Los pseudos analistas de laboratorios venezolanos intentan vender e interpretar la realidad del país como verdad única y última. En la sociedad venezolana en su totalidad, un modo de existencia que había formado un modo peculiar de ser, de sentir, de vivir y de pensar, casi sucumbió a la religión de la opulencia.
Los efectos que en el orden espiritual ha producido esta ideología del petróleo han sido verdaderamente devastadores; no es ninguna exageración decir que el impacto de esta agresión, que es simultáneamente económica, ideológica y cultural, política y psicológica, ha trastornado seriamente la idiosincrasia del venezolano. Más grave aún, las resistencias interiores han sido lentamente minadas por este gran corruptor de espíritus. Nos referimos, por supuesto, al petróleo.
El petróleo penetró todas las células del organismo social venezolano y comenzó a gobernar su ritmo vital; el Estado se tornó en árbitro supremo de la economía, por su calidad de propietario del sub suelo; a la élite dirigente la dotó de facultades de acumular, concentrar y centralizar el capital, prescindiendo de la tradicional acumulación capitalista; a los partidos gobernantes los enseñó a abandonar ideas y teorías y a apelar en su lugar al chantaje, la corrupción, el tráfico de influencia, los créditos sin fines reproductivos, los subsidio al gran capital y la complacencia frente a las transnacionales, una buena parte de la oposición se trocó en oposición permitida, sitios en el parlamento, pasaportes diplomáticos y jerarquías universitarias, que endulzaron las agrias aristas del pasado.
Hizo del campesino un marginal y del artesano un comerciante al por menor. Buena parte de la intelectualidad se ensombreció medrando en los gabinetes de la politiquería. Floreció el “camburismo” y agonizó la agricultura; los cuerpos policiales robustecieron su impunidad al amparo del soborno, el chantaje y la coacción, protegidos por la mutua complicidad de los partidos gobernantes.
El chavismo en estos 27 años ha participado rotundamente en esta ideología–adicción, cumpliendo lealmente su papel: vale decir, formando parte de este perverso chantaje, entregando la soberanía con su misma ideología, y haciendo el papel de celestinos y celestinas.
En 1822, el Libertador decretó “la pena de muerte sin necesitad de más proceso que los informes de los tribunales respectivos” para aquellos empleados “de la Hacienda Nacional a quienes se justificare sumariamente fraude o malversación de los intereses públicos”.
Más de un siglo después ha corrido demasiado dinero bajo nuestro suelo, y hoy tenemos un país donde lo mas democratizado es la corrupción, hasta el punto de constatar que, para la gente común, “la alternabilidad democrática” suena a “ahora me toca a mí”.
Esa especie de mentalidad de minero que ha conformado la idiosincrasia de las élites venezolana, se plasma concretamente en la aspiración a una posición de poder – no importa cual sea – como fórmula de enriquecimiento rápido.
A fuerza de expandirse en extensión y profundidad en la sociedad venezolana, la corrupción ha transformado los principios en valor de cambio, a la justicia en un instrumento dócil del dinero, y hasta ha obrado el milagro de convertir a los honestos en anormales, tanto más anormales cuanto más honestos, porque la inversión ha sido de tal magnitud que una conducta ética se convierte en obstáculo para el normal desenvolvimiento de la corrupción.
La cuestión ha llegado al límite de que la gente se asombra más por el castigo que por la exoneración de un culpable. En este contexto, la ética es un valor subversivo, porque rápidamente toma el giro de una acusación contra el andamiaje sobre el cual se apoya el sistema: estremecer unos de sus puntos de apoyo podría derrumbar la totalidad de la estructura. En este sentido, la corrupción no es, como se cree, un vicio o un defecto del sistema actual, sino un sólido fundamento que garantiza su supervivencia.
En esta hora crítica, de miseria espiritual donde la fe y la esperanza de repliegan en la indiferencia y la quietud, Venezuela está urgida de un sacudimiento físico y mental profundo que temple las fibras espirituales, morales, patrióticas, humana de su gente para detener con brío la dolorosa marcha hacia el precipicio.
Es la hora de la valentía para replantear globalmente todo lo que concierne a Venezuela, su geografía, sus instituciones, su soberanía, su naturaleza, su ambiente, su historia, su cultura, la sique de su gente, en fin, sus hombres. Un esfuerzo arrollador capaz de cambiar el presente y de incursionar en el futuro debe renacer de los escombros dejados por aquellos que perdieron las más extraordinarias oportunidades que la historia puso en sus manos.
Basta ya de calcular, pensar y actuar solo sobre la base de la renta petrolera: la corruptora de espíritus. Pongamos en movimiento la mayor riqueza que poseemos: el hombre dotado de las potencialidades de su espiritualidad, su religiosidad, su creatividad, su sangre, sus huesos, su corazón, siendo optimista con la voluntad y pesimista con la inteligencia.
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