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jueves, agosto 13, 2026
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William López…Reflexiones en invierno

Y “…llegó el invierno fúnebre y sombrío… “. Así cantó un poeta la llegada de la lluvia. Otilio Galíndez, nuestro noble paisano, también le cantó así:

“… Vaya, paisano, dígale que canto solo
que ya rompí con el silencio del verano
ahora que el invierno se prende de las hojas
ahora que amanecen charquitos en el patio
ahora que los caños rebosan de agua clara
“Mira el conuco verde, oí los turpiales”.

Oscar Castro, poeta de Chile, entre lluvia y nostalgia, ante la tumba de su noble madre, con inmensa tristeza decía: “… Y la lluvia cayendo sobre un mundo vacío y tú mojada, sola, sin mí, bajo la tierra…”.

Andrés Eloy la sentía como parte de aquel mundo bueno de su niñez cuando le dice a su madre:
“…La vereda que corta por los campos frutales,/ pintada de hojas secas, siempre recién llovidas,/ con pájaros del trópico, muchachas de la aldea,/hombres que dicen, buenos días, niño / y el queso que me guardas siempre de merienda”.

La lluvia es esencial para nuestra vida, para nuestra existencia. Nuestros hombres del campo celebran de distintas formas la llegada de la lluvia. Recuerdo una tarde esplendorosa en Guarabao, ese poético y virtuoso lugar que nuestro buen hombre del campo creó y desarrolló al sur de Guama.

Estábamos en pleno verano; el sol se hacía sentir con todos sus rigores; el campestre poblador de ese lugar reflejaba en su rostro lo duro de la estación. De pronto, una brisa fuerte. Las hojas de los árboles cayeron, cesó el calor.

Nubes plomizas cubrieron el cielo de aquella tarde y, de pronto, la brisa fue húmeda, cayeron gotas y más gotas. Cada vez más fuertes. Todo dio paso a un gran aguacero y de la tierra comenzó a brotar ese olor a tierra mojada. Ese olor a esperanza. A una vida nueva.
De una casa vecina a la que me encontraba, salió un señor mayor, alzando los brazos al cielo y gritaba: “¡Gracias, Señor! Tú nunca nos olvidas”.

La salida de este hombre, su emoción, sus gritos de optimismo, fue una mecha que encendió momentos de gran alegría entre los habitantes de Guarabao. De todas las casas salía gente. Todos alegres, todos miraban al cielo, todos daban gracias a Dios. Era un pueblo en fiesta. Todos estaban optimistas. Era un renacer de la esperanza.

No había vivido o presenciado una manifestación de alegría tan popular, tan espontánea como aquella que viví esa tarde bonita. Era el pueblo bueno, el pueblo que canta, el pueblo que agradece a Dios su bondad infinita. Guarabao es un conglomerado que no pierde la esperanza, la mantiene, la busca y sueña con ella.

Recordar aquella tarde, aquella gente feliz exteriorizando su emoción, tan sanamente, tan unidos, me lleva a una reflexión: en este momento que vive el país, que de nuevo se llena de esperanzas y surge la necesidad de tener qué decir o, mejor dicho, gritar a la clase dirigente que no pueden seguir los errores, ni la mentira, ni el irrespeto de violar la palabra empeñada.

Ni la burla a la cara del pueblo que exige el renacer de sus derechos. Ya basta de los vivos de turno. Llegó la hora y la oportunidad para que la gente decente dirija la patria y lo pasado, ese triste pasado ruinoso y vergonzoso, no sea más que un recuerdo y una triste experiencia que no debemos volver a vivir. Como dijo alguien: «No más silencio. Hemos guardado un silencio tan prolongado, bastante parecido a la estupidez…”. Pido a ese Buen Dios de Guarabao, tan parecido al mío, que ¡así sea!

Leer también: Relatos de la vergüenza

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