Hace algunos siglos, un grupo de sabios y estrategas acordó cambiar el destino de la guerra sobre el tablero. Decidieron otorgarle a la dama el poder absoluto. Combinaron en ella la fuerza directa de la torre y la astucia diagonal del alfil, transformándola en una pieza capaz de cruzar los reinos de madera de un extremo a otro, esquivando bloqueos y desafiando cualquier peligro.
Sin embargo, un poder tan inmenso trajo consigo una terrible vulnerabilidad: perder a la dama debilita drásticamente el juego. Por eso, desde el inicio de los tiempos, los peones se ofrecen como escudos, los alfiles trazan líneas invisibles, las torres se levantan en murallas y los caballos saltan al peligro; todas las piezas deben combinar sus fuerzas para atacar y defender su posición.
Su vigilia eterna comienza en la primera línea de batalla, en la misteriosa columna d, donde las soberanas se miran de frente, unidas por una simetría y separadas por el color de la tierra que pisan. La dama blanca en los dominios de la luz de d1; la dama negra en la densa penumbra de d8.
Una regla inquebrantable que el destino siempre respeta: la dama reina en su color. Es el pacto antiguo que sostiene el juego y la estrategia. Peón 4 dama-peón d5, apertura de los peones de las damas; el juego será estratégico, dando protagonismo a la capacidad de maniobra; el ajedrez posicional es esencial.

Ambos peones van en busca de la coronación. A pesar de que las blancas llegan primero, no es sencillo ganar el final. Veamos la continuación: 1 h8=D Ra2 2 Rf4 Rb1 3 Db8+ Ra1 4 Re4 a2 5 Dh2 Rb1 6 Rd3 a1. Si corona dama, las blancas dan mate en c2 y si corona caballo, Rc3, hay mate en b2.

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