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viernes, junio 26, 2026
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William López…Un día muy particular

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Me encuentro en Guama. Es miércoles 24 de junio de 2026. Venezuela festeja un nuevo aniversario de la Batalla de Carabobo. Es un día no laborable. El país está tranquilo. En las plazas de nuestros pueblos las autoridades realizan actos con motivos patrióticos. Los oradores designados, en sus discursos, hacen referencia a la heroica batalla, agregando matices de política doméstica.

A las 11:00 de la mañana, un amigo se acerca, saluda y pregunta si estoy listo. Respondo positivamente. Sin más preámbulo, subo al vehículo y partimos rumbo a la montaña que custodia el norte de Guama, mi pueblo. Cuarenta y cinco minutos después, habíamos ascendido a mil doscientos cuarenta metros sobre el nivel del mar.

Mi amigo me deja en un pequeño refugio de invierno ubicado a esa altura. Se despide. Ingreso al refugio, es decir, a una “casita blanca”, tal vez parecida a la nombrada en una famosa obra de la literatura venezolana. Ya en su interior, hago realidad un sueño recurrente: bañarme con agua de manantial.

Después del noble baño, reposo y me duermo hasta el final de la tarde. Despierto y, tomándome un café caliente, me quedo observando la imponente vista del Valle de las Damas. Dios creó ese valle con una alta dosis de amor. Amor por la humanidad.

Me asomo a una ventana de la casita. Veo y escucho muchos pájaros desesperados. No eran trinos, no eran cantos. Eso es extraño. Ese ruido extraño de los pájaros. De pronto, estoy vibrando con la casa. Los pájaros callan, me encuentro en plena selva. Es un temblor. La casa donde me encuentro comienza a vibrar. ¡Es un temblor! Su duración es de un minuto. Cesa el minuto y el temor. Otro silencio. De pronto, un ruido extraño invade el ambiente. Es como un gruñido. Es persistente. No puede ser: ¡Dios, son monos!

Aquello comienza como pequeños gruñidos y, como ola expansiva, abarca el ambiente. No se dejan ver. Pero se pueden escuchar. Tengo años viniendo a este lugar. Es encantador. Su paisaje es único. Su clima es de ensueño, muy agradable. Usted podría decir que está en Los Andes. Pero ese ruido producido por los monos no tiene nada de agradable. Es preocupante. No cesa. Hace temer que pudieran atacar. Es un sonido violento, interminable y atormentador.

En fin, hoy me tocó la experiencia de vivir: un acto patriótico, un viaje en jeep a una montaña, la advertencia de las aves, un largo temblor de tierra y el particular y amenazante ruido producido por unos monos ocultos en una tupida selva. Fue un día variado y muy particular. Sigo enamorado de la naturaleza yaracuyana.

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