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viernes, julio 24, 2026
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Ismael Montoya…El triunfo sobre la muerte

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San Pablo nos enseñó que cuando nuestro cuerpo resucitado y glorioso se revista de inmortalidad. La muerte estará definitivamente vencida. Entonces le podremos preguntar: ¿Muerte, dónde está tu victoria?, ¿dónde está tu aguijón? Pues el aguijón de la muerte es el pecado. 

El pecado fue quien introdujo la muerte en este mundo, cuando Dios creó al hombre junto con los dones sobrenaturales de su gracia. Y entre ellos figuraba la inmortalidad de nuestro cuerpo que nuestros padres debían transmitir con su vida a su descendencia. El pecado de origen llevó consigo la pérdida de la amistad con Dios y también este don de la inmortalidad.

La muerte causa y paga el pecado, y entró en nuestro mundo que había sido creado para la vida. Pero la revelación nos enseña que la muerte no fue creada por Dios ni goza con ella. Entonces la muerte llegó para todos: Buenos y malos, justos e impíos. Ambos con la misma suerte.

Del mismo modo se reducen a cenizas: hombres y animales. Todo lo material se acabará y cada cosa a su hora. Con la muerte, el hombre pierde todo lo que tuvo en su vida y, como el rico de la parábola, el Señor le dirá: insensato, ¿de quién será cuanto has acumulado? Porque cada uno se llevará solo los méritos de sus buenas obras y el débito de sus pecados.

Con la muerte termina la posibilidad de merecer la vida eterna y el Señor nos advierte: Luego viene la noche, cuando nadie puede trabajar y la voluntad de Dios se fija en el bien o en el mal para siempre; quedarán en la amistad o en el rechazo de su misericordia por toda la eternidad.

La meditación sobre nuestro final en este mundo nos mueve a pensar ante la tibieza o el desgano de las cosas de Dios y el apegamiento de las cosas de aquí abajo, que hemos de dejar, y nos ayuda a santificar el trabajo y a comprender que la vida es un tiempo corto para merecer.

Hoy debemos pensar que somos barro que perece, pero que también hemos sido creados para la eternidad, que el alma no muere jamás y que nuestros cuerpos resucitarán gloriosamente un día para unirse a nuestra alma de nuevo, y esto nos llena de alegría y de paz y nos mueve a vivir como hijos de Dios en este mundo.

Con la resurrección de Cristo, la muerte ha sido vencida y ya no tiene esclavizado al hombre y se han dado vuelta los papeles, ahora el hombre es quien tiene controlada a la muerte, y esta soberanía la alcanzamos en la medida en que estemos unidos a aquel que tiene las llaves de la muerte.

La auténtica muerte la constituye el pecado, que es la tremenda separación -el alma separada de Dios-, junto a la cual la otra separación, la del cuerpo del alma es menos importante y provisional.
El Señor dice: «¡Quien cree en mí, aunque muera, vivirá, y todo el que vive y cree en mí no morirá jamás!». En Cristo la muerte ha perdido su poder, le ha sido arrebatado su aguijón. La muerte ha sido derrotada. Esta verdad de nuestra fe puede ser paradójica cuando a nuestros lados vemos todavía hombres afligidos por la certeza de la muerte y confundidos por el tormento del dolor.

Pero por la fe sabemos que serán vencedores, que la victoria se ha logrado ya por la muerte y resurrección de Jesucristo. El materialismo, a través de diversos planteamientos en los tiempos, al negar la subsistencia del alma, trata de calmar el ansia de eternidad que Dios ha puesto en el corazón humano, aquietando las conciencias con el consuelo de pervivir a través de las obras que hayan dejado y en el recuerdo y afecto de los que aún viven en el mundo, pero el Señor nos enseña: ¡No temáis a los que matan el cuerpo, y no pueden matar el alma: Temed más bien al que puede arrojar alma y cuerpo al infierno!

Para todos nosotros, es un trance difícil, pero después de la redención obrada por Cristo, ese momento es muy distinto y pasa a ser: ¡El tránsito de este mundo al Padre!– Una nueva vida llena de eterna felicidad. Si somos fieles a Cristo, podremos decir con el salmista: “¡Aunque haya que pasar por un valle tenebroso, no temo mal alguno, porque tú estás conmigo!”.

San Agustín nos enseña: “Nuestra herencia es la muerte de Cristo, por ella podemos alcanzar la vida y la amistad con Jesucristo, y el amor a Nuestra Madre María nos permitirá ver con serenidad nuestro encuentro definitivo con Dios.

Leer también: Tratar bien a todos

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