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martes, marzo 24, 2026
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José Prado…Crónicas de las pulperías en Guama

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En tiempos actuales, donde los códigos de barras, el punto y los pasillos fríos de los grandes supermercados y abastos dominan nuestra forma de comprar, parece lejano aquel tiempo en que la economía de Guama se medía en la confianza de un apretón de manos y un cuaderno de apuntes. Las pulperías no eran simples comercios; eran el pulso vivo de la comunidad, el refugio de los madrugadores y el confesionario de vecinos.

Cruzar el umbral de una pulpería era una experiencia sensorial. Apenas entrabas, te recibía esa mezcla inconfundible de olores, el aroma penetrante del jabón o el keresone, fundiéndose con el dulzor del papelón, el grano de café tostado y el rastro de los sacos de alimentos.

Los estantes, que desafiaban la gravedad llegando casi al techo, guardaban de todo, desde una puntilla para arreglar la cerca, nidos, frutas, pescado salado, carne, queso hasta los caramelos y chupetas de coco que eran el tesoro de los niños que llegaban con una moneda apretada en la mano. Allí, el bodeguero no era un cajero anónimo, sino un cronista local que conocía a cada familia por su nombre, sabía quién necesitaba un «fiao» hasta la próxima quincena.

Si algo define la esencia de nuestras pulperías, era un sistema de crédito basado puramente en la palabra. El “cuaderno de la cuenta» era el contrato social más sagrado del pueblo. En sus hojas desgastadas se anotaban los huevos, la harina o el aceite, el azúcar y la cerveza en una danza de números que siempre confiaba en que los tiempos mejores llegarían.

Menciono algunos nombres específicos como avizorando la nostalgia del pasado y el recuerdo vivo a don Julio, La Playita, Justo Pérez, Misael Valera, Blas Aguiar, Emilio López, Emilio Sampayo, Moisés Rodríguez, Rómulo Castillo, Romelio López, don Juan Lugo, Melecio Parra, “El Coco”, “El Sun Sun”, José Inés Chávez (Chines), Jacinto Hernández, Ángel María Azuaje, Tanislao González, Efraín Torres, Miguel Avendaño, Antero Arteaga, Ricardo Bravo, Juan Unda, Ramón Elorza, Rafael Valera, Ramón Zerpa, Isaías Blasco, Pedro Flores, “Monche” Avendaño y José Hernández, entre otros que hicieron de estos negocios la economía de la época.

En las esquinas de Guama todavía queda el eco de las risas, el rastro y olor del café recién molido y la memoria de aquellos hombres y mujeres que, detrás de un mostrador de madera, sostuvieron la economía y la moral de nuestra gente.

Perderlas del todo es perder una parte de nuestra identidad, esa que nos recuerda que alguna vez fuimos una comunidad donde la palabra valía más que un contrato.

Al pasar hoy frente a esos locales, algunos convertidos en viviendas, otros simplemente desaparecidos o remozados y otros resistiendo perderse en el tiempo, vemos el corazón de un pueblo que aprendió a crecer entre sacos, alimentos, cuadernos de apuntes, taturos, bebidas espirituosas y conversaciones.

Aunque el mundo cambie, la esencia de lo que fuimos siempre estará guardada en el cajón de madera de nuestra pulpería favorita. Gracias, “Morocho” Víez, Virgilio Canelón, Manolo Giménez y “Rafa” Pérez.

Leer también: Homenaje a quienes formaron nuestro camino

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