En política, los conversos súbitos no anuncian revelaciones, sino ajustes de cuentas. La fe, en estos casos, suele cotizarse en moneda corriente y con tarifa fluctuante.
El más reciente episodio lo encarna el influencer argentino “Michelo”, quien tras ejercer con entusiasmo el oficio de aplauso, decidió recalificar a la presidente Delcy Rodríguez como “traidora”. La respuesta no tardó: Indira Urbaneja lo señaló a su vez como traidor al proceso, en un intercambio donde también quedó salpicado Mario Silva, figura que durante años hizo del exceso verbal una forma de militancia.
La escena, más que escandalosa, resulta didáctica, casi pedagógica en su crudeza. Porque lo que allí se ventila no es una diferencia ideológica, sino algo más rudimentario: la fragilidad de los discursos sostenidos por operadores sin anclaje ético. Cuando la lealtad depende del incentivo, deja de ser lealtad y pasa a ser servicio. Y como todo servicio mal pagado —o peor aún, suspendido—, termina en reclamo público, preferiblemente ruidoso y oportunamente viral.
Hay en estos giros una coreografía conocida. Quien ayer defendía sin matices, hoy acusa sin pruebas; quien antes callaba con disciplina, ahora denuncia con estridencia. No media entre ambos extremos un proceso de reflexión, sino una mutación más pragmática: el desplazamiento del interés. Cambia el beneficio, cambia el discurso. Lo demás es decoración retórica.
En Yaracuy, esta dinámica no es ajena. También hemos visto a supuestos comunicadores mutar con admirable velocidad: de custodios fervorosos del relato oficial a críticos implacables en cuestión de semanas o días. El detonante rara vez ha sido un despertar de conciencia; más bien responde a la pérdida de privilegios, contratos o cercanías. La indignación, en estos casos, aparece con sospechosa puntualidad justo cuando deja de haber recompensa y conviene reubicarse.
Confiar en este tipo de voceros es, por definición, una inversión defectuosa. Porque quien defiende sin convicción, atacará sin límites. Y lo hará con un valor añadido: conoce los códigos internos, los silencios convenientes y las fisuras del discurso que antes ayudó a sostener. No se trata de traición en términos épicos, sino de algo más prosaico: la lógica del mejor postor aplicada al relato político, con resultados previsibles.
El problema se agrava en el ecosistema digital, donde la influencia se mide en impacto inmediato y no en consistencia. Allí, la palabra no construye: circula, se recicla y se desgasta. Y en esa circulación, el escándalo suele rendir más que la coherencia. Pero influir —conviene recordarlo— no es una actividad inocente. Y mucho menos lo es informar. Ambas implican una responsabilidad que no debería diluirse entre métricas, algoritmos y conveniencias de temporada.
La opinión pública, por su parte, observa el espectáculo con una mezcla de escepticismo y entretenimiento. No se detiene a ponderar la veracidad del nuevo discurso ni la del anterior: registra, más bien, la voltereta. Y en ese registro, lo que se consolida no es la denuncia, sino la sospecha permanente. Cada giro resta credibilidad, no solo a quien lo protagoniza, sino al ecosistema que lo permitió y lo amplificó sin mayor filtro ni memoria.
Al final, lo que queda es el ruido. Un ruido denso, persistente, donde la verdad pierde nitidez y la coherencia se vuelve una rareza incómoda. Porque cuando la comunicación se alquila y la lealtad se negocia, el debate público deja de ser un espacio de ideas para convertirse en un mercado de posiciones, donde casi todo tiene precio y muy poco conserva valor.
Quizás por eso conviene insistir en una obviedad que, a fuerza de ignorarse, empieza a parecer subversiva: sin ética comunicacional, sin respeto por la verdad y sin una mínima vocación de coherencia, no hay influencia que merezca ese nombre. Todo lo demás es apenas eso: ruido bien amplificado, espectáculo rentable y credibilidad en liquidación.
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