Hemos construido una contaminación intencional contra nuestra fuente de vida política, que ha oscurecido el ambiente moral del país. Ello ha sido posible a través de nuestro soberbio verbo generalizado en los medios de comunicación en la falsa creencia de querer ser radical, al extremo de que hoy por hoy nadie quiere creer en nadie.
Nos explicamos. Hemos creído inciertamente en el ambiente político partidista, sindical, gremial, profesional, empresarial y medios de comunicación social que, mientras más radicales y confrontacionales asumiéramos nuestras actitudes unos contra otros, esa actitud nos elevaría a un mayor liderato de credibilidad en nuestros sectores.
Es decir, criticar sin límites en forma generalizada unos contra otros, pensando ingenuamente en que esa actitud nos daría mayor eco de confianza y estima en el sector donde hacemos vida. Esa contaminación política malintencionada de fuente en la actividad comunicacional hoy oscurece nuestro ambiente moral. Lo que nos está obligando a reconocernos unos a otros, tal como si viniéramos de un mundo de disfrases.
La rápida y extensa deterioración por falta de confianza y credibilidad ante nuestros propios sectores -y antes los demás- la observamos con valores morales disminuidos, por lo que se nos caracteriza en preocupación -incluso como obsesión- dado el accionar y que procreativo, logrando en todo ese largo tiempo que hemos estado autodestruyéndonos.
Menos mal que lo estamos reconociendo, aunado a muchos esfuerzos dentro y fuera de donde estamos activando. Ello reconstruirá el ambiente democrático de respeto mutuo, que tanta falta nos hace a todos por igual en lo sectorial e incluso en lo personal.
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