No es fácil tratar de convencer a una parte del mundo de que castrar o esterilizar a quien llamas el amor de tu vida sea una buena idea; tampoco parece ser un buen comienzo para cualquier relación afectiva, sincera y sencilla. Tal escena se parece más al primer capítulo de una novela cuyo título se centra en las palabras sombras y gris.
Esta amorosa acción es más bien la necesidad que el amo de un animal tiene para dejar claro quién es el único con derechos de apareamiento; mientras que el otro al que considera un ser inferior, indigno de tomar sus propias decisiones reproductivas se queda sin decendencia; dicho de otra forma, un verdadero amo no puede permitir que su mascota le complique la vida con media docena de responsabilidades adiciónales en forma de cachorros babosos, carentes de la necesaria educación para sus esfínteres.
Más sencillo es convencer al universo que nada tiene de cruel o irresponsable encerrar a su amado perro en una casa o apartamento de menos de cincuenta metros cuadrados cuando el animal es una raza creada tras miles de años y selección de cruces, para el trabajo de campo, para largas caminatas y la vida al borde de la naturaleza, en el campo y al aire libre; al que darle permiso para una carrera de cinco minutos en el jardín del edificio es suficiente para todo lo que su cuerpo necesita.
Los seres humanos diseñaron a través de los siglos a los perros; algunos como compañía, otros para el trabajo, unos como máquinas de combate, otros como bestias de batalla y en cada caso se buscó dotarlos de super oídos, olfatos excepcionales y fuerzas descomunales para su tamaño y peso; por eso pretender esconder o ignorar su genética heredada de generaciones de campeones para disfrazarlos de payasitos, llevarlos de fiesta para tortúralos y destruir sus oídos con música fuerte, perfumarlos hasta la enajenación olfativa y darle alimentos tóxicos que atrofian su salud solo para que su amo se divierta y se sienta a tono con la sociedad o para que sus hijos pequeños tengan un medio de entretenimiento, parece más una forma de demencia total y lenta tortura que amor.
En nombre de ese amor desmedido, absurdo y torcido, los amos de este siglo están criando la generación de perros más enferma jamás vista, esto debido a su persistencia en darles comida ultraprocesada que ningún carnívoro debería comer, por la insistencia en crear animales con «estándares de raza» superior solo para producir genéticas dañadas y enfermizas, proporcionando fármacos y químicos sin control para curar enfermedades inexistentes y de paso creando otros problemas de salud.
Hoy día, los perros que viven más tiempo, de 16 a 18 años, lo hacen sin medicación crónica, con comida real, sin protocolos de cuidado cuestionados por la clínica veterinaria tradicional, con más ejercicio y menos encierro.
Lo anterior parece la descripción de la vida de un perro de la calle. Esto hace pensar que posiblemente no sea necesaria más tecnología; lo que se precisa es más sentido común en su cuidado. De otra forma, más que amorosos propietarios, tendremos actores activos y participantes en un desastre natural a mediano plazo.
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