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jueves, abril 23, 2026
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Ismael Montoya…La lepra del pecado

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La curación de un leproso debió conmover mucho a la gente, haciendo muy frecuente la predicación en la catequesis de sus apóstoles. San Lucas precisa que el milagro se realizó en una ciudad, donde esta enfermedad se encontraba en estado muy avanzado.

Se producían deformaciones en la cara, en las manos, en los pies; en suma, todo acompañado de grandes padecimientos, y los contaminados con esta enfermedad se les declaraba impuros con la cabeza descubierta y vestuario desgarrado, y se interpretaba esta enfermedad como un castigo de Dios. Pero Cristo es su única esperanza.

La escena fue increíble, se postró el leproso ante Jesús y le dijo: ¡Señor, si quieres, puedes limpiarme! Quizás él había preparado un discurso más largo, pero al final quedó reducido a esta jaculatoria llena de sencillez y delicadeza: «Si quieres, puedes». 

Jesús se compadeció de él.  Los tres evangelistas dicen que: ¡El Señor extendió su mano y lo tocó! Hasta ahora todos los hombres huían de él con miedo; Cristo pudo haberlo curado a la distancia, pero no se separó de él, sino que llegó a tocar su lepra. No es difícil la ternura de Cristo y la gratitud del enfermo cuando vio el gesto del Señor y oyó sus palabras: ¡Quiero, queda limpio!

Ahora bien, el Señor siempre desea sanarnos de nuestras flaquezas, pecados; no necesitamos esperar para que él pase cerca de nuestro pueblo; al mismo Jesús de Nazaret que curó al leproso lo podemos encontrar en el sagrario de la iglesia más cercana, en la intimidad del alma en gracia en el sacramento de la penitencia. Es médico y cura nuestro egoísmo cuando dejamos que su gracia penetre hasta el fondo de nuestra alma.

Con un médico necesitamos una sinceridad absoluta y explicar completamente la verdad y decir: ¡Señor, si quieres», y Jesús siempre quiere, ¡y puedes curarme! Desde aquel momento sería su discípulo incondicional. ¿Nos acercamos con estas disposiciones de fe y de confianza a la confesión? 

Ahora ocurrió que los apóstoles vieron en la lepra una imagen del pecado, por su fealdad y repugnancia; aun el pecado venial es incomparablemente peor que la lepra; si tuviésemos suficiente fe y viéramos un alma en pecado mortal, nos moriríamos de terror. Es una realidad y Jesús es el único que puede curarnos y él, que es la santidad, no se presenta lleno de ira, sino con delicadeza y respeto; vino a cumplir y no a destruir.

Al sanar la lepra, el Señor realiza grandes «signos» que  sirven para manifestar la potencia de Dios ante las enfermedades del alma o pecado: ¡Dichoso el que ha sido absuelto de su culpa…!, (Salmo 31, 1). Jesús nos dice que ha venido para eso: para perdonar, redimir y liberarnos de esa lepra del alma, del pecado.

La confesión es expresión de la misericordia de Dios que los sacerdotes ejercitan en nombre de Cristo. Juan Pablo II decía a los sacerdotes que nuestra personalidad es como si desapareciera delante de la suya, ya que él es quien actúa mediante nosotros. Es Jesús quien pronuncia: “¡Tus pecados te son perdonados!”, frente a nuestra petición: ¡Si quieres, puedes curarme!

Después de ocurrido este milagro, el Señor le advirtió: ¡Que no lo comentara con nadie! Pero este hombre no se pudo contener, con tanta dicha y sintió la necesidad de ¡Participar a todos de su buena suerte! Esta ha de ser nuestra actitud ante la confesión, porque con ella también quedamos libres de nuestras enfermedades, no solo se limpia el pecado, el alma adquiere una gracia nueva: adquiere una juventud nueva, una renovación de la vida de Cristo en nosotros, quedamos unidos al Señor de una manera particular y diferente.

No nos debe bastar haber encontrado al médico, debemos hacer llegar esta noticia a muchos que no saben que están enfermos. Llevar a muchos a la confesión es uno de los grandes bienes que Cristo nos hace en estos momentos en que multitudes se han alejado de aquello que más importa: el perdón de sus pecados.

Para hacer este apostolado tendremos que hacer una catequesis elemental, aconsejándoles libros de fácil lectura y explicándoles los puntos fundamentales de la fe y de la moral. Nuestra Madre Santa María nos concederá el gozo y la urgencia de comunicar la misericordia que nuestro Señor Jesús nos ha dejado en este sacramento.  

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