En el Salmo 3 -2 leemos: “Oh Señor, ¡cuánto se han multiplicado mis enemigos! Muchos se levantan contra mí”. El salmista está inquieto, tú estás inquieto, yo estoy inquieto, por lo que es válido preguntarnos: ¿Cuántos son mis adversarios?
Este salmo es invocado desde tiempos remotos, cuando sentimos que nos atacan no solo fuerzas visibles, sino también fuerzas bajas, fuerzas ocultas, fuerzas invisibles. Cuando sentimos que a nuestro alrededor hay miradas cargadas que se mueven agitadamente, cuando hay comentarios o pensamientos que atraviesan el alma. Cuando experimentamos un cansancio que llega no por la jornada diaria, sino que tiene un peso extraño.
El salmo es invocado cuando se siente esa experiencia en la que muchos se levantan en tu contra, cuando esas fuerzas que quieren hacerte daño parecieran multiplicarse. Cuando sientes que oyes palabras como “no hay salvación para ti”. Allí el Salmo 3 necesariamente hay que invocarlo como un escudo protector.
Dice el salmista: “Muchos son mis adversarios, muchos se levantan contra mí”. Reconoce que hay ataques, que hay fuerzas que se organizan para confundir, para desgastar. Son voces invisibles que no bendicen, voces llenas de maldiciones. Voces que dicen: “Es que no va a salir de esta”, “estás solo, sola, acabado, acabada”.
Estas son palabras que están fuera de ti, pero intentan entrar en tu mente, invaden tu pensamiento; la intuición te alerta, están intentando adueñarse de tus pensamientos. Intentan instalarse en tu interior. Ese es el mal de ojo, esa es la envidia que se mueve; son palabras dichas con malos deseos, con malas intenciones y que tú las sientes.
El salmista, al igual que tú, al igual que yo frente a todo esto, no entra en réplica, no discute. En la misma vibración de todas esas fuerzas dice: “Mas tú, Señor, eres escudo en derredor mío; mi gloria, y el que levanta mi cabeza”. “Con mi voz llamé al Señor, y él me respondió desde su monte santo. (Selah)”, Sal 3:4-5. Eres mi escudo, no delante, no detrás, sino a mi alrededor, en círculo, como un anillo, como un escudo de protección total, como un blindaje. El Señor es mi escudo, el que todo el tiempo me protege, así despierto, así dormido, especialmente cuando no podemos defendernos.
Este Salmo es muy poderoso, especialmente para la noche, especialmente en ese momento que buscamos descansar, porque es en esos momentos cuando el cuerpo baja la guardia y tus pensamientos, luego de tanto agite del día, comienzan a invadirte, empiezan a asaltarte.
Entonces di: “Yo me acosté y dormí, y desperté, porque el Señor me sostenía”, Sal 3-6. Yo me acuesto y duermo, duermo en medio del ataque, El salmista duerme en medio del ataque, tú y yo dormimos en medio del ataque. David te bendice. Esto es confianza en Dios. Amén.
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