Cómo castigar a un soldado, es el título dado al telegrama escrito y enviado el martes 15 de febrero de 1910 por Trino Baptista Martínez (1870–1944), abogado, nombrado en octubre de 1909 ministro de Instrucción Pública por el entonces presidente del país, el general Juan Vicente Gómez Chacón, alias “El bagre”, en el intento de cubrir su gobierno dictatorial con un manto de intelectualidad y rectitud, así como también alejar su imagen del creciente autoritarismo que lo hizo un referente en la materia.
Su compromiso con el pensamiento democrático lo llevó pronto a unirse a las corrientes de conspiración y, en consecuencia, a un largo exilio entre Puerto Rico y República Dominicana durante más de veinte años. A su regreso al país, llegó a ser diputado representante del estado Trujillo y presidente del Congreso de la República.
En ese telegrama, el jurista instruye a P. Parra, probablemente un jefe civil o autoridad militar de la ciudad de Carache o tal vez Boconó; tal vez conocido en lo personal de Baptista, a quien, es evidente, le guardaba respeto y estima en lo legal e intelectual, tanto como para pedir consejo de cómo se debe sancionar al soldado que robó una gallina, un asunto de naturaleza muy particular y estrictamente institucional.
En respuesta a la consulta, el jurista da señas de que se castigue al soldado, no dándole de palos, sino poniéndolo a cargar arena del río y volverla a echar en él, hasta que se convenza de que no sirve para la vida militar. Y enfatiza que es injusto castigar al subordinado si se deja impune al jefe que, con su conducta, le da el mal ejemplo.
Con tan cortas palabras, en un telegrama, el remitente da respuesta a un dilema de comportamiento castrense y conducta política, así como también deja una lección de integridad moral y de ética que involucra la cadena de mando militar y la justicia civil.
Con tantos puntos en blanco; pues nada o poco se habla del contexto en donde una persona, de quien poco que menos nada se conoce, solicita instrucciones al ministro de Instrucción Pública del país y no a un jefe militar sobre como castigar al soldado que ha cometido abigeato menor ni sus motivaciones, hecho del que tampoco se conocen detalles, los datos del propietario o las circunstancias en que fue descubierto el delito, aspectos todos muy importantes a la hora de emitir un acertado juicio sobre el caso; la historia termina transformándose, si acaso es cierto y ocurrió, en una anécdota que ha sobrevivido a través de la tradición oral trujillana que es citada con frecuencia en crónicas de la región.
Hoy día, esta anécdota en la vida del doctor Batista Martínez es mostrada como símbolo de la integridad moral de su protagonista, un ejemplo a seguir por quienes conforman la red administrativa civil y militar de Venezuela, y para los juristas, una natural muestra de la adaptación de la pena al fin social que persigue.
Como dato curioso, en una de las paredes de la recepción de un hotel de la capital yaracuyana se encuentra un facsímil de esta comunicación tan interesante y educativa.
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