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viernes, julio 24, 2026
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Cuarto Oscuro…Teatro y sus partes

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* Guion: En Venezuela las mesas de diálogo y negociación casi se hacen costumbre; la novedad nunca ha sido la idea, sino su ejecución. La crisis política e institucional no solo es grave, sino anterior al madurismo, cuando el poder monolítico de la presidencia de Chávez convirtió la división republicana en un chiste rojo, rojito. El problema, entonces, no es la ausencia de intentos, sino su inspiración al simulacro: ejercicios de intención, acuerdos huecos y escenificaciones donde el oficialismo —siempre administrador del poder— rara vez mostró disposición real a ceder. Así, la herramienta más elemental de la política, el diálogo, terminó desacreditada. Porque una negociación en la que una parte no honra compromisos es, en el mejor de los casos, una puesta en escena. Esta vez; sin embargo, el libreto del 1 de agosto promete variaciones: el acompañante y garante, Estados Unidos, no parece interesado en disimular su disposición a usar cualquier recurso para alcanzar objetivos. Véase el 3 de enero de 2026.

* Actores: Dinorah Figuera, electa diputada en 2015, encarna para Estados Unidos la última referencia válida del poder legislativo opositor. Lo llamo “poder opositor” porque en Venezuela hemos perfeccionado una categoría peculiar: la de los actores etéreos. Entre las maniobras del oficialismo contra la Asamblea de 2015 y la cadena de errores y conductas poco defendibles de quienes la dirigieron, apelar a una representatividad extemporánea luce más como necesidad lógica que como virtud política. María Corina Machado, por su parte, no ha mostrado la consistencia de colocar el diálogo como herramienta central de reconstrucción; su retórica radical ha abierto una brecha incómoda entre discurso y realidad, brecha que ha intentado corregir sin mayor éxito. Si a esto se suma el visible distanciamiento que desde el 3 de enero de 2026 marcó Donald Trump respecto a su liderazgo, se confirma una regla elemental: en política los vacíos no existen. Y alguien, inevitablemente, los ocupa.

* Tramoyistas: Que Henry Ramos Allup y Henrique Capriles Radonsky insistan en la participación —directa o simbólica— de MCM no parece un gesto de grandeza ni un desliz ingenuo. Se asemeja más a esas ferias donde la ruleta siempre favorece a la casa, mientras los incautos creen competir en igualdad de condiciones. La postura de ambos, con Capriles adelantando el fracaso de una negociación aún indefinida por la ausencia de una figura casi providencial, revela más cálculo torpe que convicción. Olvidan, curiosamente, que en enero MCM rechazó el diálogo directo con Delcy Rodríguez. De enero a agosto, la oposición ha nadado con entusiasmo para arribar, una vez más, a la orilla de sus errores infinitos. Cabe una pregunta incómoda: de haber aceptado entonces, ¿estaríamos hoy en otro escenario político? Eso, ni por error lo dicen.

* Público: La población venezolana exhibe un interés mínimo —cuando no nulo— en los nombres que ocuparán la mesa de negociación. De hecho, tampoco entusiasma la negociación misma si reproduce el viejo ritual de whisky, firmas y promesas vacías. Hay fatiga acumulada frente a esa ceremonia del incumplimiento, una suerte de déjà vu político donde cambian los voceros, pero no los resultados. El ciudadano promedio, curtido por años de expectativas frustradas, ya no consume cuentos sino resultados verificables. Sin embargo, un cambio real en las condiciones podría abrir una oportunidad distinta, siempre que esté acompañado de mecanismos claros de cumplimiento y consecuencias tangibles ante el incumplimiento. Conviene, por ahora, creer en los hechos y no en las intenciones, en los plazos más que en los discursos, y en las garantías más que en las fotografías. Razones para un prudente optimismo existen, pero también suficientes antecedentes para ejercer escepticismo informado. Ojalá, por una vez, la realidad supere al libreto y el aplauso no sea un acto de esperanza, sino una reacción ante una nueva verdad.

Leer también: Rumbo a la normalidad

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