La Sagrada Escritura nos indica que, si deseamos vivir en paz, necesitamos fundar nuestra casa y vida en una roca muy fuerte que nos garantice la estabilidad y firmeza suficiente a la hora de un fuerte movimiento en nuestras vidas.
Ahora bien, la misma Sagrada Escritura nos indica que ese baluarte o fortaleza que necesitamos es nuestro Señor Jesucristo; él es nuestra fortaleza y seguridad en medio de tanta debilidad existente a nuestro alrededor y también en nosotros mismos. Él es la fortaleza en la cual podemos confiar y afirmarnos.
El profeta Jeremías nos dice: ¡Serás como un árbol plantado junto al agua que, junto a la corriente, echará raíces que, cuando llegue el estío, no lo sentirá, su hoja estará verde y, en año de sequía, no dejará de dar frutos! Por el contrario, es maldito quien, apartando su corazón del Señor, confía en el hombre y en la carne busca su fuerza. ¡Su vida será estéril como un cardo en la estepa!, ¡Señor Jesús, sé la roca de mi refugio!
La humildad personal y la confianza en Dios van siempre unidas. Solo el hombre que es humilde busca su dicha y fortaleza en el Señor, y los que son soberbios buscan alabanzas con avidez y sobreestimar a sí mismos y se resienten ante cualquier cosa que pueda rebajarles la medida de su propia estimación.
Es la falta de firmeza interior que no tiene más punto de apoyo, esperanza y felicidad que ellos mismos. Por eso es que son tan sensibles a la menor crítica, insistiendo en salirse con la suya, buscando ser muy conocidos y ansiosos de consideraciones.
Se afirman en sí mismos como un náufrago se afirma a una tabla débil que no los puede sostener. Siempre se encuentran inseguros, insatisfechos y sin paz. Un hombre así, sin humildad, sin confiar en su padre Dios que le tiende los brazos continuamente, y le habitará continuamente en la aridez del desierto, tierra salobre e inhóspita.
El cristiano tiene puesta en Dios su esperanza y, por conocerse, no fía mucho de lo propio. La humildad no consiste tanto en el propio desprecio, porque Dios no nos desprecia; todos somos obras salidas de sus manos, sino en el olvido de sí y la preocupación sincera por los demás; es sencillez interior la que nos lleva a sentirnos hijos de Dios.
Cuando imaginamos que todo se hunde ante nuestros ojos, no se hunde nada porque tú eres, Señor, mi fortaleza. (Sal. 42, 2) Si Dios habita en nuestra alma, todo lo demás, por importante que parezca, es accidental, transitorio; en cambio, nosotros, en Dios, somos lo permanente.
Los mayores obstáculos que el alma encuentra para seguir a Cristo y ayudar a otros tienen su origen en ese grande amor a sí mismo que sobrevalora las propias fuerzas y también el desánimo y desaliento al ver nuestros defectos.
La soberbia se muestra como un monólogo interior, donde los propios intereses se agrandan o desorbitan y el yo sale siempre enaltecido. En la conversación, el orgullo conduce al hombre a «hablar de sí mismo» y a buscar la estimación a toda costa.
La forma más vil de resaltar la propia valía es aquella en la que se busca desacreditar a otros. Quien está lleno de orgullo, parece no necesitar mucho de Dios en sus trabajos, incluso en su misma lucha ascética por mejorar exageradamente sus propias cualidades personales, cerrando sus ojos para no ver sus defectos.
San Bernardo señala diferentes manifestaciones de la soberbia: Curiosidad para querer saberlo todo, frivolidad de espíritu por falta de oración, alegría necia y fuera de lugar que ridiculiza, jactancia o afán de singularidad, arrogancia en no reconocer sus propios fallos y disimular sus faltas en la confesión.
Examinemos hoy en la oración: ¿Valoramos mucho la virtud de la humildad?, ¿La pedimos a Dios con frecuencia? El Salmista nos dice: ¡Tú eres mi Dios, te buscó ansioso, en post de tí mi carne desfallece, tiene mi alma sed de ti, como tierra seca, sedienta, sin agua!
El olvido de sí es una condición indispensable para la santidad: Solo entonces podemos mirar a Dios como nuestro bien absoluto, junto a la oración, que es el primer medio que debemos poner siempre.
Hemos de ejercitarnos en esta virtud de la humildad y esto en nuestros quehaceres, en la vida familiar, cuando estemos solos. Procuremos no estar excesivamente pendientes de las cosas personales, hablar poco de nosotros mismos; evitemos la curiosidad, ese afán de conocerlo todo. Amigos, procuremos no insistir sobre la propia opinión a no ser que la verdad o la injusticia lo requieran, y entonces empleemos la moderación, pero también la firmeza.
Aceptemos la corrección aunque nos parezca injusta, cedamos en ocasiones a la voluntad de otros cuando no esté implicado el deber o la caridad y procuremos evitar siempre la ostentación de cualidades, bienes materiales y conocimientos; aceptemos ser menospreciados, olvidados, no consultados en aquellas materias en las que nos consideramos con más ciencia o con más experiencia. No busquemos ser estimados y admirados rectificando la intención, rectificando las alabanzas y elogios.
Sí debemos buscar mayor prestigio profesional, pero, por Dios, no por orgullo ni por sobresalir. Aprenderemos a ser humildes frecuentando el trato con Jesús y Santa María, y meditar la pasión nos llevará a contemplar la figura de Cristo humillado y maltratado por nosotros, encendiendo en nosotros el deseo de imitarle.
El ejemplo de Santa María declarándose esclava del Señor nos moverá a vivir la virtud de la humildad, y María la pedirá para ti a ese Dios que ensalza a los humildes y reduce a la nada a los soberbios.
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