El bejuco de cundeamor, con su flor amarillita, está desaparecido; ya nadie lo solicita. En la época de mi infancia, estoy recordando ahorita, en las casas de los campos las tenían bien cuidaditas sobre la tela metálica, alrededor de la casita.
Sobre todo en mi pueblito, decía doña Genarita que bañándose con esta mata se espantaba las mabita, y el joven conseguía novia y pura mujer bonita; igualmente, la mujer cuando era medio feita y que al llegar a los veinte andaban preocupaditas, esperando algún piropo en busca de una conquista.
Y a iba llegando a los treinta y todavía naíta, la hija de Casimiro, la que llamaban Juanita, después de haberse bañado con la fulana matica, encontró lo que deseaba, y ahora está barrigoncita con su adorada pareja oriunda de Margarita.
Esto me lo contó un día en el sector La Sabanita el señor Leonardo Escalona, con su voz apagadita, hermano de Salomón, excelente periodista en nuestro Tartagal de ayer, un día por la mañanita; de eso van setenta y ocho años y mi mente está clarita, recordando esas vivencias de mi querida tierrita.
Voy llegando al llegadero, disfrutando una ñapita; sumamente agradecido con mi padre Dios del Cielo, por darme esa ayudadita casi masticando el agua, y lo alegre no se me quita, viendo un pueblo que me admira; el corazón me palpita.
Hoy en día, por las redes es larguísima la lista de mensajes y bendiciones que llegan a mi casita, los mismos deseos para todos en esta hora exquisita, dos y cuarto de la madrugada del día 5 de abril de 2026. Ya voy rumbo a la camita; bendiciones para todos los que están lejos y para los que viven cerquita. Cuando no hay Lorenzada, la gente pendiente espera de nuevo su publicadita.
En otra presentación de idea, tomaré el tema de los hijos, y creo que es lo más sagrado y hermoso que Dios ha dado a cada quien para sentirse orgulloso de ser padre o madre, exhibiendo con ternura el producto de una unión conyugal, donde ambos padres se entregan por completo a brindarles alma, vida y corazón hasta verlos realizados como profesionales o buenos ciudadanos, con una conducta pulcra y sana para que no sufran castigo alguno en la vida.
En la universidad, que es la de todos en general (la universidad de la vida), he aprendido a conocer miles de casos sobre esta materia. En cuanto a los hijos, solo espero que nadie llegue a molestarse con lo que es mi apreciación, resumida en dos calificativos, unos dignos, otros indignos.
Me explico, un digno hijo es aquel que no pierde el amor, afecto y cariño para esos seres que lo dieron todo, con el sueño en la mente,: “Si Dios quiere, cuando se gradúe y esté trabajando fulano o fulana, vamos a mejorar”. El que es bueno se digna a que los sueños de sus padres en parte lleguen a ser recompensados para mejorar su calidad de vida; donde la mayoría de ellos cumplen con esos sueños de sus progenitores, demostrando siempre orgullo por sus hijos o hijas de esos dos seres.
Contrario a esto, los indignos son aquellos que se transforman con su profesiones y avances de progreso económico, y al adquirir una esposa, o sea un hogar, cambian radicalmente con sus viejos, en muchos casos se les nota como un desprecio en contra de quienes los trajeron al mundo, biológicamente hablando.
En algunos casos por manipulación llegan a colocarlos en un tercer plano, hasta en situación de abandono; ojo, no quiero echarlos a todos en un mismo saco, porque son casos aislados. Aquellos que hemos logrado vivir bastante, aproximándonos a Matusalén, cargamos en nuestro archivo mental muchos casos, y hasta con experiencias propias, mi deseo es que de esta reflexión surja un cambio de actitud, en aquellos casos aislados en algunos hijos y en la medida de cambio que surjan tendrán muchas bendiciones en la vida. Amén.
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