta un poco más! Y el amor no tiene vacaciones.

Jesús usa  cualquier momento para remover las almas. Ahora bien: Mientras él descansa junto al pozo de Jacob, una mujer se acercó para llenar su cántaro con agua. Y el Señor aprovechará para mover a esta mujer samaritana a un cambio radical de vida.

Debemos aprender que ni el descanso debe pasar en vano y debemos ofrecer nuestro cansancio. Solo entonces aprenderemos que nuestra inactividad y sufrimiento pueden ser útiles al prójimo más que nuestro servicio efectivo. El cansancio nos enseña a ser humildes y a vivir mejor la caridad. A la vez que comprenderemos mejor la enseñanza de San Pablo de: «Llevar  los unos las cargas de los otros» y «entenderemos que cualquier ayuda a alguien que vemos agobiado,» es siempre una gran manifestación de la caridad.

La fatiga nos ayuda a crecer en la virtud de la fortaleza y la virtud de la reciedumbre, porque no siempre estamos en plenitud de fuerzas y de salud, y una parte no pequeña de estas virtudes consiste en acostumbrarnos a trabajar cansados o al menos sin encontrarnos tan bien físicamente como nos gustaría estar para desempeñar estas tareas, si lo hacemos por  el Señor. Él las bendice de una manera particular.

El cristiano piensa que la vida es un bien que no nos pertenece y que hay que cuidar. Viviremos los años que Dios quiera habiendo realizado la tarea que se nos ha encomendado; por lo tanto, viviremos con prudencia en la salud nuestra y en la de aquellos que de alguna forma dependan de nosotros.

Ojo: Entre estas normas, hay dos indispensables: dos oportunos descansos: distracción del ánimo y consolidar la salud del cuerpo y del espíritu. Respetar un horario para el sueño y hacer un paseo periódico. Una persona mínimamente ordenada encontrará un modo de vivir, un prudente descanso en medio de una actividad exigente y abnegada.

Aprendamos a descansar y evitaremos el agotamiento. El señor desea que cuidemos la salud y que sepamos recuperar las fuerzas; es necesario respetar el quinto mandamiento para servir mejor a Dios y a los demás. No olvidar que nuestro cuerpo es como el de un burro y que, si no se le da de comer oportunamente y descansar para recuperar sus fuerzas, no podrá trabajar como esperamos que lo haga. Nota: Un burro fue el trono de Dios en Jerusalén.

San Jerónimo nos enseñaba: ¡Cuando un burro va cansado! ¡Se apoya en todas las esquinas! El papa Juan Pablo II: Comentaba ese pasaje del Evangelio que narra la estancia y descanso de Jesús en casa de María y Marta y señalaba que el descanso significa dejar las actividades cotidianas y despegarse de las normales fatigas del día. «A veces convendrá: Ir al encuentro con la naturaleza, las montañas, el mar, el arbolado; y por supuesto siempre, es necesario que se llene con un contenido nuevo: Con Dios, abrir una vista interior del alma y abrir el oído con su palabra de verdad.

Convendría evitar estar pendiente de uno mismo, buscar la unión con el Señor, quien nunca se cansó de servir a los demás, jamás se aisló y se mostró inasequible. Nunca nos movamos con miras egoístas, ni para recuperar fuerzas. El Señor, junto al pozo de Sicar, nos dejó un formidable ejemplo y, aunque no había trato entre judíos y samaritanos, cuando hay amor: ni el agotamiento es excusa para no hacer apostolado. 

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